¿Dejar ganar siempre a los niños para que no se frustren? Por qué aprender a perder también es importante

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¿Dejar ganar siempre a los niños para que no se frustren? Por qué aprender a perder también es importante

¿Dejamos ganar siempre a nuestros hijos para evitar que se enfaden, se pongan tristes o se frustren? ¿Intervenimos rápidamente cuando algo no les sale bien porque nos cuesta verles sufrir?

Es comprensible, como padres y madres queremos que nuestros hijos sean felices y, cuando les vemos pasarlo mal, nuestro primer impulso suele ser protegerles. El problema aparece cuando, con la intención de evitarles cualquier malestar, les impedimos experimentar pequeñas frustraciones que son necesarias para su desarrollo emocional.

Perder una partida, no conseguir lo que querían, equivocarse, esperar su turno o recibir un “no” son experiencias cotidianas que pueden ayudar a los niños a desarrollar recursos psicológicos fundamentales. La cuestión no es hacerles sufrir ni endurecer la crianza. Es entender que proteger no significa evitar todas las dificultades.

¿Por qué es importante que los niños aprendan a perder?

En la vida no siempre ganamos. Tampoco conseguimos todo lo que queremos, cuando queremos y de la manera que nos gustaría. Aprender a perder en un contexto seguro, como puede ser un juego en familia, ofrece una oportunidad para practicar algo mucho más importante que ganar una partida: aprender a gestionar la frustración.

Cuando un niño pierde, puede sentir enfado, tristeza, decepción o impotencia. Estas emociones son normales. Lo importante es que, poco a poco, aprenda que puede sentirlas y, aun así, continuar. La tolerancia a la frustración no aparece de forma automática. Se desarrolla a través de las experiencias y del acompañamiento de los adultos. Por eso, si cada vez que el niño está a punto de perder intervenimos para que gane, o modificamos constantemente las reglas para evitar su enfado, estamos eliminando una oportunidad de aprendizaje.

Los niños necesitan experimentar que unas veces se gana y otras se pierde, sin que eso implique que los adultos tengan que competir con ellos en igualdad de condiciones. El objetivo no es que pierdan siempre, sino que aprendan que perder forma parte del juego y que pueden manejarlo.

El miedo de los padres a frustrar a sus hijos

En los últimos años ha aumentado la preocupación de muchas familias por generar algún tipo de daño emocional a sus hijos. A veces existe el temor de que decir “no”, poner un límite, permitir que se equivoquen o dejar que experimenten una decepción pueda afectar negativamente a su autoestima, pero debemos diferenciar entre frustrar a un niño de manera innecesaria o dañina y permitir que afronte las pequeñas frustraciones propias de la vida cotidiana.

Que un niño pierda una partida, no pueda tener siempre lo que quiere o tenga que esperar no constituye por sí mismo una experiencia traumática, de hecho, la sobreprotección puede tener el efecto contrario al que buscamos. Cuando resolvemos constantemente las dificultades de nuestros hijos, podemos transmitirles, sin querer, el mensaje de que ellos no son capaces de hacerlo solos. La sobreprotección puede limitar las oportunidades para desarrollar seguridad, autoestima, autonomía y competencias emocionales.

¿Dejar ganar siempre a los niños para que no se frustren? Por qué aprender a perder también es importante

Frustración no significa sufrimiento innecesario

Es importante hacer una distinción, no se trata de provocar frustraciones deliberadamente para que los niños “se hagan fuertes”, tampoco de decirles que tienen que aprender a perder solos, ignorar su enfado o ridiculizar sus reacciones, la función del adulto es acompañar.

Si un niño pierde y se enfada, podemos decir: “Sé que querías ganar y que te da mucha rabia haber perdido”. Validar la emoción no significa cambiar el resultado. Podemos reconocer su decepción y, al mismo tiempo, mantener la realidad: “Hoy has perdido. Podemos jugar otra partida otro día”. De esta forma, el niño aprende algo fundamental: puedo sentirme mal porque algo no ha salido como quería y, aun así, puedo manejarlo.

El juego: un laboratorio para aprender a gestionar la frustración

El juego ofrece un contexto especialmente adecuado para desarrollar estas habilidades, los juegos con reglas enseñan a esperar turnos, respetar normas, aceptar resultados, negociar, perder, ganar, resolver conflictos y continuar después de un error, además, permiten practicar estas habilidades en un entorno seguro y agradable. Por eso, no es necesario convertir cada situación cotidiana en una lección educativa. Podemos aprovechar las experiencias que ya forman parte de la vida familiar.

Un juego de mesa, una partida de cartas, un deporte o incluso una actividad sencilla en la que exista un resultado pueden convertirse en oportunidades para aprender, y algo importante: los adultos también somos modelos. ¿Cómo reaccionamos nosotros cuando perdemos? ¿Nos enfadamos, culpamos a los demás, abandonamos el juego o podemos decir “esta vez no me ha salido bien”? Los niños aprenden mucho observando cómo gestionamos nosotros la frustración.

¿Qué hacer cuando el niño pierde y tiene una rabieta?

Es normal que un niño pequeño todavía tenga dificultades para regular una emoción intensa. Su capacidad de autocontrol se desarrolla progresivamente, por eso, cuando aparece una rabieta después de perder, podemos seguir algunos pasos:

1. Mantener la calma

Si el adulto también se enfada, la situación puede escalar rápidamente. Nuestra regulación ayuda al niño a regularse.

2. Validar la emoción

Podemos reconocer lo que está sintiendo: “Entiendo que estés enfadado. Querías ganar”. Validar no significa decir que tiene razón en cualquier conducta ni que vamos a cambiar las reglas.

3. Mantener el límite

Si hay unas reglas de juego, no necesitamos modificarlas cada vez que el resultado no le gusta.

4. Dar tiempo para recuperarse

Cuando la emoción está muy elevada, razonar suele ser poco eficaz. Primero necesitamos ayudarle a recuperar la calma.

5. Volver a intentarlo

Cuando esté preparado, puede volver al juego y experimentar que una derrota no significa que todo esté perdido.

Decir “no” también forma parte de educar

La tolerancia a la frustración no se desarrolla únicamente aprendiendo a perder. También aparece cuando los niños tienen que esperar, cuando no pueden conseguir inmediatamente aquello que desean, cuando tienen que compartir, cuando reciben un límite o cuando descubren que las cosas no siempre salen como habían imaginado.

Por eso, decir “no” de manera adecuada también puede ser una forma de enseñar.

No necesitamos decir “no” a todo ni convertir la educación en una sucesión permanente de prohibiciones. Pero tampoco debemos evitar cualquier negativa por miedo a que nuestro hijo se enfade. El enfado del niño no significa necesariamente que hayamos hecho algo mal. A veces significa simplemente que algo no ha salido como quería. Y aprender a gestionar esa experiencia es parte de crecer.

El objetivo no es criar niños que nunca se frustren

Es imposible evitar que nuestros hijos sufran decepciones, en algún momento tendrán un conflicto con un amigo, no conseguirán un resultado que esperaban, suspenderán un examen, no serán elegidos para un equipo, tendrán que esperar o descubrirán que algo que deseaban no puede ser.

No podemos estar siempre ahí para solucionar cada dificultad, lo que sí podemos hacer es ayudarles a desarrollar recursos para afrontarlas. La autonomía emocional no significa que el niño tenga que enfrentarse solo a sus problemas. Significa que poco a poco va adquiriendo herramientas para gestionarlos con menos dependencia del adulto.

¿Cómo saber si estamos sobreprotegiendo?

Puede ser útil hacernos algunas preguntas:

  • ¿Intervengo rápidamente cuando mi hijo se frustra?
  • ¿Le dejo ganar siempre para evitar que se enfade?
  • ¿Hago por él cosas que ya podría hacer por sí mismo?
  • ¿Intento solucionar inmediatamente todos sus problemas?
  • ¿Me cuesta mantener un “no” cuando protesta?
  • ¿Evito que se equivoque porque me preocupa que se sienta mal?
  • ¿Me angustia especialmente ver a mi hijo frustrado?

Si respondemos afirmativamente a varias de estas preguntas, quizá no se trate de que estemos educando mal. Probablemente estamos intentando protegerles con la mejor intención. Pero puede ser un buen momento para preguntarnos:

¿Le estoy evitando una dificultad o le estoy quitando una oportunidad para aprender?

Acompañar, no rescatar

Educar implica proteger, pero también preparar para la vida, nuestros hijos necesitan saber que cuentan con nosotros, que pueden pedir ayuda y que sus emociones serán escuchadas. Pero también necesitan experimentar que son capaces de resolver cosas por sí mismos, equivocarse, volver a intentarlo y superar pequeñas decepciones. Por eso, cuando un niño pierde una partida, quizá no necesitemos correr a dejarle ganar.

  • Podemos quedarnos a su lado.
  • Podemos validar su enfado.
  • Podemos ayudarle a calmarse.
  • Y podemos transmitirle un mensaje sencillo:

“Sé que no te gusta perder. Es normal que estés enfadado. Pero puedes aprender a manejarlo. Y la próxima vez tendrás otra oportunidad”.

Porque el objetivo de la crianza no es conseguir que nuestros hijos nunca se frustren. Es ayudarles a desarrollar las herramientas que necesitarán cuando nosotros no podamos evitarles la frustración. Aprender a perder, aceptar un “no”, tolerar la espera, equivocarse y volver a intentarlo son pequeñas experiencias cotidianas que pueden contribuir al desarrollo de la autonomía, la resiliencia y la regulación emocional. Y quizá una de las mejores formas de acompañar a nuestros hijos sea recordar que no necesitan una infancia sin frustraciones; necesitan adultos que les enseñen a atravesarlas sin sentirse solos.

FUENTE: elcorreo.com

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Me llamo Silvia Álava, nací en Valladolid, aunque hace más de veinte años que vivo en Madrid. Soy Doctora y licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma en Madrid.

Especialista en Psicología General Sanitaria y en Psicología Educativa estoy acreditada por el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid como Psicóloga Educativa, y soy Psicólogo acreditado para el ejercicio de actividades sanitarias en el Registro de Centros Sanitarios de la Comunidad de Madrid.