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Cómo evitar la insatisfacción de tu hijo perfeccionista. Colaboración con La Vanguardia

Un nivel de autoexigencia muy alto y no permitirse fallar supone un problema para el desarrollo y el bienestar de los niños.

Por ROCÍO NAVARRO MACÍAS 

Borrar y volver a trazar decenas de veces una letra, o repetir un selfie durante horas, son ejemplos de cómo el perfeccionismo interfiere en el desempeño de muchos niños. Este rasgo de la personalidad, lejos de ser un incentivo para mejorar, se relaciona con el sufrimiento y la frustración , ya que el pequeño perfeccionista nunca queda satisfecho con su ejecución.

Sacar un ocho y recibir la noticia desde el enfado es otro típico caso de que algo falla. Aunque en el entorno académico se pueden reconocer más fácilmente estos perfiles, el perfeccionismo se manifiesta en todas las parcelas de la realidad. Los padres que afrontan estas situaciones pueden encontrarse con hijos que pasan noches en vela terminando proyectos, o con enfados recurrentes al intentar alcanzar un imposible.

¿Cómo identificar el perfeccionismo?

Hacer las cosas lo mejor posible es la filosofía que deben seguir padres e hijos para reconducir el perfeccionismo hacia una versión más saludable y realista del esfuerzo.

Los fallos nos ayudan a aprender, aunque los perfeccionistas no los perciben de esta forma. Más bien lo conciben como una autoconfirmación de que no son lo suficientemente buenos en algo. Es entonces donde comienzan a complicarse la existencia. “Estos niños lo pasan mal porque consideran que no han hecho las cosas suficientemente bien. Objetivamente hay un buen resultado, pero se frustran. No existe una correlación entre el rendimiento y sus sentimientos”, explica la psicóloga sanitaria Silvia Álava.

Esta cualidad afecta, entre otras variables, a la seguridad, la autoestima y provoca sensaciones desagradables en quienes la padecen. Sin embargo, la especialista en psicología educativa advierte que no hay que confundir este tipo de reacciones con las derivadas de una baja tolerancia al esfuerzo. “Lo que ocurre en el último escenario –el de la baja tolerancia al esfuerzo– es que los niños se enfrentan a una tarea difícil y, como no sale con la facilidad que esperan, se frustran, gritan, chillan… El perfeccionismo es diferente, ya que no consideran que hayan hecho las cosas suficientemente bien”, continúa la experta.

En cierto modo, el perfeccionismo incapacita, al requerir más recursos de los necesarios para realizar una acción. “Por ejemplo, los niños perfeccionistas ponen mucha atención al pintar, borrando muchas veces. Necesitan más tiempo para realizar cualquier tarea, algo que a otro niño sin tal nivel de exigencia le costaría la mitad”, indica Abel Domínguez, psicólogo infantil y director de Domínguez psicólogos.

En los más pequeños puede identificarse a través de determinados rasgos de rigidez: “Las cosas tienen que hacerse como ellos quieren y se frustran mucho si se llevan a cabo de otra forma”, añade Domínguez. Es algo que va en contra de la flexibilidad y la espontaneidad.

¿Por qué mi hijo es perfeccionista?

Tanto la genética como los factores ambientales influyen en la gestación de un perfeccionista. “Es un concepto muy aprendido. A través de fórmulas como “no está suficientemente bien” o “sí, muy bien, pero…” se fomenta este rasgo”, advierte Álava. Por ello, es muy importante analizar el modelo de comportamiento que los progenitores transmiten. “Los niños aprenden copiando a sus adultos de referencia, que suelen ser su padre y su madre, por eso hay que tener mucho cuidado con lo que proyectan”, añade.

Como recomienda la psicóloga: “Es fundamental pararse y observar el propio comportamiento. Por ejemplo, si un adulto entra en la habitación de los niños y dice: “esto está hecho un desastre”, pero solo hay un juguete en el suelo, se puede generar ese sentimiento de forma desintencionada”, comenta la psicóloga.

Domínguez también relaciona este rasgo con modelos de aprendizaje muy rígidos. Se trata de los casos en los que se enseña una sola forma válida de hacer las cosas. “Esto va a hacer que se sientan inseguros”, añade el profesional. Para evitar esta falta de flexibilidad, Domínguez recomienda preguntar a los niños cómo quieren o prefieren hacer las ejecuciones, ya que existen muchas propuestas válidas.

¿Cuándo es un problema?

Los profesionales coinciden en que el perfeccionismo es un problema serio cuando aparece un desgaste emocional y social en los niños. “Sobre todo en el colegio, en el tiempo que dedican a las tareas, en su interacción social…”, subraya Domínguez.

Este tipo de niños tienen un nivel de autoexigencia muy alto y no se dan permiso para fallar en el proceso de aprendizaje. Esto les impide disfrutar de las experiencias. Un aspecto que puede afectarles para fluir en el juego creativo o aplicar la creatividad al dibujo. A nivel social también puede interferir. “En muchos casos, intentan imponer su forma de pensar, ya que suelen tener un ideal sobre cómo se deben hacer las cosas”, comparte Domínguez.

Llevado al extremo, el perfeccionismo puede derivar en problemas serios. “Si no ofrecemos recursos para que lo sobrelleven, superen y manejen puede desembocar en trastornos de la conducta alimentaria o del espectro obsesivo”, advierte el psicólogo.

¿Cómo actuar?

Evitar fomentar el perfeccionismo no está relacionado con educar en la mediocridad. “Siempre debemos inculcar que las cosas se hagan lo mejor posible, educar en crecer y superarse, ya que si no, los niños no podrán desarrollar su potencial”, explica Álava. No obstante, si los niños no son conscientes de sus propios méritos es el momento de actuar. Estas son algunas técnicas para redirigir el perfeccionismo:

  • Poner el foco en el esfuerzo. No se trata de replicar un modelo o de aspirar a metas que trasciendan de las posibilidades personales reales. Se trata de premiar el valor del esfuerzo. “En este marco, también hay que tener en cuenta las circunstancias. Por ejemplo, si al niño le duele una muela, tiene fiebre o ha ocurrido algo en la familia, es importante considerar y reconocer el trabajo realizado”, recomienda Álava. La psicóloga insiste en que los padres manifiesten que valoran ese esfuerzo.
  • Centrarse en la emoción, más que en el resultado. El proceso importa y las sensaciones que aparecen durante el mismo. “Los niños deben confiar en cómo se sintieron al hacer algo. ‘¿Cómo te sentiste haciendo la tarta? ¿La hiciste lo mejor posible? Es algo a lo que hay que darle valor”, confirma la psicóloga.
  • Favorecer la proactividad. Preguntar directamente a los niños cómo quieren hacer las cosas es una manera de fomentarla. También se pueden sugerir alternativas a un modelo dado.
  • Plantear determinadas tareas de creatividad. Es una forma de favorecer la flexibilidad mental. “Que sean ellos los que encuentren una de las posibles soluciones anticipando que siempre van a existir muchas”, recomienda Domínguez.
  • Evitar los términos absolutos. “Si hablamos de forma probabilística, desterrando conceptos del tipo “todo o nada”, “siempre o nunca”, también se favorece la flexibilidad que estos niños necesitan”, incide el psicólogo.

FUENTE: La Vanguardia

Juego y actividad física, esenciales para el desarrollo emocional de los niños. Colaboración con EFE Salud

La relación existente entre el juego y la felicidad está ampliamente demostrada. Sin embargo, ¿qué tipo de juego es el mejor para el desarrollo de los más pequeños? Para 9 de cada 10 padres, tanto la actividad física como el deporte son claves para el desarrollo emocional y de las habilidades de percepción y compresión de sus hijos, según el “I Estudio sobre los beneficios del juego y la actividad física en niños”, desarrollado por Galletas Príncipe junto a la psicóloga Silvia Álava

Este estudio, realizado por la empresa Ipsos, ha contado con la participación de más de 1.000 padres de todo el país con hijos de edades comprendidas entre 4 y 12 años.

El juego y la actividad física son fundamentales para los niños, ya que no solo disfrutan realizando este tipo de actividades, si no que también favorecen su aprendizaje.

“Hay una gran cantidad de trabajos científicos que han demostrado que a través del juego se potencian las funciones ejecutivas, se ayuda a mejorar el rendimiento matemático, el desarrollo lingüístico, la inteligencia fluída, la memoria de trabajo y el procesamiento, entre otros”, señala la psicóloga Silvia Álava.

Y es que los niños necesitan jugar y hacer ejercicio para desarrollarse con plenitud. Además, el juego promueve las relaciones entre iguales, desarrollan lazos de amistad con otros niños, competencias emocionales, habilidades sociales…

“Los padres son conscientes de esta realidad; de hecho, este estudio ha puesto de manifiesto que el 99,5 % considera que el juego es fundamental para el desarrollo de sus hijos”, señala Filipe Salsinha, director de la categoría de galletas en Mondelēz International en España.

Juego y actividad física, vital para los niños

Silvia Álava
La psicóloga Silvia Álava/ Foto cedida

Por otro lado, los resultados muestran que 9 de cada 10 padres creen que, para el desarrollo de las habilidades de percepción, comprensión y la regulación emocional, tanto el deporte como el ejercicio físico son clavesseguido de los juegos tradicionales.

En el caso de los niños más pequeños (4 a 6 años), los progenitores creen que son los juegos tradicionales los que más ayudan al desarrollo emocional de sus hijos.

“Estos resultados están en consonancia con la evidencia científica existente, que ha demostrado que, en la infancia, el desarrollo cognitivo se ve potenciado gracias a los juegos de reglas, interactivos y motores o de actividad física”, expone Álava, quién destaca que “además, el juego hace que desarrollen su creatividad y fantasía y les ayuda a comprender el mundo real”.

¿Qué juegos hacen más felices a los niños?

Otro de los principales objetivos de este estudio es conocer qué tipo de juegos hace más felices a los niños. Aunque 4 de cada 10 padres afirman que las pantallas son la principal fuente de disfrute de sus hijos, el 50 % de los encuestados declara que el ejercicio físico es el tipo de juego que más feliz hace a los niños.

“Uno de cada dos niños juega con pantallas a diario y el 31 % lo hace durante 2 horas o más. Son cifras que no nos sorprenden ya que vivimos en un mundo totalmente tecnológico”, manifiesta Filipe Salsinha, quien explica que “sin embargo, los padres tienen claro que sus hijos son más felices cuando practican actividad física o deporte”.

Como indica el “I Estudio sobre los beneficios del juego y la actividad física en niños”, la felicidad está más relacionada con saber disfrutar de cada momento y dotar de herramientas y recursos a nuestros hijos para que sean seguros y autónomos.

Por este motivo, “debemos fomentar que los niños jueguen al aire libre, a juegos que impliquen movimiento y que puedan practicar deporte, dado que está demostrado que estos tienen un efecto positivo en el aprendizaje y en el desarrollo cognitivo y emocional”, argumenta Silvia Álava.

Aunque las pantallas también tienen múltiples beneficios, no debemos permitir que ocupen todo el tiempo de ocio de nuestros menores, dado que los juegos tradicionales tienen unos efectos en el desarrollo cognitivo y socioemocional en los niños, que las pantallas no tienen.

De hecho, este estudio ha puesto de manifiesto que el 52 % de los padres consideran que estas herramientas tecnológicas podrían alterar y perjudicar la disposición al estudio.

FUENTE: EFESalud

6 cosas que hemos aprendido viajando al cerebro de nuestros hijos.

Entenderíamos mejor los comportamientos de los niños si supiéramos cómo funciona su cerebro.

Colaboración con Gestionando Hijos

«Es muy importante educar con el cerebro en mente» nos decía el neuropsicólogo Álvaro Bilbao. «Tener unas nociones básicas acerca de cómo funciona el cerebro del niño es una gran ventaja para aquellos padres que quieran aprovecharla. En el cerebro del niño están todas las claves para una p/maternidad satisfactoria».

Y es que entenderíamos mucho mejor algunos de los comportamientos de nuestros hijos si supiéramos cómo funciona su cerebro, aún en desarrollo. Por ejemplo, entenderíamos que, a causa de que su corteza prefrontal es aún muy inmadura, es lógico que con tres años tenga rabietas, puesto que, sin el correcto desarrollo de esta zona del cerebro, es difícil que pueda controlar sus emociones.

Pero hay más aprendizajes importantes. Hoy rescatamos seis:

1. Las emociones son protagonistas del cerebro de nuestros hijos (y del nuestro)

Álvaro Bilbao nos presenta la estructura del cerebro: «El cerebro racional se desarrolla sobre otros cerebros que son el cerebro primitivo (el que nos pide que comamos, que durmamos) y sobre el cerebro emocional (que busca afecto). Solo cuando ese cerebro emocional ha recibido el cariño que necesita, puede tener una capacidad intelectual plena». Pero Álvaro nos lanza una advertencia: «Es muy importante que no confundáis el afecto con la sobreprotección».

La pediatra Lucía Galán nos recuerda que el cerebro de un niño está dominado por la parte inferior, de las emociones, los impulsos y los instintos. «Los niños hacen cosas de niños, no necesitan la casa ordenada, no necesitan llegar a tiempo…». Sus necesidades y las nuestras difieren. Pero para conectar la parte del cerebro inferior (dominada por emociones e impulsos) y la superior (dominada por el razonamiento lógico), lo único que hace falta es un chispazo. Y el mejor, nos cuenta Lucía, es el contacto físico: «Cuando no sepáis qué hacer, antes de gritar, apostad por el contacto físico».

Las emociones son incluso protagonistas en la toma de decisiones, nos dice Álvaro Bilbao: «El cerebro escucha e integra todas las partes del cerebro (primitivo, emocional y racional) para tomar decisiones acertadas. Incluso en la decisiones más simples, también influye la emoción».

2. Nuestro cerebro quiere marcha

«El cerebro es un gran consumidor de oxígeno. Con tan solo un 2% del peso corporal consume el 33% del oxígeno que está en nuestros pulmones. Ese oxígeno llega al cerebro gracias a un corazón que debe estar bien entrenado. Y la mejor manera de conseguirlo es implantar el ejercicio físico desde que somos pequeños«, nos dice Álvaro Bilbao.

Heike Freire, experta en innovación educativa, nos recuerda que «a lo largo de la evolución de nuestra especie, el movimiento ha estado muy relacionado con el desarrollo del cerebro y todas sus capacidades».

Es por este motivo por el que es tan importante el porteo. Si, mientras nosotros hacemos cosas en casa, nuestro bebé, en lugar de estar tumbado en la cuna, se mueve con nosotros, estaremos ayudando a su cerebro a desarrollarse.

3. El cerebro necesita naturaleza y aire libre

Nos decía siempre la experta en talento y liderazgo Noelia López Cheda que «se nos ha olvidado que el contacto con la naturaleza es una de las mejores cosas para que los niños se calmen y aprecien las pequeñas cosas además de que se desarrolle su curiosidad de manera natural. Y para los tiempos que corren tan tecnológicos, es una medicina para el cerebro infantil».

4. Para el cerebro, es mejor educar sin etiquetas

Álvaro Bilbao nos dice que «hoy en día sabemos que si un niño escucha de sus padres que es un desobediente, su cerebro le dirá que desobedezca». Los mensajes que emitimos sobre nuestros hijos se quedan grabados a fuego en su cerebro, que se ve obligado a ‘obedecer’ a nuestros mensajes. Y no olvidemos que hasta los 6 años la autoestima no es auto, sino que depende de lo que piensen los demás de nosotros. Si continuamente le estamos diciendo a nuestro hijo que es desobediente, no le estamos ayudando a que construya una autoestima sana.

5. La sobreprotección y el darles todo hecho es un freno al buen desarrollo del cerebro

«Si queremos tener hijos felices en lugar de hacer que el viento siempre sople a su favor hay que enseñarles también a navegar en tempestades», nos dice Álvaro Bilbao. Álvaro subrayó que enseñarles autocontrol no significa encorsetar a nuestros hijos. Antes al contrario: «El lóbulo frontal es una zona realmente versátil y va a permitir a vuestros hijos tener la mejor respuesta en función de cada situación», autocontrolarse cuando sea necesario y divertirse o relajarse en otras ocasiones. Álvaro nos confesó que «me gusta mi labor de mal padre, en esos momentos en que les digo a mis hijos que eso no lo puede hacer, que tienen que esperar un poco, porque aunque sé que muchas veces mis hijos se enfadan, sé que es una labor tan amorosa como darles un beso de buenas noches. Cuando les digo que no o que tienen que esperar, estoy dándoles un regalo importantísimo para su cerebro».

6. Los primeros años de vida son fundamentales

La psicóloga Silvia Álava nos dice que «el cerebro del niño es muy plástico. Cuando nace el bebé el cerebro pesa ya 350 gr y en los dos primeros años de vida ha alcanzado el 75% del desarrollo que tendrá en la edad adulta y con 5 años de edad hasta el 90% del desarrollo cerebral. Los primeros años de vida son fundamentales y en ellos se van a anclar y sentar las bases del aprendizaje. Muchas veces pensamos «que el niño es muy pequeño», pero es fundamental lo que hacemos cuando son pequeños. Hay que estimularles correctamente (a nivel intelectual, a nivel cognitivo…) y es una edad fundamental para crear un buen vínculo emocional con los padres, un vínculo que les aporte seguridad, no dependencia».

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FUENTE: eldia.es

La importancia de las actividades deportivas en los niños. Diario As

La importancia de las actividades deportivas en los niños. Según una encuesta, el 50% de los padres afirman que los juegos que implican ejercicio físico son el tipo de juego con el que sus hijos son más felices.

Laura Martin Sanjuan @laura_publisher

Puede que este año las actividades deportivas extra escolares no sean las más idóneas, pese a las ganas de los niños, pero el beneficio para la salud mental y física de los niños es extraordinario. Y esta vuelta al cole, más que nunca. 

Según el “I Estudio sobre los beneficios del juego y la actividad física en niños” desarrollado por Príncipe junto a la psicóloga Silvia Álava y realizado con Ipsos, para 9 de cada 10 padres, tanto la actividad física como el deporte son claves para el desarrollo emocional y de las habilidades de percepción y compresión de sus hijos.

La importancia del juego para aprender

El juego y la actividad física son fundamentales para los niños, ya que no solo disfrutan realizando este tipo de actividades, si no que también favorecen su aprendizaje. En este sentido, tal y como señala la psicóloga Silvia Álava, “hay una gran cantidad de trabajos científicos que han demostrado que a través del juego se potencian las funciones ejecutivas, se ayuda a mejorar el rendimiento matemático, el desarrollo lingüístico, la inteligencia fluída, la memoria de trabajo y el procesamiento de los niños, entre otras materias”.

Y es que los niños necesitan jugar y hacer ejercicio para desarrollarse con plenitud. Además, el juego promueve las relaciones entre iguales, desarrollan lazos de amistad con otros niños, competencias emocionales, habilidades sociales…

Juegos de siempre, juegos para todos

En este caso, los padres encuestados (más de mil) consideran que los juegos tradicionales, los juegos que implican ejercicio físico y el deporte son las categorías que más contribuyen al desarrollo cognitivo de sus hijos, ayudándoles a tomar decisiones, a resolver problemas y a entender el mundo.

“Estos resultados están en consonancia con la evidencia científica existente, que ha demostrado que, en la infancia, el desarrollo cognitivo se ve potenciado gracias a los juegos de reglas, juegos interactivos y juegos motores o de actividad física”, ha señalado Álava, quién ha destacado que “además, el juego hace que desarrollen su creatividad y fantasía y les ayuda a comprender el mundo real”. 

Por otro lado, los resultados muestran que 9 de cada 10 padres creen que, para el desarrollo de las habilidades de percepción, comprensión y la regulación emocional, tanto el deporte como el ejercicio físico son claves, seguido de los juegos tradicionales. En el caso de los niños más pequeños (4 a 6 años), los progenitores creen que son los juegos tradicionales los que más ayudan al desarrollo emocional de sus hijos.

¿Qué juegos hacen más felices a los niños?

Aunque 4 de cada 10 padres afirman que las pantallas son la principal fuente de disfrute de sus hijosel 50% de los encuestados declara que el ejercicio físico es el tipo de juego que más feliz hace a los niños. “1 de cada 2 niños juega con pantallas a diario y el 31% lo hace durante 2 horas o más. Son cifras que no nos sorprenden ya que vivimos en un mundo totalmente tecnológico”, ha destacado Filipe Salsinha, quien ha explicado que “sin embargo, los padres tienen claro que sus hijos son más felices cuando practican actividad físicas o deportes”.

Como indica el estudio, la felicidad está más relacionada con saber disfrutar de cada momento y dotar de herramientas y recursos a nuestros hijos para que sean seguros y autónomos. Por este motivo, “debemos fomentar que los niños jueguen al aire libre, a juegos que impliquen movimiento y que puedan practicar deporte, dado que está demostrado que el deporte y los juegos al aire libre tienen un efecto positivo en el aprendizaje y en el desarrollo cognitivo y emocional de los más pequeños”, argumenta Álava.

FUENTE: Diario As

Nueve de cada diez padres consideran que el deporte y la actividad física son clave para el desarrollo emocional de los niños. Colaboración con Galletas Príncipe

Galletas Príncipe ha desarrollado un nuevo estudio sobre los beneficios del juego y la actividad física en el desarrollo socioemocional y cognitivo de los niños junto a la psicóloga Silvia Álava y a través de Ipsos

Aunque cuatro de cada diez padres consideran que las pantallas digitales son la principal fuente de disfrute de los niños, el 50% de los padres afirman que los juegos que implican ejercicio físico son el tipo de juego con el que sus hijos son más felices

Príncipe ha puesto en marcha este estudio para seguir construyendo en su compromiso con la infancia y ayudar en una de las áreas que contribuyen a que los niños vivan su infancia al máximo

La relación existente entre el juego y la felicidad está ampliamente demostrada. Sin embargo, ¿qué tipo de juego es el mejor para el desarrollo de los más pequeños de la casa? Para nueve de cada diez padres, tanto la actividad física como el deporte son claves para el desarrollo emocional y de las habilidades de percepción y compresión de sus hijos, según el “I Estudio sobre los beneficios del juego y la actividad física en niños” desarrollado por Príncipe junto a la psicóloga Silvia Álava y realizado con Ipsos. Este estudio ha contado con la participación de más de 1.000 padres con hijos con edades comprendidas entre 4 a 12 años de todo el país.

El juego y la actividad física son fundamentales para los niños, ya que no solo disfrutan realizando este tipo de actividades, si no que también favorecen su aprendizaje. En este sentido, tal y como señala la psicóloga Silvia Álava, “hay una gran cantidad de trabajos científicos que han demostrado que a través del juego se potencian las funciones ejecutivas, se ayuda a mejorar el rendimiento matemático, el desarrollo lingüístico, la inteligencia fluída, la memoria de trabajo y el procesamiento de los niños, entre otras materias”.

Y es que los niños necesitan jugar y hacer ejercicio para desarrollarse con plenitud. Además, el juego promueve las relaciones entre iguales, desarrollan lazos de amistad con otros niños, competencias emocionales, habilidades sociales… “Los padres son conscientes de esta realidad y vía el estudio tenemos datos cuantitativos y cualitativos.; de hecho, este estudio ha puesto de manifiesto que el 99,5% de los padres considera que el juego es fundamental para el desarrollo de sus hijos”, tal y como ha destacado Filipe Salsinha, director de la categoría de galletas en Mondelēz International en España, director de la categoría de galletas en Mondelēz International en España.

Posibilitar que los niños vivan su infancia al máximo

FUENTE: Diario La Comarca

«Hijo, este verano no nos vamos de vacaciones». Claves para afrontarlo de forma positiva. Colaboración con el diario ABC

Por motivos económicos, por miedo al contagio, por tener familiares en el hospital… Los expertos explican cómo lograr que no sean unos días «perdidos»

Por Laura Peraita

Este año, las vacaciones van a estar de una u otra forma marcadas por los efectos del Covid-19. Muchas familias se van a enfrentar a la difícil decisión de comunicar a sus hijos que «este verano no nos vamos de vacaciones». Son muchas las razones. En algunos casos, el bolsillo se ha visto gravemente dañado debido a que los padres están en paro o afectados por un Erte, lo que obliga a recortar gastos. En otras ocasiones es el miedo el que invita a quedarse en casa por temor a un posible contagio. Tampoco hay que olvidar a las familias que no tienen ánimo de ir a ninguna parte porque han perdido a un ser querido en duras circunstancias por el coronavirus o por estar pendientes de los que aun están hospitalizados por esta causa.

Sea por el motivo que sea, lo cierto es que Silvia Álava Sordo, doctora en Psicología y autora de «Queremos Hijos Felices. Lo que nunca nos enseñaron», recomienda a los padres no tener miedo a comunicar en casa que este verano no salen fuera. «El problema es que tenemos asumido que estar de vacaciones es igual a viajar. Y si lo pensamos bien, no es así. Es solo una decisión opcional. Es una idea que hay que trabajar con los niños desde pequeños porque las vacaciones suponen mucho más que hacer las maletas».

Romper rutinas

No tener que trabajar o no ir a clase por unas semanas implica tiempo de descanso, de romper con la rutina, con los horarios, poder hacer actividades que normalmente no se pueden realizar debido al estrés diario e, incluso, tener momentos para perder el tiempo y aburrirse. «Lo importante –añade– es hacer cosas fuera de la rutina del resto del año: un picnic en un parque o en el campo, un paseo en bici todos juntos, visitar la propia ciudad en la que se reside con ojos de turista, descubrir un museo… Son muchas las alternativas a un viaje y que permiten disfrutar igualmente de las vacaciones. Lo ideal es ofrecer a los hijos que aporten ideas de lo que les gustaría hacer y negociar actividades. Hay miles de planes por hacer».

Los padres deben explicar a los hijos que no irán a la playa o montaña este verano de manera «serena, sin transmitir ansiedad, preocupación o tristeza», matiza Alicia López de Fez, directora del Centro de Psicología López de Fez. Mi recomendación es hacer una lectura positiva de la situación». De lo contrario, si los progenitores se lo dicen con mal tono, como si fuera un castigo o dando por hecho que es un auténtico fastidio, los niños también lo asumirán así, pero si se les transmite lo cómodos que estarán en casa y se les plantea un amplio abanico de posibilidades por hacer, el panorama será muy diferente.

Nano López, coach experto en adolescentes, asegura que, atendiendo a la edad de los hijos, hay que exponerles la situación con realismo y normalidad. «Necesitan saber el motivo del cambio de destino estas vacaciones porque ellos ven y escuchan muchas noticias, comentarios de personas… y los padres son los que deben exponerles la situación exacta para que no tengan dudas e incertidumbre y conozcan de paso las normas que deben seguir para evitar contagios».

Olvidar ideas limitantes

Asegura este coach que los niños suelen adaptarse mejor que los adultos a las nuevas situaciones. Son más flexibles. «No sufren tanto esa sensación de pérdida de un viaje de veraneo. Suelen ser precisamente los padres los que toleran menos no ver cumplido su deseo por sentir que las alternativas que se plantean no están a la altura de las expectativas. Sienten culpa y remordimiento. Mientras un padre lucha por resignarse a no ir a EuroDisney, un hijo puede estar tan feliz porque se le ofrece la sencilla alternativa de comprar una piscina hinchable para bañarse hasta las rodillas en la terraza de casa. Le parece un planazo y se lo pasará pipa. La clave, por tanto, está en ofrecer a los hijos diversión. Da igual en el lugar que sea –puntualiza–. Hay que ser más abiertos y olvidarse de ideas limitantes como que solo me lo puedo pasar bien en verano si estoy en la playa. Hay que ser más flexibles, lo que es muy útil para cualquier ámbito de la vida».

Adolescentes

Cuando se trata de hijos adolescentes hay que tener en cuenta que prefieren antes su entorno social que el familiar. «Este año –añade Silvia Álava– se dará la circunstancia de que muchos amigos tampoco saldrán de su ciudad, por lo que podrán quedar más a menudo, algo muy motivador cuando a estas edades es habitual que piensen que viajar con los padres es un auténtico rollo. Hay que dejarles su propio espacio. Intentar hacer todos los planes juntos no es una buena opción. Aquí también hay que ser flexibles».

También explica esta doctora en Psicología que es importante escuchar a los hijos y conocer sus sentimientos, cómo se sienten. «Ver truncados sus planes de veraneo es un interesantísimo entrenamiento para la tolerancia a la frustración y para saber valorar lo que tiene cada uno. Hay que ser empáticos y decirles que los adultos también sentimos rabia o tristeza para que vean que es una emoción común y, por eso, juntos podrán hacer lo posible para mejorar la situación con planes divertidos».

Quedarse en casa «es también una oportunidad para todos de aprender el valor de las cosas que habitualmente se tenían y que este año no estarán –concluye López de Fed–. Es una estupenda ocasión para desarrollar aficiones dentro de casa o en el sitio en que esté cada familia. La próxima vez, seguro que las vacaciones se saborearán el doble».

FUENTE: Diario ABC

Este verano, asegúrate de que tus hijos se aburran. Colaboración con El Diario de Córdoba

En los meses de verano, sin extraescolares ni colegio, aumentan las posibilidades de aburrimiento

MARÍA DOTOR
29/06/2020

«Mamá, papá, me aburro». Esta es quizá una de las frases que más miedo nos da escuchar de la boca de nuestros hijos. Y ahora que vienen tres meses de verano, sabemos que la van a pronunciar muchas veces. No tienen colegio, ni extraescolares… Las horas libres abundan y las posibilidades de aburrimiento se multiplican.

Como dice Kim John Payne, de Simplicity Parenting, vivimos que nuestros hijos se aburran como «un fracaso personal», tal vez porque nos encontramos en una sociedad obsesionada por hacer y no parar.

¿Cómo? ¿Qué ya tienes una lista hecha de actividades para anticiparte a este problema? Ni hablar, olvídate de convertirte este verano en animadora sociocultural de tus hijos, porque el aburrimiento, como nos dice Álvaro Bilbao, es «la madre de la creatividad. Hace que el niño se fije, observe… En definitiva, que mate ese aburrimiento tirando de imaginación».

Pero no solo él le otorga cualidades positivas al aburrimiento, muchos otros expertos destacan lo maravilloso que es que nuestros hijos se aburran.

Silvia Álava: «Los niños tienen que tener tiempo para aburrirse»

La psicóloga infantil Silvia Álava lamenta que «en ocasiones carguemos a los niños con tal cantidad de actividades que luego no tienen tiempo libre para disfrutar». Por eso, nos recuerda que «los niños tienen que tener tiempo para estar ellos solos, para aburrirse, para fomentar su creatividad, tiempo sin estar constantemente con un adulto que le esté dirigiendo».

Heike Freire: «El aburrimiento es un momento de creatividad»

La experta en innovación educativa nos propone educar en verde, es decir, en contacto con la naturaleza. Pero es consciente de que en el campo «nuestros hijos se quejan más que nunca de que están aburridos». ¿Nos hemos planteado por qué? Quizá, en el día a día les ofrecemos tantos dispositivos externos para entretenerse que hemos atrofiado su capacidad de inventiva.

Eva Millet: «En esta carrera por lograr el súper-hijo nos cargamos la infancia y el tiempo para aburrrirse»

Nuestro miedo al aburrimiento de nuestros hijos tiene mucho de sobreprotección y de persecución de un ideal de perfección en la educación de nuestros hijos, tal como lo ve la periodista y autora de Hiperpaternidad: «En esta carrera por lograr el súper-hijo nos cargamos la infancia: el tiempo para jugar y para aburrirse y la adquisición de otras habilidades que también son básicas en la vida». Y es que, nos decía Eva, «la educación no solo es la adquisición de conocimientos puros y duros, también es la formación de un carácter para implementarlos (que incluye aprender a tener paciencia, capacidad de esfuerzo, empatía, curiosidad, tolerancia a la frustración…)», y, claro, también aprender a aburrirse.

Bei Muñoz, de Tigriteando: «Nuestros hijos no tienen tiempo de aburrirse y organizar su tiempo»

Cuando le preguntamos a Bei Muñoz cuál podría ser el reto educativo principal de las familias hoy en día, la autora de Tigriteando lo tuvo claro: la falta de tiempo. «No tenemos tiempo, es un ritmo de vida frenético el que llevamos, es prácticamente imposible dedicarnos a observar, simplemente observar, lo que hacen nuestros hijos, muchas veces no tienen si quiera tiempo de aburrirse y organizar su tiempo». Y es que nuestras prisas y «los horarios rígidos chocan con las necesidades de los niños, que realmente son bastante parecidos al primer Homo Sapiens que pisó la Tierra», es decir, que las prisas y el estrés «van en contra de la naturaleza, y cuando luchas contra ella siempre tienes las de perder».

Kim John Payne: «El aburrimiento es un regalo»

Payne es el creador de Simplicity Parenting (Parentalidad Sencilla), un movimiento que aboga por volver a los básicos al educar y evitar la sobreestimulación, la sobreprotección y el exceso de actividades dirigidas. Con la idea de que «menos es más», Payne no duda en afirmar que «el aburrimiento es un regalo, el puente entre no hacer nada y el juego profundamente creativo». Para Payne, los padres deberíamos desear que «nuestros hijos se aburran y así tengan que pensar qué hacer con ese aburrimiento, sin pantallas y sin nuestra ayuda».

Muchos expertos insisten en esta misma idea de Payne: «El precursor de la creatividad es el aburrimiento. Cuando los niños se aburran, hay que evitar las pantallas, en donde ven la creatividad de otras personas». Sin embargo, en una cultura en la que se ensalza el estar continuamente ocupado como un valor, «nos hemos acostumbrado a ver el aburrimiento de nuestros hijos como un fracaso personal».

Alberto Soler: «A veces proyectamos en los niños nuestra intolerancia al aburrimiento»

El conocido psicólogo afirma en una de sus Píldoras de Psicología que «a menudo los padres tenemos miedo al aburrimiento de los niños. Pensamos que si no les damos algo que hacer y les tenemos entretenidos nos la van a liar… ¡y puede que sea verdad! Pero… ¿es bueno evitarles siempre el aburrimiento a los niños?», se pregunta. Y es que «a algunos padres les agobia tanto el aburrimiento de sus hijos que se acaba convirtiendo en un parque de atracciones ambulante: les organizan juegos en el parque, contratan animadores en el cumple…».

Rescatar a nuestros hijos del aburrimiento no es bueno, porque «no les estamos dando la oportunidad de pensar ellos solitos cómo llenar ese vacío. Si nunca pueden decidir qué hacer con su tiempo libre, ¿cómo van a aprender a gestionarlo?». Alberto considera que somos los adultos «los que proyectamos en ellos nuestra intolerancia al aburrimiento. Esa intolerancia se ha agudizado desde que tenemos el telefonito inteligente. Nos ha invadido un horror al vacío en el que no podemos estar más de medio minuto sin estar ocupados en algo», como cuando sacamos el móvil mientras esperamos el autobús, por ejemplo.

Javier Urra: «Nuestros hijos tienen que aprender a aburrirse»

El primer Defensor del Menor advierte de la tendencia de los padres y madres a buscar la felicidad y la alegría de los hijos por encima de todo: «Educar para que mañana los niños sean felices no es real, no es verdad. Las pérdidas y las incomprensiones son parte de la existencia. Nuestros niños tienen que aprender a aburrirse, a manejarse en la soledad. Creo que esta sociedad exige a la vida mucho más de lo que la vida le puede dar».

Claves para gestionar el aburrimiento de nuestros hijos

1. No sacar el salvavidas: nadie muere de aburrimiento y no es muy positivo que les rescates de esa sensación. Y por salvavidas nos referimos a tus dotes de animador sociocultural, tu catálogo de soluciones o incluso las pantallas.

2. Ver el lado positivo del aburrimiento. Si vivimos el aburrimiento como un problema o como una pesadez o tenemos miedo, como dice Alberto, de que nos la líen, tal vez nuestros hijos verán el aburrimiento como un problema difícil de solucionar. Sin embargo, si les transmitimos que el aburrimiento es una oportunidad para pararse y pensar qué quiero y puedo hacer con mi tiempo, seguramente lo verán de otro modo.

3. Transmitir confianza en que podrán encontrar algo interesante que hacer. Muchas veces vivimos el aburrimiento de nuestros hijos como la obligación de sacarlos de ahí y, por lo tanto, los sobreprotegemos. Pero si pensamos que son ellos los que saben, mejor que nadie, qué hacer con ese tiempo y cómo divertirse, si les transmitimos el mensaje de que ellos pueden gestionar su tiempo, seguro que sentiremos menos presión y haremos a nuestros hijos más autónomos.

4. Vivirlo como una oportunidad para conectar y ser creativos. La unión hace la fuerza, y también contra el aburrimiento. Seguro que juntos se os ocurren muchos juegos, muchas actividades que realizar juntos o mucho por inventar.

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FUENTE: diariodecordoba.com

#Vídeo ¿Cómo estás? – ¿Cómo actuar cuando nuestros hijos tienen ansiedad?

Durante estos meses de confinamiento, muchos niños y niñas están mas irritables, irascibles y con estrés. ¿Qué podemos hacer para que nuestros hijos e hijas estén lo mejor posible?

En este vídeo os damos algunas claves, recomendaciones y estrategias para ayudar a calmar esa ansiedad.

¿Vuelve a hacerse pipí? ¿No come solo? ¿Habla como un bebé? Cómo actuar ante una regresión infantil. Colaboración con La Vanguardia

El retroceso en los comportamientos es una forma de somatizar el estrés, indica que sucede algo que el niño no sabe gestionar.

Por ROCÍO NAVARRO MACÍAS 

Durante el confinamiento, algunos padres son testigos de cómo sus hijos retoman rabietas que ya estaban superadas. Otros observan cómo sus pequeños pierden ciertos niveles de autonomía o incluso vuelven a mojar la cama. Todos estos síntomas responden a una regresión infantil, un retroceso en los comportamientos ya adquiridos que está provocado, entre otros factores, por el estrés. El confinamiento está afectando a la salud mental de los niños.

“Se desprenden de algo que ellos ya tenían automatizado. Es una forma de somatizar la ansiedad que les está causando la situación, dan un paso hacia atrás”, explica la especialista en psicología educativa Silvia Álava. Aunque no podemos hablar de una relación causa-efecto entre el confinamiento y las regresiones, sí que es una manifestación de que sucede algo que el niño no sabe gestionar. Por ejemplo, vivir casi dos meses entre cuatro paredes, estar privado del contacto con sus amigos o con sus abuelos, haber experimentado una absoluta transformación en sus rutinas.

“Evidentemente esta situación excepcional puede provocar que conductas que creíamos desaparecidas vuelvan a manifestarse. Unas de ellas son las regresivas, que corresponden a una etapa madurativa inferior a su edad cronológica. La regresión es un mecanismo de defensa ante la ansiedad, el miedo, …”, confirma el psicólogo educativo Antonio Labanda Díaz.

¿Qué provoca la regresión?

Los niños son grandes observadores y captan mensajes que a los adultos les pueden pasar desapercibidos. Algo que escuchan en las noticias, la propia ansiedad de los progenitores a través de sus gestos o emociones, la rabia contenida por ver limitadas sus actividades… “Son situaciones que emocionalmente no saben cómo integrar, y el confinamiento es una de ellas”, sugiere la psicóloga. Todo ello desencadena un cuadro emocional que los menores todavía no manejan.

“Unos padres con un nivel de ansiedad alto, relacionado por un problema exógeno como la pérdida del empleo, el fallecimiento de un familiar, etcétera, pueden provocar unos niveles altos de ansiedad, inseguridad y miedo en los niños. Ante esa circunstancia puede aparecer una conducta regresiva que los sitúe en momentos evolutivos más seguros y tranquilos”, explica Labanda.

“Ante algo que les crea miedo puede aparecer una conducta que los sitúe en momentos evolutivos más seguros y tranquilos”

ANTONIO LABANDA Psicólogo educativo

La incapacidad para pedir ayuda ante situaciones dominadas por la rabia o la frustración o el miedo también contribuye a la aparición de estas conductas. “Es un síntoma de que algo no va bien. Porque los niños no tienen la suficiente madurez, ni el desarrollo evolutivo y emocional para plantear lo que está ocurriendo. Es algo que ocurre en determinadas áreas o aspectos, no algo que suceda de forma general”, comparte Álava.

¿Cómo se manifiesta?

Sigmund Freud acuñó este término para definir los mecanismos de defensa ante situaciones que se nos escapan. Básicamente puede manifestarse a través de cualquier estadio de comportamiento previo al actual, algo que sucede, sobre todo, en menores de seis años. “Lógicamente depende de cada niño, de su edad y del contexto en el que vive. Podría aparecer enuresis –es decir, hacerse pis por la noche–, lenguaje infantil, querer dormir en la cama de los padres, miedos o terrores nocturnos, querer alimentarse con papillas, biberones, no querer vestirse solo, reducir su nivel de autonomía, …”, expone Labanda.

La buena noticia es que cuando se resuelve el problema o aprenden a gestionar sus sentimientos, retoman su comportamiento habitual. “No es una vuelta atrás, sino que cuando la situación se calma, se interviene, o el niño aprende ciertas habilidades, lo recuperan”, tranquiliza la experta.

¿Cómo solucionar el problema?

Ante estas llamadas de atención es esencial mejorar la observación del pequeño. “Muchas veces nos quedamos en que quiere atención. Pero ¡cuidado! ¿Cuál es el motivo de que la solicite? Es algo que hay que valorar, porque puede que la situación se le quede grande, que no la lleve bien o no sepa cómo digerirla”, comenta Álava.

La psicóloga recomienda encontrar momentos en los que los niños puedan manifestar lo que les ocurre, siempre dentro de un clima de confianza. “A través del dibujo pueden expresar episodios que les cuesta manifestar con palabras. Igual ocurre con el juego simbólico. Hay que observar las cosas que verbalizan a través del mismo”, añade. Proyectar la tristeza en sus muñecos o roles, o incluso hablar de la enfermedad y el virus son señales unívocas de lo que les preocupa.

“Muchas veces nos quedaos en que quiere atención; pero ¿cuál es el motivo? Eso es lo que debemos valorar”

SILVIA ÁLAVA Psicóloga

Los especialistas aseguran que poniendo en práctica algunas recomendaciones se puede contribuir a que los menores tengan herramientas para analizar y superar la situación.

1. Reconocer las emociones

Estos episodios son una oportunidad para que los niños descubran que existe un amplio abanico de emociones y aprendan a reconocerlas. Es el primer paso para conseguir gestionarlas. Para ello hay que mostrar una actitud empática.

“Debemos abordar la emoción que experimenta. Por ejemplo, si empieza a utilizar un lenguaje de enfado infantil, podemos decirle: Veo que estás muy enfadado. A continuación, no prestarle atención, y luego hablar con él o con ella sobre ese momento”, indica Labanda.

Después, es recomendable reforzar el clima de confianza con palabras de cariño y preguntar directamente qué es lo que le enfadaba. Para que entiendan mejor la situación, se aconseja buscar ejemplos o contar cuentos relacionados con esa experiencia. Asimismo, el especialista anima a trabajar las emociones desde la curiosidad, incentivando a los pequeños a investigar, preguntar y participar en actividades relacionadas con ellas.

2. Usar un lenguaje correcto

Que el niño muestre una regresión no significa que haya quedado anclado en una etapa anterior de desarrollo. Por ello, es importante no reforzarla. “Hay que utilizar un lenguaje correcto y adecuado a su edad cronológica. No utilizar palabras más infantiles”, recomienda el psicólogo.

3. Ser empático

Los padres deben comprender el hecho que lleva a los niños a actuar de esta manera: Su inmadurez para procesar ciertas circunstancias. A ello favorece el apego seguro, que vea a sus progenitores como personas sensibles y atentos a sus necesidades, ya que favorecerá que el menor exprese sus emociones y mejorará el clima de confianza.

En ningún momento hay que regañarle por estos comportamientos, reírse o decirle que parece un bebé”, comenta Labanda, que recomienda dedicar más tiempo a los hijos, para que los sientan cerca.

4. Controlar la ansiedad parental

La situación que estamos viviendo eleva los niveles de estrés de toda la familia, pero los padres deben mantener la situación bajo control. “Tenemos que analizar también nuestras emociones y fomentar las que sean agradables. Lógicamente las desagradables van a aparecer y tienen que hacerlo, pero no podemos anclarnos en ellas, ya que desde ahí no es posible disminuir el nivel de ansiedad de nuestro hijo o hija”, concluye el psicólogo.

FUENTE: La Vanguardia

#Vídeos ¿Por qué hay niños que ahora tienen más miedo?

Hay algunos que quieren salir a la calle, pero otros sin embargo, puede que no quieran hacerlo, dado que hemos insistido mucho en que tengan cuidado para no contagiarse.

Debemos mantener el equilibrio entre informarles y que tengan miedo a salir.