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Cómo afecta Halloween a los niños con miedo a los monstruos. Colaboración con Guía Infantil

¿Puede llegar a asustar a los niños?¿O les ayuda a vencer sus miedos?

¿Puede la fiesta de Halloween ayudar a niños que tienen miedo a los monstruos? ¿O por el contrario, debemos proteger a los niños que tienen miedo de esta fiesta? Aclaramos estas dudas…

#Vídeo ¡Llega una rabieta! ¿Y ahora qué hacemos?

Esta es una duda que nos preguntan muy frecuentemente en consulta. ¿Qué hacemos ante una rabieta de nuestra hija o hijo?

La respuesta: «depende»… porque nuestra actuación no será la misma si es un niño de dos años, de cuatro o de seis. También dependerá de las circunstancias y del tipo de rabieta que sea.

Pasos para seguir en la gestión de las rabietas:

  1. Antes de tomar cualquier decisión, observa detenidamente. Pero no solo lo que hace o deja de hacer tu hijo, sino lo que tú y el resto del entorno hacéis.
  2. Muchas veces la respuesta la vamos a encontrar en lo que nosotros hacemos, no tanto en lo que hace o dice nuestro hijo.
  3. ¿Qué edad tiene?      
    • Hasta los 3-4 años los niños utilizan los que se llama la red de control atencional, es decir, van guiando su conducta y sus actuaciones por los estímulos novedosos que se presentan, y todavía no tienen desarrollada la capacidad de autocontrol.
    • A partir de los 4 años se empieza a desarrollar la red de control ejecutivo, el niño empieza a ser capaz de autocontrolar su conducta. No obstante, el proceso es muy rudimentario y todavía necesitará nuestra ayuda para salir de la rabieta
    • Si tu hijo tiene menos de cuatro años, prueba a calmarle, a distraerle, pero sin dejar de mencionar lo que ha ocurrido y explicándole a posteriori la emoción que ha sentido.
    • Si tiene más de cuatro años ya podemos empezar a pedirle que se intente controlar. Sin embargo, en muchas ocasiones todavía no sabrá salir de su enfado y puede que necesite nuestra ayuda.
  4. ¿Por qué ha ocurrido la rabieta?
    • ¿Se trata de una llamada de atención o por el contrario es porque el niño no sabe resolver algo y necesita nuestra ayuda?

Un ejemplo:

La mamá de Ana, que tiene 5 años, me contaba que Ana en cuanto algo no salía como ella quería o tenía que esforzarse o pedir algo, en lugar de pedir ayuda o decirlo con un tono de voz normal se dedicaba a lloriquear con el objetivo de que se lo hiciesen. Por eso, una las pautas que pusimos fue explicarle a Ana que con el lloriqueo no la entendían y que tenía que decirlo sin llorar.

¿Cuál fue la respuesta de Ana? Al principio lloriqueaba y gimoteaba más alto, y sus padres le decían Ana, así no te entiendo. En cuanto lo repetía con un tono de voz normal, entonces Ana recibía toda la atención y la ayuda.

La estrategia funcionaba muy bien. Sin embargo, un día a Ana se le cayó un helado recién comprado y se echo a llorar. La estrategia no funcionó ¿porqué? Por que en este caso Ana no lloriqueaba como estrategia de llamada de atención o de bajo control de la frustración, lloraba por su helado y porque no tenía estrategias para solventarlo. En este caso, tendremos que consolar a Ana y si fuese necesario incluso se podría valorar comprar otro helado.

No es lo mismo llorar que lloriquear. Nunca le diremos a un niño NO llores, porque detrás puede haber una emoción que el niño necesita que le ayudemos a gestionar.

5. ¿Qué hacemos después?

Cuidado porque sin queremos muchas veces con nuestra actuación reforzamos conductas inapropiadas en lugar de las que queremos instaurar. Recordar que los niños siempre tienen que tener más atención en positivo que en negativo.

Pediatras y psicólogos aplauden que los parques infantiles continúen abiertos. Colaboración con La Vanguardia

Madrid, (EFE).-

El juego es fundamental para el desarrollo emocional y cognitivo de los niños

Los niños necesitan moverse y jugar al aire libre. Por eso, psicólogos y pediatras aplauden que el cierre de los parques infantiles no se haya incluido entre las restricciones para los municipios con mayor incidencia de contagios de covid.

«Es una decisión muy acertada, la transmisión del virus en los espacios al aire libre es muy inferior a la transmisión en espacios cerrados. Los parques, al fin y al cabo, no dejan de ser uno de los pocos sitios que quedan abiertos al aire libre para que los niños puedan salir, correr y jugar», asegura a Efe el epidemiólogo Quique Bassat.

Aunque en un principio el Ministerio de Sanidad contempló la posibilidad de cerrar los parques infantiles entre las medidas restrictivas para intentar controlar la expansión de la pandemia y reducir la presión asistencial sobre el sistema sanitario, finalmente el acuerdo publicado este jueves en el Boletín Oficial del Estado (BOE) no lo incluye.

No obstante, la suspensión de la actividad de los parques infantiles es una de las restricciones que la Comunidad de Madrid ha impuesto a 45 áreas sanitarias con alta incidencia de la pandemia, por lo que el consejero de Sanidad, Enrique Ruiz Escudero, ha defendido la conveniencia de cerrar estos espacios para «evitar la concentración de personas» y frenar la propagación del coronavirus.

El cierre podría influir negativamente en los pequeños

Un cierre que, de producirse, podría influir negativamente en los pequeños, advierte a Efe la psicóloga infantil Silvia Álava, que hace hincapié en que dentro de las medidas de seguridad e higiene que deben adoptarse, «cuanto más normalizada puedan hacer la vida» los niños, será mucho mejor.

Para Bassat, coordinador del Grupo de Trabajo de la Asociación Española de Pediatría (AEP) para la Reapertura de la Escolarización, resulta «absolutamente innecesario» cerrar los parques infantiles, más aún cuando hay otras actividades que «hacemos los adultos con mucha libertad» y que, a su juicio, contribuyen bastante más a la transmisión comunitaria, como son los gimnasios o restaurantes.

Admite que existe «un cierto riesgo», pero cree que es «muy bajo y asumible»: «Si no tendríamos que cerrar la calle», opina el epidemiólogo del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), que incide en que los niños han sido «los más perjudicados en esta pandemia sin ser los más vulnerables».

La importancia del juego para los niños en su desarrollo tanto a nivel emocional como cognitivo

Silvia Álava defiende la importancia del juego para los niños en su desarrollo tanto a nivel emocional como cognitivo, y subraya que está demostrado que los beneficios para los pequeños son mayores «cuando son juegos que implican deporte o movimiento».

«Los niños necesitan moverse, necesitan estar al aire libre, jugar al aire libre, necesitan tener un espacio donde puedan jugar y relacionarse con otros», sostiene la psicóloga, que argumenta que con el juego se trabaja la lógica, la memoria, las habilidades sociales y la motricidad gruesa y fina, entre otros aspectos.

Concienciar a los niños sobre cómo hay que jugar en esta nueva realidad

No obstante, hace un llamamiento a la responsabilidad de los padres para concienciar a los niños sobre cómo hay que jugar en esta nueva realidad que, a su juicio, «tienen muy interiorizada».

El doctor Bassat defiende los derechos de los niños e insiste en que el confinamiento por el que tuvieron que pasar fue el más duro: «Nos olvidamos completamente de ellos hasta un día que, de repente, nos acordamos que estaban encerrados en casa», recuerda.

Cree que «costó mucho» que pudieran volver a salir y a recuperar su actividad normal y que no se puede retroceder. Además, está convencido de que los niños «juegan un rol muy pequeño» en la transmisión que está ocurriendo ahora mismo. EFE.

FUENTE: Diario La Vanguardia

Cómo evitar la insatisfacción de tu hijo perfeccionista. Colaboración con La Vanguardia

Un nivel de autoexigencia muy alto y no permitirse fallar supone un problema para el desarrollo y el bienestar de los niños.

Por ROCÍO NAVARRO MACÍAS 

Borrar y volver a trazar decenas de veces una letra, o repetir un selfie durante horas, son ejemplos de cómo el perfeccionismo interfiere en el desempeño de muchos niños. Este rasgo de la personalidad, lejos de ser un incentivo para mejorar, se relaciona con el sufrimiento y la frustración , ya que el pequeño perfeccionista nunca queda satisfecho con su ejecución.

Sacar un ocho y recibir la noticia desde el enfado es otro típico caso de que algo falla. Aunque en el entorno académico se pueden reconocer más fácilmente estos perfiles, el perfeccionismo se manifiesta en todas las parcelas de la realidad. Los padres que afrontan estas situaciones pueden encontrarse con hijos que pasan noches en vela terminando proyectos, o con enfados recurrentes al intentar alcanzar un imposible.

¿Cómo identificar el perfeccionismo?

Hacer las cosas lo mejor posible es la filosofía que deben seguir padres e hijos para reconducir el perfeccionismo hacia una versión más saludable y realista del esfuerzo.

Los fallos nos ayudan a aprender, aunque los perfeccionistas no los perciben de esta forma. Más bien lo conciben como una autoconfirmación de que no son lo suficientemente buenos en algo. Es entonces donde comienzan a complicarse la existencia. “Estos niños lo pasan mal porque consideran que no han hecho las cosas suficientemente bien. Objetivamente hay un buen resultado, pero se frustran. No existe una correlación entre el rendimiento y sus sentimientos”, explica la psicóloga sanitaria Silvia Álava.

Esta cualidad afecta, entre otras variables, a la seguridad, la autoestima y provoca sensaciones desagradables en quienes la padecen. Sin embargo, la especialista en psicología educativa advierte que no hay que confundir este tipo de reacciones con las derivadas de una baja tolerancia al esfuerzo. “Lo que ocurre en el último escenario –el de la baja tolerancia al esfuerzo– es que los niños se enfrentan a una tarea difícil y, como no sale con la facilidad que esperan, se frustran, gritan, chillan… El perfeccionismo es diferente, ya que no consideran que hayan hecho las cosas suficientemente bien”, continúa la experta.

En cierto modo, el perfeccionismo incapacita, al requerir más recursos de los necesarios para realizar una acción. “Por ejemplo, los niños perfeccionistas ponen mucha atención al pintar, borrando muchas veces. Necesitan más tiempo para realizar cualquier tarea, algo que a otro niño sin tal nivel de exigencia le costaría la mitad”, indica Abel Domínguez, psicólogo infantil y director de Domínguez psicólogos.

En los más pequeños puede identificarse a través de determinados rasgos de rigidez: “Las cosas tienen que hacerse como ellos quieren y se frustran mucho si se llevan a cabo de otra forma”, añade Domínguez. Es algo que va en contra de la flexibilidad y la espontaneidad.

¿Por qué mi hijo es perfeccionista?

Tanto la genética como los factores ambientales influyen en la gestación de un perfeccionista. “Es un concepto muy aprendido. A través de fórmulas como “no está suficientemente bien” o “sí, muy bien, pero…” se fomenta este rasgo”, advierte Álava. Por ello, es muy importante analizar el modelo de comportamiento que los progenitores transmiten. “Los niños aprenden copiando a sus adultos de referencia, que suelen ser su padre y su madre, por eso hay que tener mucho cuidado con lo que proyectan”, añade.

Como recomienda la psicóloga: “Es fundamental pararse y observar el propio comportamiento. Por ejemplo, si un adulto entra en la habitación de los niños y dice: “esto está hecho un desastre”, pero solo hay un juguete en el suelo, se puede generar ese sentimiento de forma desintencionada”, comenta la psicóloga.

Domínguez también relaciona este rasgo con modelos de aprendizaje muy rígidos. Se trata de los casos en los que se enseña una sola forma válida de hacer las cosas. “Esto va a hacer que se sientan inseguros”, añade el profesional. Para evitar esta falta de flexibilidad, Domínguez recomienda preguntar a los niños cómo quieren o prefieren hacer las ejecuciones, ya que existen muchas propuestas válidas.

¿Cuándo es un problema?

Los profesionales coinciden en que el perfeccionismo es un problema serio cuando aparece un desgaste emocional y social en los niños. “Sobre todo en el colegio, en el tiempo que dedican a las tareas, en su interacción social…”, subraya Domínguez.

Este tipo de niños tienen un nivel de autoexigencia muy alto y no se dan permiso para fallar en el proceso de aprendizaje. Esto les impide disfrutar de las experiencias. Un aspecto que puede afectarles para fluir en el juego creativo o aplicar la creatividad al dibujo. A nivel social también puede interferir. “En muchos casos, intentan imponer su forma de pensar, ya que suelen tener un ideal sobre cómo se deben hacer las cosas”, comparte Domínguez.

Llevado al extremo, el perfeccionismo puede derivar en problemas serios. “Si no ofrecemos recursos para que lo sobrelleven, superen y manejen puede desembocar en trastornos de la conducta alimentaria o del espectro obsesivo”, advierte el psicólogo.

¿Cómo actuar?

Evitar fomentar el perfeccionismo no está relacionado con educar en la mediocridad. “Siempre debemos inculcar que las cosas se hagan lo mejor posible, educar en crecer y superarse, ya que si no, los niños no podrán desarrollar su potencial”, explica Álava. No obstante, si los niños no son conscientes de sus propios méritos es el momento de actuar. Estas son algunas técnicas para redirigir el perfeccionismo:

  • Poner el foco en el esfuerzo. No se trata de replicar un modelo o de aspirar a metas que trasciendan de las posibilidades personales reales. Se trata de premiar el valor del esfuerzo. “En este marco, también hay que tener en cuenta las circunstancias. Por ejemplo, si al niño le duele una muela, tiene fiebre o ha ocurrido algo en la familia, es importante considerar y reconocer el trabajo realizado”, recomienda Álava. La psicóloga insiste en que los padres manifiesten que valoran ese esfuerzo.
  • Centrarse en la emoción, más que en el resultado. El proceso importa y las sensaciones que aparecen durante el mismo. “Los niños deben confiar en cómo se sintieron al hacer algo. ‘¿Cómo te sentiste haciendo la tarta? ¿La hiciste lo mejor posible? Es algo a lo que hay que darle valor”, confirma la psicóloga.
  • Favorecer la proactividad. Preguntar directamente a los niños cómo quieren hacer las cosas es una manera de fomentarla. También se pueden sugerir alternativas a un modelo dado.
  • Plantear determinadas tareas de creatividad. Es una forma de favorecer la flexibilidad mental. “Que sean ellos los que encuentren una de las posibles soluciones anticipando que siempre van a existir muchas”, recomienda Domínguez.
  • Evitar los términos absolutos. “Si hablamos de forma probabilística, desterrando conceptos del tipo “todo o nada”, “siempre o nunca”, también se favorece la flexibilidad que estos niños necesitan”, incide el psicólogo.

FUENTE: La Vanguardia

¿Qué nos espera en esta vuelta al colegio?Colaboración con Padres y Colegios

Empieza un curso escolar lleno de incógnitas en el que nadie sabe qué va a ocurrir. Sin lugar a duda este curso tendremos que ser más resilientes que nunca y aprender a gestionar la incertidumbre, porque pretender que el curso pueda seguir con normalidad no es realista.

En este inicio de curso escolar, una parte extra del trabajo como profesor será dar soporte emocional a los alumnos, comprender cómo se están sintiendo y detectar si puede haber alguna situación de vulnerabilidad o problemas emocionales. En absoluto se puede exigir a los docentes que hagan terapia con los alumnos, pero sí es importante conocer síntomas que podrían ser indicadores de un problema que haga necesario pedir ayuda, aunque no lo podremos llevar a cabo sin contar con más formación, medios y recursos. Es el año de invertir en educación. Será necesario aumentar las plantillas de los centros. Y los primeros que tendrán que recibir ese soporte emocional serán los propios docentes. De nada vale que les pidamos que cuiden la salud emocional de sus alumnos, si sienten que están desamparados y que nadie cuida por la suya.

¿Qué nos espera en esta vuelta al colegio?

Las emociones están a flor de piel, estamos mucho más irascibles, tanto los adultos como los niños y nos cuesta más regular las emociones.

  1. Nos enfrentamos a una vuelta al colegio llena de incertidumbre. No sabemos qué es lo que va a ocurrir, cómo van a ser las aulas, la entrada y recogida de los alumnos, los servicios de comedor, las actividades extraescolares… Todo esto hace que a las familias les sea imposible planificar y organizarse. Lo que genera una gran frustración y un gran problema de conciliación.
  2. Las familias tienen mucho miedo al contagio, a si la gestión desde los colegios será correcta… pero también los docentes tienen miedo. Ese miedo es lícito, cuando vemos que se sigue incrementando el número de casos, que llega una llamada “segunda ola”… Hay que aceptar la emoción del miedo, saber que es normal, que incluso nos puede ayudar a cumplir mejor las medidas de seguridad, pero necesitamos una buena comunicación sobre qué se va a hacer desde las escuelas para poder gestionarlo correctamente.
  3. El aprendizaje se ve comprometido. No es lo mismo el aprendizaje presencial que el online. Además, pensar que se han podido impartir los mismos contenidos en formato on line que presencial, no es realista. Por ello será fundamental adecuar las expectativas, tanto de los padres como las de los alumnos y las de los maestros.
  4. Este año, más que nunca, es más necesario atender a las necesidades emocionales de los alumnos. Todo ello requiere más que el esfuerzo individual y que aludir a la responsabilidad individual, necesitamos medios, formación, recursos… por supuesto un plan de vuelta a las aulas y sobre todo COMUNICACIÓN. La labor no puede recaer únicamente sobre los docentes. Durante el confinamiento se ha hecho lo que se ha podido, pero con interés y buena voluntad no basta, es necesario el apoyo por parte de las instituciones.

Puede sonar redundante, pero para hacer una vuelta segura a los colegios necesitamos inversión y formación.

  • Formación de los docentes en temas de gestión de las medidas de seguridad.
  • Formación en las competencias emocionales necesarias.

Y adaptarnos y adaptar la enseñanza:

  • Es necesario adaptar la enseñanza, quizás hay que estar más tiempo al aire libre, en el patio…
  • No valen las medidas universales, hay que estudiar cada centro en concreto. No es lo mismo una escuela rural que un gran colegio de una ciudad, No es lo mismo tener un gran patio donde poder salir y dar clases al aire libre que no disponer de él…

¿Volvemos a la enseñanza on line?

La enseñanza on line ha sido “un parche”, era el menor de los males en una situación de emergencia sanitaria, y nos pilló desprevenidos y sin recursos. A fecha de hoy podemos afirmar que los niños necesitan volver a la escuela, necesitan a su profesor, una persona que guíe, que explique, que acompañe en el proceso de aprendizaje. Además, en la escuela los niños socializan, se relacionan con otros niños, adquieren habilidades socioemocionales…

La escuela es un medio para conseguir la igualdad de las familias. El confinamiento y el traslado del colegio a cada casa ha aumentado más, si cabe, la brecha educativa. Se estima que la brecha digital afecta a un millón de alumnos de enseñanzas no universitarias, que por problemas socioeconómicos no tienen dispositivos adecuados o no tienen conectividad a Internet en casa. Otra pieza clave de la enseñanza en casa es que no todos los padres tienen la formación suficiente para dar apoyo a sus hijos en casa, para ayudarles con las tareas escolares e incluso no todas las familias son capaces de satisfacer las necesidades de sus hijos.

Evidentemente la vuelta a las aulas debe de hacerse cumpliendo medidas para que el virus no se propague, pero no nos podemos olvidar de que “la salud no es sólo la ausencia de enfermedad”. La salud es un estado completo de bienestar físico y social, por tanto, los niños no sólo necesitan mantener su salud física libres de virus, sino también cubrir sus necesidades afectivas y sociales. Y a ello también se contribuye desde la escuela.

FUENTE: Revista Padres y Colegios

La frustración de volver a la cuarentena por un positivo en el aula ¿Qué podemos hacer en estos casos?

La mayoría de los niños estaban encantados con la idea de volver al colegio, ver a sus amigos, jugar con ellos, poder estar en el aula con los profesores… incluso decían que entendían que había que llevar la mascarilla, no compartir los útiles escolares ni la comida…

Esa ilusión se ha visto truncada en los casos en los que los niños han tenido que volver a su casa por un positivo en el aula y guardar 14 días de cuarentena. ¿Qué puede ocurrir en estos casos?

  1. La ilusión por hacer un curso de forma presencial se rompe, estaban muy expectantes y dichas expectativas se han roto.
  2. En muchos casos surge la frustración. Se han roto los planes de vuelta al colegio, y sobre todo la idea de poder hacer un curso con normalidad.
  3. Pueden volver a aparecer miedos, inseguridad y ansiedad, que ya habían surgido en la cuarentena.
  4. A esto se suma la ansiedad de los padres, sus miedos, las dificultades para conciliar la vida familiar y laboral… ver a sus padres tensos puede provocar miedo y angustia en los menores, porque interpretan la situación pensando: si mis padres están así es porque otra vez estamos en peligro.

¿Qué podemos hacer en estos casos? Pautas para seguir con los más pequeños.

  1. Anticiparnos, en la medida de lo posible, a la situación. Es decir, explicarles a los niños que, si uno de sus compañeros se contagia con coronavirus, que los más probable es que todos tengamos que estar 14 días en casa para saber si nos hemos contagiado y evitar trasmitir el virus. La explicación tiene que ser en términos que ellos entiendan, adaptando el lenguaje a su edad.
  2. No trasmitirles nuestro miedo. Dejar claro que su compañero se va a poner bien, que son 14 días en casa y que la situación pasará. Los adultos tenemos un montón de preocupaciones en al cabeza, no solo el miedo al contagio, sino la conciliación, como afecta a la economía. No es necesario hacer partícipe a los niños.
  3. Aceptar las emociones que esto nos provoca, tanto a los niños como a los adultos. Es normal sentir mucha frustración, porque los planes se trastocan, rabia, por tener que recolocar de nuevo nuestra vida, teletrabajo… tristeza, por no poder salir de casa… es necesario identificar nuestras emociones, para así poder trabajar con ellas, y sobre todo ayudar a los niños a que las identifiquen.
  4. Cuidado con las frases de “no pasa nada”, no llores, no te enfades, no es para tanto… Todas las emociones son lícitas, nadie debe ni puede cuestionar lo que sentimos. Y sin embargo, con los niños lo hacemos muy a menudo.
  5. Validar las emociones, tanto las propias, como sobre todo la de los niños. Incluso tendremos que ir más allá y decirles, lo que sientes se llama frustración, porque tenías muchas ganas de volver al colegio y de nuevo tenemos que estar 14 días en casa. O decirle, entiendo que estás enfadado, porque no quieres estar en casa, lo comprendo, a mí tampoco me apetece, pero es lo que nos toca hacer para evitar propagar el virus.
  6. Practica técnicas de regulación emocional en familia. No nos gusta la situación y sentimos emociones desagradables, pero seguro que podemos hacer cosas para sentirnos mejor. Por ejemplo, podemos pensar, ¿qué hicimos durante los meses de marzo a junio para estar mejor? podemos rescatar esos entretenimientos o proponer cosas nuevas que hacer.

Juego y actividad física, esenciales para el desarrollo emocional de los niños. Colaboración con EFE Salud

La relación existente entre el juego y la felicidad está ampliamente demostrada. Sin embargo, ¿qué tipo de juego es el mejor para el desarrollo de los más pequeños? Para 9 de cada 10 padres, tanto la actividad física como el deporte son claves para el desarrollo emocional y de las habilidades de percepción y compresión de sus hijos, según el “I Estudio sobre los beneficios del juego y la actividad física en niños”, desarrollado por Galletas Príncipe junto a la psicóloga Silvia Álava

Este estudio, realizado por la empresa Ipsos, ha contado con la participación de más de 1.000 padres de todo el país con hijos de edades comprendidas entre 4 y 12 años.

El juego y la actividad física son fundamentales para los niños, ya que no solo disfrutan realizando este tipo de actividades, si no que también favorecen su aprendizaje.

“Hay una gran cantidad de trabajos científicos que han demostrado que a través del juego se potencian las funciones ejecutivas, se ayuda a mejorar el rendimiento matemático, el desarrollo lingüístico, la inteligencia fluída, la memoria de trabajo y el procesamiento, entre otros”, señala la psicóloga Silvia Álava.

Y es que los niños necesitan jugar y hacer ejercicio para desarrollarse con plenitud. Además, el juego promueve las relaciones entre iguales, desarrollan lazos de amistad con otros niños, competencias emocionales, habilidades sociales…

“Los padres son conscientes de esta realidad; de hecho, este estudio ha puesto de manifiesto que el 99,5 % considera que el juego es fundamental para el desarrollo de sus hijos”, señala Filipe Salsinha, director de la categoría de galletas en Mondelēz International en España.

Juego y actividad física, vital para los niños

Silvia Álava
La psicóloga Silvia Álava/ Foto cedida

Por otro lado, los resultados muestran que 9 de cada 10 padres creen que, para el desarrollo de las habilidades de percepción, comprensión y la regulación emocional, tanto el deporte como el ejercicio físico son clavesseguido de los juegos tradicionales.

En el caso de los niños más pequeños (4 a 6 años), los progenitores creen que son los juegos tradicionales los que más ayudan al desarrollo emocional de sus hijos.

“Estos resultados están en consonancia con la evidencia científica existente, que ha demostrado que, en la infancia, el desarrollo cognitivo se ve potenciado gracias a los juegos de reglas, interactivos y motores o de actividad física”, expone Álava, quién destaca que “además, el juego hace que desarrollen su creatividad y fantasía y les ayuda a comprender el mundo real”.

¿Qué juegos hacen más felices a los niños?

Otro de los principales objetivos de este estudio es conocer qué tipo de juegos hace más felices a los niños. Aunque 4 de cada 10 padres afirman que las pantallas son la principal fuente de disfrute de sus hijos, el 50 % de los encuestados declara que el ejercicio físico es el tipo de juego que más feliz hace a los niños.

“Uno de cada dos niños juega con pantallas a diario y el 31 % lo hace durante 2 horas o más. Son cifras que no nos sorprenden ya que vivimos en un mundo totalmente tecnológico”, manifiesta Filipe Salsinha, quien explica que “sin embargo, los padres tienen claro que sus hijos son más felices cuando practican actividad física o deporte”.

Como indica el “I Estudio sobre los beneficios del juego y la actividad física en niños”, la felicidad está más relacionada con saber disfrutar de cada momento y dotar de herramientas y recursos a nuestros hijos para que sean seguros y autónomos.

Por este motivo, “debemos fomentar que los niños jueguen al aire libre, a juegos que impliquen movimiento y que puedan practicar deporte, dado que está demostrado que estos tienen un efecto positivo en el aprendizaje y en el desarrollo cognitivo y emocional”, argumenta Silvia Álava.

Aunque las pantallas también tienen múltiples beneficios, no debemos permitir que ocupen todo el tiempo de ocio de nuestros menores, dado que los juegos tradicionales tienen unos efectos en el desarrollo cognitivo y socioemocional en los niños, que las pantallas no tienen.

De hecho, este estudio ha puesto de manifiesto que el 52 % de los padres consideran que estas herramientas tecnológicas podrían alterar y perjudicar la disposición al estudio.

FUENTE: EFESalud