¿Cómo ayudar a los niños a ganar autonomía y confianza?: riesgos controlados

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¿Cómo ayudar a los niños a ganar autonomía y confianza?: riesgos controlados.

Las vacaciones de verano ofrecen a los niños algo que durante el curso escolar escasea: tiempo. Tiempo para jugar, explorar, probar cosas nuevas, equivocarse y aprender a desenvolverse con mayor autonomía.

Precisamente por eso, el verano puede ser una oportunidad excelente para que los niños asuman pequeños riesgos controlados, siempre adecuados a su edad y dentro de un entorno seguro. No hablamos de ponerles en peligro ni de dejar de supervisarlos cuando lo necesitan. Hablamos de permitirles hacer por sí mismos aquello para lo que ya están preparados.

Como explica Silvia Álava en una entrevista publicada en EL PAÍS, el desarrollo infantil necesita oportunidades para explorar el entorno y enfrentarse a desafíos que puedan manejar. Cuando los adultos intervenimos constantemente para evitar cualquier dificultad, podemos caer en la sobreprotección.

Riesgo y peligro no son lo mismo

Una de las claves para entender cómo fomentar la autonomía infantil es diferenciar entre riesgo y peligro. Un riesgo implica que existe la posibilidad de que algo no salga bien, pero también que el niño pueda aprender de la experiencia. Puede equivocarse, frustrarse, buscar una solución y descubrir que es capaz de afrontar una dificultad.

El peligro, en cambio, supone una amenaza real para su seguridad o bienestar que supera sus capacidades para afrontarla, esta diferencia es fundamental, permitir que un niño de determinada edad prepare su propia mochila puede implicar el riesgo de que se olvide algo. Dejar que ayude a hacer la lista de la compra puede significar que se equivoque al calcular lo que necesitamos. Permitir que organice parte de un juego con sus amigos puede provocar algún desacuerdo.

Pero esas situaciones no son necesariamente negativas. Son oportunidades de aprendizaje. Lo que debemos evitar son aquellas situaciones en las que las consecuencias de un error pueden ser graves y el menor todavía no dispone de las habilidades necesarias para gestionarlas.

Sobreproteger también puede limitar el desarrollo

Como padres y madres, es natural querer evitar que nuestros hijos sufran. Cuando los vemos tener dificultades, muchas veces nuestra primera reacción es intervenir: Si no saben hacer algo, lo hacemos nosotros, si tienen un conflicto con otro niño, intervenimos, si se han olvidado algo, se lo llevamos, si algo les sale mal, intentamos solucionarlo… Lo hacemos con buena intención, pero si resolvemos constantemente las dificultades de nuestros hijos, podemos transmitirles sin querer un mensaje muy diferente al que pretendemos: “Tú no puedes hacerlo”.

Silvia Álava señala que muchos problemas que atribuimos a una baja autoestima pueden estar relacionados con que no damos a los niños suficientes oportunidades para hacer por sí mismos aquello para lo que ya están preparados. La confianza personal no aparece porque repitamos constantemente a un niño que es capaz. Se construye, en buena medida, cuando tiene experiencias que le permiten comprobar que puede hacer cosas por sí mismo.

¿Cómo ayudar a los niños a ganar autonomía y confianza?: riesgos controlados

El verano es un buen momento para practicar la autonomía

Durante el curso, los horarios suelen estar muy estructurados. Hay que levantarse a una determinada hora, ir al colegio, hacer deberes, acudir a actividades extraescolares y cumplir numerosas rutinas, en verano existe más margen, por eso podemos aprovechar las vacaciones para introducir pequeñas responsabilidades adaptadas a la edad. Por ejemplo:

  • Preparar su mochila para una excursión.
  • Ayudar a elaborar la lista de la compra.
  • Buscar determinados productos en el supermercado.
  • Preparar parte de su equipaje.
  • Poner y quitar la mesa.
  • Hacer su cama.
  • Cuidar de una mascota, siempre con responsabilidades adecuadas a su edad.
  • Organizar un juego con otros niños.
  • Elegir entre varias opciones qué actividad realizar.
  • Resolver pequeños conflictos con sus hermanos o amigos antes de que intervenga un adulto.

Son actividades cotidianas, pero tienen un enorme potencial educativo, el objetivo no es que el niño “ayude a los padres”, sino que aprenda habilidades que le permitan desenvolverse de forma cada vez más autónoma.

Dejar que se equivoquen también es educar

Una de las grandes dificultades para los adultos es tolerar que nuestros hijos se equivoquen. Queremos ahorrarles frustraciones, pero el error forma parte del aprendizaje.

Si un niño prepara su mochila y olvida algo, podemos aprovechar la situación para preguntarle qué podría hacer diferente la próxima vez. Si organiza una actividad y no funciona como esperaba, podemos ayudarle a analizar qué ha ocurrido.

No se trata de decir “te lo dije” ni de aprovechar el error para reprenderle, se trata de acompañarle para que pueda aprender. Esto es lo que se conoce como aprendizaje por ensayo y error: probar, comprobar qué ocurre, ajustar la estrategia y volver a intentarlo. La posibilidad de equivocarse dentro de un entorno seguro permite desarrollar estrategias de resolución de problemas, tolerancia a la frustración y pensamiento crítico, y, sobre todo, permite que el niño descubra algo fundamental:

“Puedo equivocarme y seguir adelante.”

No hace falta organizar grandes aventuras

Cuando hablamos de “asumir riesgos” durante el verano, podemos imaginar grandes actividades: deportes de aventura, excursiones complicadas o experiencias especialmente desafiantes, no es necesario, muchas de las mejores oportunidades para desarrollar autonomía están en las pequeñas situaciones de la vida cotidiana: una excursión en la que el niño prepara su mochila, una tarde de juego espontáneo, una visita a la compra en la que ayuda a localizar los productos, preparar la mesa para una comida familiar, organizar un juego con sus amigos… En verano, además, hay menos prisa. Esto permite darles algo que durante el curso muchas veces les falta: tiempo para intentar las cosas por sí mismos, ese tiempo adicional permite que haya más oportunidades para equivocarse y aprender a través de experiencias cotidianas.

¿Cuándo debemos intervenir los adultos?

Acompañar la autonomía no significa desaparecer, los niños necesitan protección, supervisión y límites. Nuestra responsabilidad como adultos es conocer qué pueden hacer por sí mismos y qué situaciones todavía superan sus capacidades. La pregunta que podemos hacernos es:

“¿Mi hijo necesita realmente que intervenga o estoy interviniendo porque me resulta difícil verlo enfrentarse a una dificultad?”

Esta diferencia puede ayudarnos a revisar muchas situaciones cotidianas, si el niño puede resolverlo de manera segura, podemos darle espacio, podemos estar cerca sin hacerlo por él, podemos observar sin anticiparnos, podemos ofrecer ayuda si la necesita, pero sin quitarle la oportunidad de intentarlo.

El objetivo: niños más autónomos, no niños más temerarios

Fomentar los riesgos controlados no significa educar niños imprudentes. Al contrario: supone enseñarles a valorar las situaciones, anticipar consecuencias y tomar decisiones ajustadas a sus capacidades. El objetivo no es que se atrevan a todo, sino que aprendan a distinguir qué pueden hacer, qué necesitan aprender y cuándo deben pedir ayuda.

Según la investigación citada en EL PAÍS, los niños que durante el juego asumían más riesgos adecuados a sus posibilidades mostraban también mayor rapidez y eficacia a la hora de tomar decisiones y afrontar riesgos, por eso, este verano podemos cambiar ligeramente nuestra mirada, en lugar de preguntarnos únicamente “¿cómo puedo evitar que mi hijo se equivoque?”, podemos empezar a preguntarnos:

“¿Qué puede hacer ya por sí mismo y qué oportunidades puedo ofrecerle para que lo descubra?”

Porque proteger a nuestros hijos también significa prepararlos para que, poco a poco, aprendan a protegerse y cuidarse por sí mismos. El verano puede ser un momento perfecto para hacerlo: con menos prisas, más juego, más experiencias cotidianas y, sobre todo, con la confianza suficiente para dejarles intentar, equivocarse y volver a intentarlo.

La autonomía no se enseña haciéndolo todo por ellos. Se construye dándoles oportunidades para hacerlo por sí mismos.

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Me llamo Silvia Álava, nací en Valladolid, aunque hace más de veinte años que vivo en Madrid. Soy Doctora y licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma en Madrid.

Especialista en Psicología General Sanitaria y en Psicología Educativa estoy acreditada por el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid como Psicóloga Educativa, y soy Psicólogo acreditado para el ejercicio de actividades sanitarias en el Registro de Centros Sanitarios de la Comunidad de Madrid.