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Reglas básicas para comunicar a los hijos el divorcio de los padres. Colaboración con la revista SModa del diario El País

Decírselo los dos juntos, no hablar mal del otro y no caer en comprarle con regalos son algunas de las claves.

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El amor muchas veces no dura para toda la vida. A veces porque la pareja se deteriora por los roces de la convivencia, porque ha aparecido otra persona o simplemente porque ya no sois los mismos que eráis cuando empezasteis la relación. El problema está en que lo que parece un asunto de dos, se convierte en algo más complejo cuando hay hijos de por medio. Porque vuestra separación no solo supone un cambio en vuestras vidas, sino también en las suyas. Aunque seguir por los hijos no parece una opción lógica, si al final solo vamos a hacerles vivir en un ambiente tenso e incluso podemos hacerles cargar con esa culpa, lo que sí debemos tener en cuenta es cómo hacer las cosas lo mejor posible. Empezando por el principio, es decir, cómo vamos a contarles que “mamá y papá se separan”.

Sí, es cierto que ya no se trata de una noticia tan impactante como hace unos años, principalmente porque seguro que no va a ser el único niño de clase con padres separados. Ahora lo raro es casi que sigan casados. Sin embargo, la psicopedagoga Laura Aguilera aporta que “que los padres se separen es un aspecto muy importante para los niños, tanto ahora como hace años, que no se veía con tanta frecuencia. La idea de que los padres se separen implica un cambio en su rutina diaria, a la que al inicio les cuesta adaptarse”, por lo que siempre hay que planificar cómo vamos a abordarlo. Igualmente, también depende de cómo sea nuestra separación, ya que “no es lo mismo la separación de unos padres que simplemente han dejado de quererse en el sentido del amor romántico, pero se respetan mutuamente y llevan una separación civilizada”, que los padres que se separan por algo razones complicadas como una infidelidad o incluso en casos extremos unos malos tratos.

Lo que debemos decir y lo que debemos evitar

“Es fundamental comunicárselo al niño de la forma correcta, a ser posible los dos juntos y evitando que los niños piensen que es por ellos, por su mal comportamiento, por lo que han hecho o han dicho, pero sobre todo tenemos que dejarles tiempo para que lo asimilen”, aporta la especialista en psicología infantil Silvia Álava. Entre las cosas que debemos hacer está el “responder a las preguntas que hagan. En el momento de dar la noticia de la separación, los niños más pequeños pueden dar respuestas sorprendentes, como ‘vale, y ahora, ¿puedo jugar con mis juguetes?’, pero poco a poco irán entendiendo la nueva situación”.

Otra idea que destaca la psicóloga es la de dejar que durante el proceso el niño pueda expresarse libremente y no imponerle nuestras ideas. Por ejemplo, “el niño tiene que poder decir que echa de menos a su padre o a su madre cuando no está con él o con ella”, sin que nos pongamos todos nerviosos. Eso implica, entre otras cosas, “no luchar por el papel del bueno de la película”, sino intentar ser un bando unido y darle mensajes juntos del estilo: “Los dos te queremos y los dos queremos estar contigo”.

Por supuesto, habrá que controlar nuestras propias emociones y evitar que nuestro hijo/a oiga descalificaciones de nuestro ex. “No olvidemos que por muy mal marido o esposa que una persona sea, no deja de ser la madre o el padre del niño”. Eso también significa que no hay que caer en usar tretas del estilo “llenar al niño de regalos, pensando que de esa forma no nos echará de menos, o que con eso conseguiremos que nos prefiera ante el otro progenitor”. Silvia Álava aclara que así, “lo único que estamos haciendo es llenarle de cosas, lo que de verdad será duradero es que sepa que sus padres están ahí para quererle, escucharle, ayudarle a resolver sus problemas”. Pese a ello, sí que es positivo remarcarle todo aquello que pueda ver como positivo de la nueva situación. Por ejemplo el “tendrás dos casas, dos habitaciones, y harás un montón de cosas con mamá y con papá, pero por separado”, ya que como explica la psicóloga “se trata de que el niño aprenda a ser feliz en la nueva situación”.

La edad del niño importa

Aunque tengamos cuarenta años e hijos propios, que nuestros padres nos digan que se separan es una noticia que impacta, porque al final es un cambio en la propia estructura de nuestra vida. Incluso aunque no vivamos con ellos, supondrá un cambio en nuestras rutinas. Sin embargo, la edad que tiene el niño cuando se entera de que sus padres ya no van a seguir siendo una pareja es un factor bastante determinante.

En este punto Laura Aguilera hace una distinción de cómo llevará el niño la situación y qué tener en cuenta según los años que tenga, para que ciertas reacciones no nos pillen por sorpresa, teniendo en cuenta que siempre influye el grado de maduración del mismo.

  • Hijos menores de 5 años: En este caso las explicaciones deben ser muy sencillas, concretas, cortas y claras, ya que todavía no comprenden lo que sucede del todo. “Tanto el padre como la madre se perciben por el hijo como una unidad inseparable. En estos casos, lo adecuado es explicarle brevemente al hijo qué progenitor será el que deje el domicilio, se le presentará el nuevo hogar de éste, así como se le expondrá cuándo lo verá y en qué entornos”, apunta Aguilera.
  • Hijos de cinco a ocho años: Ahora ya necesitan más información, porque la separación de sus padres les afecta a nivel emocional y personal. La psicóloga aclara que “en estas edades es cuando hay riesgo de que los niños se culpen a ellos mismo por la separación de sus padres, así como fantasear con que algún día volverán a estar juntos”.
  • Hijos de nueve a doce años: “A estas edades los niños pueden ver el divorcio de sus padres como algo que no pueden controlar, por lo que no interiorizan un sentimiento de culpa”, aclara Álava. Quizás por ello, suelen culpar más a los padres y se plantean aspectos morales de lo que está bien y lo que está mal. “En ocasiones pueden tomar partido en un bando de los dos progenitores, pero todo dependerá del tipo de relación que mantengan y de cada caso en particular”, insiste la experta.
  • Hijos adolescentes: Ya sabemos que esta es una etapa de emociones y comportamientos contradictorios, por lo que no es de extrañar que estos salgan en una situación de divorcio. “Son capaces de asimilar esta ruptura familiar de forma más madura, pero como adolescentes que se enfadan y experimentan frustración ante la situación, volviéndose más introvertidos, como forma de expresión de su inconformidad ante la separación de sus padres” concluye la psicóloga.

Otros factores a tener en cuenta pueden ser por ejemplo el sexo, a lo que Aguilar aclara que “no tiene por qué tener una reacción diferente el hecho de que el niño de padres separados sea de género masculino o femenino. Si bien es cierto que los niños podrían ser más propensos a tener una conducta más disruptiva y oposicionista, mientras las niñas pueden ser más introvertidas y optar por sentirse culpables de la separación”. Igualmente, el hecho de ser hijo único o de tener hermanos también ha de ser tenido en cuenta, puesto que como aporta la psicopedagoga “es más complejo si hay más hermanos, por un motivo muy claro, y es el hecho de que la edad de cada hermano implicará un tipo de explicación de la separación diferente, debido a su capacidad de entender la situación”. Así su recomendación pasa por reforzar el vínculo entre ellos en contrapartida, ya que “en una buena relación entre hermanos, éstos pueden ver uno en el otro, un apoyo importante”.

 

FUENTE: http://smoda.elpais.com/belleza/reglas-basicas-comunicar-los-hijos-divorcio-los-padres/

Los expertos alertan sobre la última tendencia del “padre helicóptero”, que solo consigue hijos inseguros y faltos de carácter. Colaboración con el diario El País

El 'padre mánager' es una de las tipologías más nefastas. En la imagen, Paul Giamatti y Alex Shaffer en la película 'Win win' (2011).
El ‘padre mánager’ es una de las tipologías más nefastas. En la imagen, Paul Giamatti y Alex Shaffer en la película ‘Win win’ (2011). CORDON

¿Te consideras un buen padre? Quizá eres de los que ayudan a sus hijos a hacer los deberes, actúan como vigilantes de la playa en el parque para que no se hagan daño y exprimen el grupo de whatsapp del colegio hasta que el móvil eche humo. Bien: entonces no eres un buen padre. Eres lo que se denomina un “hiperpadre” o un “padre helicóptero”, que sobrevuela constantemente alrededor de sus vástagos; un perfil cada vez más habitual y, según muchos expertos, cargado de implicaciones negativas para los hijos.

Lo cual no deja de ser curioso: hasta hace muy poco tiempo se acusaba a los padres de no estar lo suficientemente encima de sus retoños. De casa al trabajo y del trabajo al gimnasio, muchos papás pasaban olímpicamente de los niños, que, resignados, pasaban las horas encerrados en su cuarto dándole fuerte a los videojuegos. Al parecer, nos hemos dado cuenta de que eso no hacía ningún bien a los pequeños y nos hemos ido al otro extremo. Igual de perjudicial.

Debemos tener una casa perfecta, un coche perfecto y unos dientes perfectos, y unos hijos perfectos entran en ese cuadro

¡Por mi hijo, mato!

Varias son las causas que han propiciado el alumbramiento del superpapá. “Una es que los árboles genealógicos se han invertido”, explica la autora Eva Millet, que acaba de publicar un libro dedicado precisamente a este tema, Hiperpaternidad (Plataforma Editorial, 2016). “Hoy las familias son nucleares, hay 1,3 niños de media en este país, y los hijos son el centro, el sol: reciben toda la atención”. En la actualidad, además, los tratamientos de fertilidad están a la orden del día. A esos niños, pequeños milagros para sus padres, ¿cómo negarles algo? Esta experta destaca también una fuerte presión social, sobre todo en clases pudientes. “Debemos tener una casa perfecta, un coche perfecto y unos dientes perfectos, y unos hijos perfectos entran en ese cuadro”.

Silvia Álava, psicóloga, autora de libros como Queremos hijos felices (JdeJ Ediciones, 2014) y Queremos que crezcan felices (JdeJ Ediciones, 2015), describe así el concepto de hiperprogenitor: “Son padres que se caracterizan por estar excesivamente encima de sus hijos, anticipándose de tal forma a sus necesidades que se lo dan todo”. Y señala que también les mueve un sentimiento de culpabilidad. “Los padres se sienten culpables porque no están con los hijos todo el tiempo que les gustaría, porque tienen una jornada laboral muy larga y no llegan a recogerlos del cole… Entonces les culpa mucho más decirles que no”, aduce.

Al servicio de los hijos

Pero, ¿de qué clase de atenciones excesivas estamos hablando? Por ejemplo, vestirlos por la mañana o darles el desayuno cuando tienen edad para hacerlo solos. Nos brindamos a ello por comodidad. “Dejar que los niños hagan las cosas solos requiere mucho más esfuerzo, hay que enseñarles. Se pierde mucho más tiempo si tenemos que dejar que el niño se levante, desayune y se vista solo; tardamos menos haciéndoselo nosotros. Pero así no estamos fomentando su seguridad y su autonomía. Es importante ir pidiéndole al niño en cada momento lo que es capaz de hacer”, dice Silvia Álava.

Se pierde mucho más tiempo si tenemos que dejar que el niño se levante, desayune y se vista solo; tardamos menos haciéndoselo nosotros. Pero así no estamos fomentando su seguridad y su autonomía

Algo parecido ocurre con los deberes del colegio. “Los padres no pueden acumular responsabilidad de los niños. Es el niño el que tiene que ser responsable de hacer esos deberes”, añade esta especialista. “Cuando son pequeños, se les puede ayudar a resolver dudas, pero el padre no tiene que estar a su lado haciendo los deberes”.

Un estudio publicado este mismo año por la Universidad de Queensland(Australia) respalda este punto de vista. Sostiene que los progenitores demasiado implicados en los deberes entorpecen el desarrollo de sus hijos: “Una mayor participación de los padres para garantizar la conclusión de los deberes puede evitar la exposición del niño a las consecuencias negativas de no haber asumido la tarea ellos mismos. Irónicamente, los esfuerzos extremos por los padres para promover los logros académicos podrían socavar el desarrollo de la independencia y la adaptación de sus hijos”, determinan los investigadores.

Padres guardaespaldas y padres-mánager

Otra modalidad de padre proceloso es el que merodea alrededor de su hijo en el parque con la misión de prevenir accidentes. Es cierto que nuestra experiencia augura una caída antes de que se produzca, y exponer al niño a ella es duro. Pero es lo que recomiendan los expertos. “El padre tiene que estar a su lado y avisar: ‘Ten cuidado, que a lo mejor te caes’. Pero hay que dejar que el niño se caiga. Y si se cae, el padre no puede gritarle enfadado, sino ayudarle a levantarse, limpiarle las manos… Evitando que el niño se caiga no estamos ayudando a que aprenda a esforzarse; al mismo tiempo, tenemos que enseñarle a levantarse tras cada una de las situaciones que no han salido bien”, aconseja la psicóloga Silvia Álava.

“Los accidentes pueden pasar en cualquier lugar”, dice Eva Millet. “Mi hija se hizo una contusión en la cabeza haciendo ballet en casa. Nos tenemos que relajar, porque los ponemos nerviosos. Si un niño está frustrado y mal, se hará daño en cualquier lado. Si un niño confía en sí mismo, se ve capaz, lo hará bien y hay que dejarlo más suelto”.

Aunque todo esto lo hacemos con la mejor intención, conseguimos el efecto opuesto: un niño hipercustodiado es un niño que crece con problemas

También está ampliamente documentado el caso de los “padres-mánager”, una modalidad que rara vez se da en las madres. “Son aquellos papás que quieren que su hijo sea el nuevo Messi, Ronaldo o Nadal”, define Eva Millet. “Se convierten en sus mánagers y dedican sus energías, dinero y tiempo en crear un futuro astro del deporte. Y ya sabemos que eso no siempre surge. Conozco un caso de un niño que juega superbién al tenis, y desde que era pequeño el padre está detrás, con horas y horas de práctica. Y este crío hace poco ha tenido una crisis de ansiedad, con 13 años, que tuvieron que llamar a la ambulancia. Porque ya no puede más: del tenis, de su papá y de toda la presión que le han puesto”.

Consecuencias negativas

Aunque todo esto lo hacemos con la mejor intención, conseguimos el efecto opuesto: un niño hipercustodiado es un niño que crece con problemas. “Al final no desarrolla sus propias habilidades y competencias”, advierte Silvia Álava. “Si en lugar de que se vista él lo estoy vistiendo yo, cuando vea que sus amiguitos lo hacen y él no, se puede sentir mal. Es peligroso incluso a nivel emocional. Los niños cuyos padres tienen un estilo de educación sobreprotector desarrollan muchas menos competencias emocionales que los que tienen otro estilo de educación. A la larga, los niños van a ser más inseguros, infelices y más probables víctimas de acoso”. Suena fuerte , pero es así: un estudio de la Universidad de Warwick (Reino Unido) relaciona sobreprotección en casa y bullying en la escuela.

Hay que dejar que el niño se caiga. Y si se cae, el padre no puede gritarle enfadado, sino ayudarle a levantarse, limpiarle las manos… Evitando que el niño se caiga no estamos ayudando a que aprenda a esforzarse

“Crea hijos muy agobiados y con pocas ganas de aprender”, añade Eva Millet. “Están quemados: al habérseles inculcado tantas cosas desde pequeños, se les mata un poco la curiosidad. En los más mayores se fomenta una obsesión mercenaria por las notas: un notable les parece poco. Estos niños a los que siempre se les ha dicho que son lo más, tienen una inflada noción de sí mismos, pero, por otro lado, una tolerancia muy baja a la frustración y poca autonomía. El problema de criar a un hijo como a un pequeño príncipe es que puede acabar como Kim Jong-un. Otro tema que me fascina es la cantidad de miedos que tienen los niños hoy. Si tu hija no usa la cisterna porque le da miedo el ruido y tú te pasas diez años haciéndolo por ella, nunca superará ese temor”, remacha Millet.

En su justa medida

De acuerdo: no por ser más esforzados con los hijos vamos a ser mejores padres. Pero dado que nuestro objetivo es ser los mejores papás del mundo, ¿cómo saber cuál es la medida exacta? No es muy complicado. “Los niños nos van dando pistas”, dice Silvia Álava. “Desde pequeñitos ya ves que cogen la cuchara y quieren comer solos. Luego nos vamos a dar cuenta de que cuando se lo pedimos a los niños, son capaces de hacerlo”.

Estos niños a los que siempre se les ha dicho que son lo más, tienen una inflada noción de sí mismos, pero, por otro lado, una tolerancia muy baja a la frustración y poca autonomía

Conviene, pues, levantar el pie del acelerador y aplicar lo que Eva Millet denomina underparenting: aminorar las atenciones (hasta el nivel adecuado). Esta escritora especializada en temas de educación nos aporta cinco trucos para bajar poco a poco la guardia con nuestros hijos:

  1.  No les lleves la mochila. “Lo primero que hacen los niños cuando salen del colegio es tender la mochila a los padres, y estos se la cogen. Si pesa mucho, les quitas dos o tres libros, pero la tienen que llevar: aprenden que es responsabilidad suya y que ellos pueden. Es un gesto muy simbólico, pero podría aplicarse a muchas cosas del día a día”, asegura.
  2. Practica una vigilancia distante. “Es lo que yo llamo una sana desatención: observar a los hijos pero sin intervenir a la mínima de cambio”. O lo que es lo mismo, actúa como un árbitro de tenis y no como uno de baloncesto.
  3. Mantente alejado de los deberes. “No hay que hacer las tareas del colegio con ellos ni por ellos. Ayudarles a organizarse su trabajo, eso sí”. Por otra parte: ¿quién necesita ponerse al día en logaritmos y derivadas?
  4. Aligera la agenda. “Confía en ellos y no lo tengas todo programado, que no haya siempre cosas por hacer”. Con el colegio, las extraescolares, la academia de inglés y el partido del sábado ya van bien servidos: no les metamos más presión.
  5. Ignora las odiosas comparaciones. “Hay que evitar ponerse nervioso si el hijo del vecino ha ido a tal sitio o ya está aprendiendo un idioma. Hay tiempo, la vida es muy larga”, sostiene Eva Millet.

En resumidas cuentas, hay que estar al lado de los hijos cuando estos lo necesitan, no 24 horas al día. De lo contrario, el resultado es una tensa estampa familiar de niños y padres estresados. “Los niños necesitan padres relajados”, razona Eva Millet, parafraseando a uno de los científicos que entrevista en su libro. Y añade en tono tranquilizador: “Con buena voluntad y sentido común podemos tener unos hijos fantásticos”.

Normas y límites: ¿Qué deben saber los padres? Colaboración con InfoSalus

Los niños necesitan que los adultos y el entorno les vayan guiando y les digan si se están comportando de forma correcta o no, aprender las normas básicas de educación, el respeto a los demás y la importancia del esfuerzo y la constancia. Pero ¿cuál es la mejor forma de hacerlo sin ser demasiado restrictivos o permisivos?

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Según explica a Infosalus Silvia Álava, psicóloga infantil y autora de ‘Queremos que crezcan felices. De la infancia a la adolescencia’ (JdeJ Editores, 2015), muchos padres tienen miedo a poner normas y límites a sus hijos porque tienen la creencia errónea de que poner normas y límites a los niños sería como vivir en una dictadura militar en la que ellos son los autoritarios y dictadores.

«Sin embargo, esto no es así, los niños deben saber qué se puede hacer y qué no. Las normas y límites son como los carriles de la autopista por los que sabes que debes ir para no tener un accidente de tráfico», apunta la autora, responsable del Área Infantil del Centro de Psicología Álava Reyes.

Estos límites y normas son del tipo no pegar, no faltar al respeto o no montar una pataleta desproporcionada. Los límites y normas se refieren a cosas muy básicas y deben ser solo unas pocas porque si son muchas los niños las olvidan, así que es mejor instaurar una que aglutine a muchas, como por ejemplo ‘se obedece a la primera’.

«Es bueno explicarles que en casa hay normas y límites y para ello, hacer por ejemplo una reunión familiar en la que los padres se presenten como un bloque», apunta la psicóloga que señala que ambos progenitores deben consensuar en privado qué comentar a los hijos.

Pero ¿qué pasa si no se ponen estas normas y límites? Las consecuencias para Álava son que si los niños crecen sin estos límites y normas no las interiorizan y son rechazados por sus iguales: si pega, no trabaja, falta al respeto, puede tener problemas de socialización y los niños, sus iguales, pueden no querer relacionarse con él.

PASOS A SEGUIR PARA INSTAURAR NORMAS Y LÍMITES

  1. La psicóloga infantil indica a Infosalus algunos consejos para que implantar normas y límites saludables en el día a día de los más pequeño sea más fácil y eficaz:

    1. Pensar qué tiene que hacer el niño: para ello los padres se tienen que poner de acuerdo y hacerlo a solas porque si hay incongruencias en la forma de actuar, los niños las detectan y el resultado puede no ser el deseado.
    2. Cómo tiene el niño que realizar aquello que se le pide: según su edad le podremos pedir más o menos, así por ejemplo, con dos años, realizaremos con él la tarea, con cuatro le diremos que lo haga él mientras estamos cerca observándole y con seis debería hacerlo él solo.
    3. Establecer consecuencias: siempre enunciarlas en positivo ya que al final las amenazas y las regañinas hacen que estemos más pendientes de ellos y les dediquemos el tiempo que desean, aunque sea en negativo.
    4. Transmitir firmeza: con ello el niño entenderá que estamos seguros de lo que le pedimos y es importante para ello la constancia y no mostrarnos enfadados, emplear gritos ni amenazas. «Si monta una pataleta y cedemos, agravamos el problema y reforzamos su conducta, por lo que la próxima vez será más difícil que realice la tarea», señala Álava.

    EVITAR COMPARACIONES ENTRE HERMANOS

Hay que observar qué dice y hace el niño y cómo le contestamos y si le prestamos más atención cuando no cumple con las reglas. «Tenemos que tener cuidado porque sin querer podemos prestar más atención al niño que no cumple las normas. Hay que evitar los enfados y castigos», apunta la psicóloga que acentúa la necesidad de transmitir al niño que si se cumplen las normas se les prestará la atención que desean.

«No se trata de comparar entre hermanos, hay que tener especial cuidado con esto ya que resulta contraproducente», en vez de ello, Álava señala que es mejor dirigirles mensajes como ‘estoy con el que cumple las normas’ y no dejar al otro hermano seguir con su actividad sin cumplir con la tarea que le corresponde, en ese caso es mejor retirar el juguete, la tele o la tableta, según el caso.

Otro truco que apunta la psicóloga infantil como ayuda para los padres con los niños más reticentes es incluir una actividad reforzante que dure unos minutos después de la tarea a cumplir que más cuesta para incentivar al pequeño en el cumplimiento de las normas.

Por último, entre las reglas principales para conseguir asentar los límites y normas entre los peques está el «reconocer su logro siempre que hayan obedecido y decirles lo orgullosos que nos sentimos cuando se portan bien», concluye en las páginas del libro dedicadas a este tema la autora.

FUENTE: infosalus.com

La primera huelga de deberes empieza este fin de semana entre fuertes críticas de los profesores. Colaboración con el diario ABC

Ceapa llama a que los niños no hagan tareas escolares durante el mes de noviembre y los docentes la califican de «disparatada»

Este fin de semana comienza una nueva huelga en el sistema educativo español. Aunque esta es un tanto especial porque se trata de una huelga de deberes, la primera que vive nuestro país. La asociación mayoritaria de padres y madres de alumnos de la escuela pública, Ceapa, ha llamado a las familias a que durante los fines de semana de noviembre no se hagan tareas en casa. «Tratamos de recuperar el tiempo libre de nuestros hijos, que ya tienen jornadas de 65 horas semanales con los deberes. Necesitamos ese tiempo para hacer otra cosa que no sea ejercer de policías de nuestros hijos. El objetivo es que desaparezcan los deberes», explica a ABC el presidente de Ceapa, José Luis Pazos.

deberes escolares

Deberes y rendimiento

El debate de los deberes no es exclusivo de España. Países como Francia ya han vivido su jornada de «lápices caídos». Pero la realidad es que en todos los países que han particpado en las pruebas PISA se realizan deberes, desde las poco más de dos horas a la semana de Finlandia, a las casi 10 de Rusia. Nuestro país es el cuarto que más tareas fuera del horario escolar manda a sus alumnos. Y la propia OCDE reconoce que «el número medio de horas que los alumnos destinan a los deberes no suele estar relacionado con el rendimiento global del sistema escolar». Factores como la calidad de la enseñanza y el modo en que se organizan los centros serían más determinantes. De hecho, pese a ser de los que más deberes mandamos, tanto en Matemáticas, Lectura o Ciencias, nuestros alumnos estaban por debajo de la media de la OCDE en las pruebas PISA 2012.

Ahora bien, conviene no olvidar que «los alumnos que no hacen deberes tienen más riesgo de bajo rendimiento», subraya la directora general adjunta de Educación de la OCDE, Montserrat Gomendio, La clave según ella está en «hacer deberes. Pero no muchas horas». En España la media está en seis horas y media semanales y la OCDE señala que «por encima de las cuatro horas semanales, apenas tiene un impacto significativo en el rendimiento».

Niños estresados

Hacer demasiados deberes no solo no es efectivo sino que estresa a los niños. Según una encuesta de la Organización Mundial de la Salud, a los 15 años (cuarto de ESO), un 70% de las chicas y un 60% de los chicos españoles dicen sentirse agobiados por los deberes. Y si volvemos a la OCDE, nos encontramos con que nuestro país se coloca como el segundo en el que los chicos entre 11 y 15 años se sienten «muy presionados por las tareas escolares». La parte positiva es que, pese a los deberes, el informe destaca que los niños españoles son los más felices.

La autoridad del profesor

Aunque desde Educación siempre se había mantenido que el tema de los deberes era una cuestión de cada centro, ayer mismo, el ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo,admitió que el debate «está en la sociedad» y hay que abordarlo. «Habrá que ver si son excesivos, a partir de qué edad deben mandarse y si son adecuados», afirmó Méndez de Vigo, que no obstante rechazó las formas. «Ha llegado el momento no de hacer huelgas, sino de entrar en el espíritu colaborativo del pacto nacional por la Educación. La huelga implica una gran desconfianza hacia los profesores», lamentó.

También desde la Confederación Católica Nacional de Padres de Familia y padres de Alumnos (Concapa) piensan que el boicot no es lo más adecuado. «Sabemos que es un problema que todos sufrimos a principios de curso, pero seguimos diciendo que son necesarios en su justa medida. Hay que educar a los niños en el cumplimiento de las normas y en que con esfuerzo y dedicación se consiguen las metas. No llamar a los niños a la insumisión. Las familias buscamos conciliación laboral y familiar y está claro que si hay deberes es mas complicado pero tenemos que sentarnos todos a la mesa a discutirlo, incluyendo a los empresarios», asegura a ABCPedró José Caballero, presidente de Concapa.

Autonomía del alumno

En el sector docente, el llamamiento a la huelga ha sentado mal. El presidente de Educación de CSIF, Mario Gutiérrez, califica la iniciativa de «descabellada» porque pone al profesor «a los pies de los caballos». Según Gutiérrez, «es lícito pedir un debate sobre los deberes escolares para que se debata en los ámbitos pedagógicos, pero otra cosa muy diferente es llevar a los alumnos a incumplir las instrucciones y tareas que el profesorado tiene dentro de su programación educativa, un proceso dirigido a favorecer la mejora de las habilidades», subraya.

El sindicato independiente ANPE también rechaza de plano la iniciativa porque «lanza un mensaje demoledor sobre la relación profesor-alumno» y recuerda que los deberes buscan «afianzar lo aprendido en el aula, inculcar hábito de estudio, fomentar el esfuerzo personal e incluso la organización y planificación del trabajo del alumno».

Son para los niños

En este sentido, la psicóloga Silvia Álava, especializada en el entorno educativo y autora del libro «Queremos que crezcan felices», defiende que los niños necesitan practicar los nuevos conocimientos y afianzar la mecánica de muchos aprendizajes», y destaca la importancia de que aprendan a valorar el esfuerzo y adquieran la rutina del estudio desde pequeños. «Eso no quiere decir que tras ocho horas de colegio tengan que estar más horas haciendo ejercicios en casa», dice. Pero sí «veinte minutos». Y da, además, un dato clave en este debate. «Los deberes son responsabilidad del niño no de los padres. No es bueno sobreprotegerlos y estar todo el tiempo a su lado suplantándoles en la tarea». Entre otras cosas porque, a veces, los niños utilizan los deberes como «una forma de llamar la atención» para tener a los padres a su lado toda la tarde.

Descarga el artículo completo en PDF pinchando: 161105_abc_educacion_huelga-deberes

FUENTE: Diario ABC

Cuándo el miedo de los niños debe preocupar a los padres. Colaboración con GuíaInfantil

¿En qué momento el miedo de los niños se convierte en un problema? La psicóloga Silvia Álava nos explica cuándo recomienda consultar con un experto cómo tratar el miedo de los niños:

La forma perfecta de dar una lección a su hijo cuando se pone insoportable. Colaboración con BuenaVida de El País

Desde el silencio sepulcral hasta despojarle del ocio extra. Le proponemos una reacción ejemplarizante para cada situación de estrés. Y sin gritos

ninos-insoportablesLa alimentación, los buenos modales, los estudios y la realización de las tareas domésticas son las cuatro grandes cuestiones en torno a las que giran la mayor parte de las discusiones familiares, como apunta el estudio Padres e hijos en la España actual del profesor Gerardo Meil, catedrático de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. «Los hijos siempre nos van a plantear situaciones difíciles que nos sacan de nuestra tranquilidad, de nuestra zona de confort. Lo primero que hay que ver es si esa rabieta es algo puntual o está ocurriendo con frecuencia. También hay que tener en cuenta la edad del niño: no es lo mismo una rabieta a los dos que a los 10 años”, afirma Susana Cruylles, psicóloga clínica, terapeuta de familia, y codirectora de La Escuela de Padres (Madrid). La buena noticia es que se trata de un mal común. Y la mejor, que es (o debería ser) temporal y puntual. “Todas las familias pasan por etapas difíciles y todo tiene solución”, tranquiliza la especialista.

Puede que esté pensando que eso suena muy bonito en teoría, pero difícil en la práctica. Todo es cuestión de hacerlo bien. Aunque el castigo continuado repercute en una baja autoestima (“al niño se le está mandando una imagen negativa de él, como si todo lo que hace, lo hiciera mal”, dice Cruylles), sí existen “castigos” que funcionan. “Yo prefiero llamarlo ‘consecuencias’ en vez de castigos, pero sí, funcionan y estarán siempre bien aplicados si vemos que mejora el comportamiento. Para que funcionen tenemos que saber que cada niño es diferente. Para cada uno en particular, y a cada edad, son útiles unos castigos o consecuencias diferentes. Por eso es importante conocer a nuestros hijos y saber qué les gusta y motiva para que cuando hagan algo mal podamos aplicar la consecuencia adecuada en base a eso”, explica la especialista Cruylles.

Hemos planteado cinco situaciones concretas con las que usted seguramente habrá tenido que lidiar, y expertas en psicología infantil y juvenil explican cómo gestionarlas.

1. En un arrebato de ira, su hijo de unos 5 años le dice: «¡Déjame en paz, ojalá te mueras!»

Por su puesto, su hijo no quiere verle muerto. Como dice Cristina Otaduy Vivo, especializada en psicopedaogía y directora de Psicotaduy Educación y Salud(Valencia), “un niño de esa edad no es consciente de la gravedad de las acusaciones que puede llegar a usar en sus rabietas, simplemente, desea expresar su estado emocional de ansiedad y frustración, la agresividad que siente dentro de sí mismo, y transmitir su oposición”. Pero al mismo tiempo, también hay que hacerle entender que, como aclara Silvia Álava Sordo, psicóloga y directora del área infantil del Centro de Psicología Álava Reyes(Madrid), “lo dicho es una cosa muy grave y sus palabras, más allá del enfado, duelen y causan tristeza”.

Cómo reaccionar: Primero, conténgase. «Generalmente, con esa situación el niño busca que la situación explote, que el padre se enfade muchísimo, y así tener más tiempo para no hacer lo que le estaban ordenando, además de ganar atención”, afirma Silvia Álava. Y a continuación, actúe ante él como si, efectivamente, usted no existiera. «Han de mirar al niño con seriedad, y dejar de hacerle caso durante un ratito e incluso si hace falta, salir de la habitación e irse a otro sitio», añade Álava. ¿Cuánto tiempo ha de durar el mutismo absoluto? Los psicólogos suelen aplicar la regla de un minuto por año; es decir, el niño de cinco años se quedará unos cinco minutos sin padre o madre. “Lo normal es que el niño acuda corriendo al progenitor y no respete ese límite de tiempo. Cuando pregunte por qué no se le hace caso, es cuando hay que explicarle con calma y seriedad que eso que dijo es una muy serio, que ha dolido y que ahora ha de esperar a que se pase para que pueda hablar con él”, indica Álava, autora del libro Queremos hijos felices (JdeJ Editores). Según esta psicóloga, esto hará pensar al niño y funcionará mejor que el simple «¡ahora te dejo sin jugar!».

2. El hijo adolescente reniega de usted pero exige el dinero de papá y mamá

Es la típica reacción de esa edad, cuando necesita sentirse autónomo pero, al mismo tiempo, aún no puede prescindir de la ayuda de sus padres. “Reflexione profundamente de cuándo, cómo y por qué han llegado a esta situación. Y valore también cómo se siente como persona, no como padre, cuando su hijo le trata de ese modo, y por qué se lo permite. Si la respuesta es: ‘Es que es nuestro hijo y hay que ir a por él al cole’, no vale. Hay que ver qué haríamos sin el filtro emocional si fuera otro chico”, comenta Otaduy.

«Si su hijo le grita ‘¡Ojalá te mueras!’, deje de hacerle caso durante un rato e incluso, si hace falta, salga de la habitación y váyase a otro sitio» (Silvia Álava, psicóloga infantil)

Cómo reaccionar: Si tras hablarlo con él no entra en razón, pasemos a la acción. “Se le despoja de aquello que pagamos con nuestro dinero, porque no somos sus banqueros sino sus padres. A partir de ese momento se tendrá que ganar su móvil, su wifi, su ordenador, lo que sea. En lugar de tener más privilegios, tendrá menos. Y si no quiere que vayamos al cole a por él, le diremos que si nos habla con ese mal tono sí iremos, y que además, haremos lo posible para que se nos vea bien vistos, pero si lo hace con educación actuaremos de acuerdo a lo que consideremos necesario”, expone Otaduy. El objetivo es transmitir el mensaje de que el respeto y las normas son necesarias para la convivencia, y en este caso, se escriben y se cumplen.

3. Es un tirano con sus hermanos

Si un menor la paga con otro hermano, es necesario, según la experta, hacerle sentir fuera de la manada. “El mensaje es que como familia, nos ayudamos unos a otros, pertenecemos a un grupo. Si todo se hace con respeto y consideración, se permanece unido”. Y para quien no respeta, la cosa cambia.

Cómo reaccionar: Se trata de excluirle del grupo de forma temporal. “Alejarle de lo que yo denomino el círculo de las palabras. Dejarle en silencio. Y mostrarle que como no ha cumplido la norma del respeto al grupo, no se hablará con él, pero sí con los hermanos; no se le besará, no se le abrazará y se irá solo a la cama. La exclusión dependerá de la gravedad del maltrato a los otros”, advierte la psicóloga Otaduy.

4. Es destructivo: aficionado a romper juguetes ajenos o vaciar el bote de gel por placer

Para corregir y prevenir, conviene explicarle al crío que aquello que rompe o malgasta tiene un precio. “Son niños que no dan valor a lo material porque lo obtienen gratis, y no les cuesta esfuerzo obtener esas cosas”, afirma Otaduy. Y si es demasiado pequeño para que entienda lo que es un «precio», hágaselo saber obligándole a subsanar el desperfecto con algo personal (si ha desperdiciado la platilina de otro niño, haga que le regale la suya).

Cómo reaccionar: “Si se trata del gel que acabamos de comprar, le retiraremos de la hucha o del valor de sus cromos de fútbol o de su colección de muñecas, el valor del gel, por ejemplo. Y para ser precavidos, sería más fácil si en lugar de un bote grande de gel, le dejamos un recipiente pequeño, para que se acostumbre a otras cantidades. Esto se puede aplicar a todo lo que suele despilfarrar”.

5. Es de los de «no, no y mil veces no»

Puede ser una negativa a pasar un día en el campo, a merendar en casa de una tía, a bañarse, a ingerir alimentos… Es una actitud bastante habitual entre los cuatro y seis años y, si es reiterativa en situaciones concretas (por ejemplo, salir al campo) conviene averiguar si no esconde algún mal recuerdo o miedo a los bichos.

Cómo reaccionar: Según Silvia Álava, “lo primero es no hacerle mucho caso y lo segundo, ponerle un reto. Por ejemplo, decirle: ‘Mira, vamos a ir a pasar el día en el campo y tú vas a ser el encargado de llevar el picnic de la comida o de escoger el sitio donde vamos a comer’. O si se trata de ir al supermercado, asignarle la tarea de que ser el responsable de encontrar y colocar en el carro tres cosas de la lista. El objetivo es darle una atención en positivo, de que sea también protagonista del plan, pero no a través de una rabieta con la que se acostumbra a tener nuestra atención solo si nos enfadamos”. Ante todo, no se agobie. Como sospechamos, los hijos no están en contra de sus padres y, como asegura Susana Cruylles, “las rabietas son algo evolutivo y sano para mostrar sus necesidades y preferencias”. Así que, sea paciente y confíe en los consejos de las expertas.

 

FUENTE: BuenaVida diario El País

6 Claves para el desarrollo de la identidad de niños y adolescentes. Colaboración para la revista Padres y Colegios

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Cómo influyen las películas de terror en los miedos de los niños. Colaboración con GuíaInfantil

¿Pueden los niños ver películas de terror? ¿Les puede afectar? ¿Puede hacer que luego tengan más miedos y pesadillas? Responde a todas nuestras dudas sobre miedos infantiles Silvia Álava, psicóloga infantil:

¿A qué edad deben realizar los niños las tareas domésticas? Colaboración con Zen del diario El Mundo

Muchos padres se han convertido en los mayordomos de sus hijos

Se ha perdido la dinámica de ayudar en casa

«¿Cómo quieres que coma si no tengo tenedor?». «¿Me traes agua?». «¿Por qué no me has puesto pan?». La escena se repite noche tras noche en miles de hogares españoles. Padres convertidos en mayordomos que atienden solícitamente todas las demandas de sus hijos.

Por la mañana, la situación no es muy distinta. Mamás y papás estresados que se levantan a la carrera para preparar el desayuno, hacer la cama, colocar la ropa, ordenar las mochilas, peinar a sus retoños…

Lo cierto es que en muchos hogares los niños no sólo no tienen asignada ninguna tarea doméstica, sino que sencillamente no hacen nada. En opinión de la psicóloga Maribel Martínez, en la sociedad actual se ha instalado un modelo de educación complaciente diseñado para que los menores vivan entre algodones y no tengan que acarrear ninguna labor incómoda.

«Es triste pero se ha perdido la dinámica de ayudar en casa. Los padres no incorporan la importancia de estas tareas, sino al revés. Dicen: ‘Pobrecito, está cansado, ya lo recojo yo’. Les acaban convirtiendo en inútiles», declara Martínez, coautora del libro Niños sin miedos.

A todo ello hay que sumar que los progenitores se han volcado por completo en los estudios, los idiomas y las actividades extraescolares de sus pequeños y se han olvidado de algo esencial: enseñarles a colaborar en el hogar. Es más, se puede dar la paradoja de que los niños hablen inglés y alemán, practiquen surf y snowboard, dominen el ajedrez y el piano, pero no sepan hacer la cama ni atarse los cordones de los zapatos.

Asumir responsabilidades

¿Es esta sobreprotección beneficiosa para ellos? La respuesta es no. Educadores y antropólogos argumentan que asumir responsabilidades es una parte fundamental en la educación de los críos. Aprender a realizar las tareas domésticas y a cuidar de sí mismos son habilidades importantes que deben alcanzar para ser independientes y poder desenvolverse en un futuro.

Sin embargo, adquirir responsabilidad es un proceso a largo plazo. Precisamente, ése es uno de los errores más comunes que cometen los adultos: un buen día se levantan y deciden que su hijo debe hacer una serie de labores sin haber realizado un trabajo previo. Entonces, el niño se resiste y comienzan las interminables discusiones sobre quién hace qué.

Por tanto, la clave está en empezar lo más pronto posible e ir mostrando desde pequeños labores sencillas para que las vayan interiorizando. Cada tarea debe estar adaptada a la edad del menor y a su grado de madurez: «A un niño de dos años le podemos dar el pañal cerrado y decirle que lo tire a la basura. A los tres, están en condiciones de llevar la barra de pan. A los seis, pueden poner la mesa y a los ocho, hacer la cama», explica la psicóloga y profesora Silvia Álava. De hecho, en las edades más tempranas, los chiquillos están deseando ayudar e imitar a los mayores y es algo que hay que aprovechar.

En opinión de Álava, lo importante es dejarles claro desde un primer momento que los quehaceres domésticos son un trabajo en equipo y que los padres no son sus sirvientes. «No se trata de que tengan que encerar el suelo ni de sacar brillo a los muebles, pero todos tienen que colaborar», añade.

Otro de los requisitos necesarios para comenzar este aprendizaje es armarse de paciencia. Muchas madres pierden tanto tiempo en convencer a sus hijos de que hagan las faenas que, al final, deciden hacerlas ellas mismas. Además, en ocasiones son demasiado exigentes y esperan que los pequeños hagan las labores perfectas.

«A veces el adulto por falta de tiempo o de paciencia no permite que el niño ordene su mochila del cole, haga su cama aunque tenga arrugas o no pueda llevar el vaso por miedo a que se rompa… Es importante que si el pequeño dice ‘yo solo’ se le permita que lo haga a su manera y esperar a que pida ayuda. Si no, estás boicoteando su proceso de autonomía», sostiene Yolanda Cuevas, psicóloga e instructora de mindfulness.

Si no se ha hecho la labor pedagógica previa, nunca es tarde para empezar. Primero hay que establecer una serie de normas, consensuadas entre los padres, y asignar a cada hijo una tarea. Si ésta no se cumple, debe haber consecuencias y hay que ser firme con ellas. Por ejemplo, si el crío no lleva el polo al cesto de la ropa sucia, se quedará sin lavar.

Y ¿deben tener una recompensa por ayudar en casa? Los expertos consultados por ZEN consideran un error darles una paga porque supone condicionar la realización de las labores a una compensación económica. Es necesario inculcarles los valores de la convivencia y hacerles entender que la familia entera se beneficia de estas tareas: por ejemplo, todos sus miembros necesitan platos limpios para comer o ropa aseada para salir a la calle.

En definitiva, los niños deben aprender a responsabilizarse de las tareas y de sus cosas y los padres tienen que confiar en ellos y no subestimarlos. Porque son capaces de hacer mucho más de lo que creemos.

Hacemos un listado de las faenas que pueden hacer los pequeños de la casa: