Si discutes con tu pareja, hazlo antes de que tu hijo cumpla 4. Colaboración con BuenaVida del diario AS

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La lista de consecuencias que las broncas maritales pueden provocar en los hijos asusta. Aunque no lo expresen, los pequeños se enteran. Y lo pasan mal.

Discutir delante de los hijos

En toda relación de pareja es frecuente que surjan discrepancias por temas domésticos, personales o económicos que no siempre se solventan con un diálogo inteligente y civilizado. A veces se eleva el tono. Lo cual está muy mal, pero está aún peor si la discusión tiene lugar en presencia de los hijos. Un conflicto durante la cena o en el coche los convierte en testigos involuntarios. ¿Se percatan, sobre todo cuando son pequeños? ¿Qué sienten cuando ven a sus dos héroes enfrentados? ¿Puede afectar su desarrollo?

Se enteran (y muy bien)

Aunque los especialistas coinciden en que la comprensión de los enfados se va desarrollando con la edad, el psicólogo de Idealoga (Madrid) Eduardo Villalobos advierte que “la captación de estados emocionales negativos se produce desde el momento del nacimiento”. La psicóloga infantil Silvia Álava añade: “Los niños tienen una gran capacidad de observación” y, por lo tanto, son completamente “conscientes de las discusiones entre los padres”. El psicólogo Alberto Fraile, delInstituto de Investigación Psicológica (IIP), en Madrid, añade que “son perceptivos al lenguaje no verbal que presencian: gestos, tono del habla, etc.”. En caso de que su hijo no se inmute, ponga atención: podría tratarse, según Fraile, “de un signo de mal pronóstico, sea por habituación a los conflictos o por el bloqueo de las emociones”. Si se tratase de esto último, “puede generar alteraciones futuras cuyo origen se encuentre enmascarado temporalmente”, añade.

El cambio fundamental, dice Silvia Álava, se produce a partir de los cuatro años. “A esa edad ya pueden desarrollar la empatía y empezarían a comprender cómo pueden sentirse sus padres”. Según van creciendo, especifica la psicóloga, “llegan incluso a verbalizar que no les gustan las discusiones y a pedir a los padres que dejen de discutir o pelearse”. En este sentido, y cuando son más creciditos, agrega la psicóloga Isabel Álvarez, “pueden protestar por tener que acudir a la guardería o al colegio. Piensan: ¿qué pasará si no estoy? Se erigen como guardián de la estabilidad de su casa”.

Las secuelas

“La vivencia repetida de discusiones produce alteraciones a nivel emocional relacionadas con la ansiedad y la depresión”, asegura Alberto Fraile, del IIP. “En un primer instante, no será difícil observar signos como rabietas frecuentes, irritabilidad y llanto; posteriormente, serán apreciables alteraciones del hambre y del sueño (pesadillas)”. Isabel Álvarez señala que a partir de los 18 meses es usual que se pongan a llorar o a gritar durante la discusión. “Lo hacen para acaparar la atención de sus padres e intentar que dejen de reñir”, dice. “Y hacia los tres años, es habitual que adopten comportamientos que ya tenía superados como hacerse pis en la cama o chuparse el dedo”.

Aunque los mismos científicos admiten que hacen faltan estudios más amplios, una reciente investigación de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) descubrió la relación entre la exposición a las discusiones de los padres y un menor volumen de materia gris en el cerebro de los niños. Según los autores del estudio, “el cerebro del niño en desarrollo puede ser sensible a las formas más comunes de problemas familiares”. Aclaran, además, que las secuelas se generan “aunque sean peleas moderadas”. La psicóloga Silvia Álava advierte que la exposición de los hijos a discusiones frecuentes puede derivar en problemas durante la adolescencia, “al extrapolar el comportamiento de sus padres como ‘lo normal’, y lo reproduzcan en su relación de pareja”.

La reconciliación, también ante ellos

Algunos expertos, sin embargo, han sido capaces de ver el lado positivo del asunto. Un estudio realizado por las universidades de Notre Dame y Rochester (EEUU) señala que los niños se benefician al ver a sus padres en desacuerdo e incluso ligeramente enfadados, siempre y cuando se trate de una discusión moderada y constructiva. Si eres incapaz de evitar escenitas delante de tu hijo, procura al menos que ellos estén también presentes durante la dulce reconciliación. “Le ayudará a sentirse seguro y aprenderá que tras el conflicto debemos buscar la calma, puntos de encuentro y reconexión”, dice Fraile.

 

FUENTE: as.com/buenavida

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Me llamo Silvia Álava, nací en Valladolid, aunque hace más de veinte años que vivo en Madrid. Soy Doctora y licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma en Madrid.

Especialista en Psicología General Sanitaria y en Psicología Educativa estoy acreditada por el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid como Psicóloga Educativa, y soy Psicólogo acreditado para el ejercicio de actividades sanitarias en el Registro de Centros Sanitarios de la Comunidad de Madrid.