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Agotamiento emocional en la crianza: ¿Qué es el ‘burnout’ parental?

Siete de cada 10 progenitores españoles admiten sentirse muy cansados por el esfuerzo diario de ser unos padres perfectos, según una encuesta de Lingokids.

Por NACHO MENESES Madrid – 19 NOV 2021 – 05:38 CET

Conciliación familiar

Decir que la crianza es un proceso agotador requiere de una reflexión más profunda. Porque, por mucho que se haya avanzado, sigue sin ser un esfuerzo equilibrado entre uno y otro género; porque la sociedad no termina de facilitar la conciliación familiar y porque los ideales que se reflejan en la televisión y en las redes sociales en poco o nada se parecen a la realidad. Según una encuesta elaborada por Lingokids a 600 familias españolas con hijos de dos a ocho años, un 67 % de los consultados admite “que la importancia que conceden a ser un buen padre o madre y el esfuerzo que destinan a ese fin llega a ser agotador”. Siete de cada 10 progenitores admiten también sufrir estrés laboral (23 % en un grado muy elevado y el 49 % por temporadas), y casi la mitad de ellos (un 46 %) considera que ese sentimiento afecta negativamente a su vida familiar y a su relación con sus hijos.

Burnout o agotamiento parental

Combinar el cuidado de los hijos con un amplio abanico de responsabilidades y circunstancias laborales y familiares puede llevar al conocido como burnout o agotamiento parental, un síndrome en el que el distanciamiento emocional con respecto a los hijos y los sentimientos de estrés, culpa y frustración por no ser capaces de darles todo el cuidado y la atención que les gustaría, se unen a otros síntomas como la tristeza, la irritabilidad, los conflictos con la pareja o los trastornos del sueño. De acuerdo con la misma encuesta, ocho de cada 10 padres se sienten culpables, en mayor o menor medida, por no tener tiempo suficiente para sus hijos (de manera constante para el 18 % de ellos y frecuente para el 27 %) ni para ellos mismos.

Las presiones que rodean a la crianza

Las presiones que rodean a la crianza son muchas, y se perciben desde múltiples ámbitos: “La sociedad actual impone a los padres un grado de perfección marcado por las imágenes idílicas que vemos en la televisión y en las redes sociales, que no es fácil de conseguir. Empeñarse en ser padres perfectos termina debilitando nuestra resistencia, provocando cuadros de estrés, cansancio físico y mental que, agravados por un exceso de intensidad laboral, pueden convertirse en un problema que llegue a afectar a la relación con nuestros hijos”, sostiene Rhona Anne Dick, educadora y directora de Experiencia de Aprendizaje de Lingokids, app que ofrece contenidos en inglés para edades tempranas.

Las mujeres tienen el doble de probabilidades de sufrirlo que los hombres

Estudios previos sobre el agotamiento parental han concluido que las mujeres tienen el doble de probabilidades de sufrirlo que los hombres, consecuencia del rol que las mujeres han asumido tradicionalmente como cuidadoras de los hijos en la familia, y que la pandemia no ha hecho sino empeorar: “Creo que está cambiando, pero en muchos hogares las mujeres siguen ocupándose de la mayoría del trabajo relacionado con la cocina, la limpieza, llevar a los niños al cole… incluso si la pareja se ofrece para ayudar”, afirma Dick. Una idea que también hace suya Laura Baena, fundadora del Club de Malasmadres: “Siete de cada 10 mujeres madres se sienten solas en la crianza, y eso lleva a la incomprensión y al agotamiento extremo. Porque, además, criar en una sociedad que no prioriza la familia y que no valora la maternidad se hace aún más duro”.

Permisos de maternidad más largos

El peso de la crianza, cuenta Baena, no está repartido de manera equitativa, y los distintos agentes sociales todavía tienen mucho que hacer para que esto mejore: “Si no contamos con permisos de maternidad más largos; si no tenemos flexibilidad horaria; si no trabajamos por objetivos o tenemos mecanismos formales que apoyen la crianza en los primeros años; si las empresas no se corresponsabilizan y se dan cuenta de que ellas también tienen mucho que hacer y decir en este tema; y si las instituciones no dan un paso adelante, se hace muy complicado ser madre o padre en España”. Como también es clave, añade, hacer equipo con la pareja, si se tiene; y practicar el autocuidado, “aunque nos cueste y lo hagamos con culpa. Porque sin esos momentos de respirar, de recargar pilas, muy difícilmente llegamos al fin de semana sin sentirnos superadas y superados”. El apoyo mutuo es por eso fundamental, para que ambas partes puedan disfrutar de momentos de desconexión individual.

El impacto de las redes sociales

Las fuentes consultadas para este reportaje coinciden en señalar el impacto negativo que las redes sociales pueden ejercer sobre la maternidad. “Piensa, por ejemplo, que en la época de nuestros abuelos las únicas con quienes podían compararse eran otras personas del barrio, o sus propios padres. Ahora nos comparamos con toda una red global de familias, amigos, gente que ni siquiera conocemos, influencers, expertos… Llegar a sentir que estás haciendo un buen trabajo es todo un desafío”, esgrime Dick. La solución, apunta Baena, pasa por conectar con lo que realmente queremos y no tanto con lo que se espera: “Tenemos que ser fuertes y vivir un poco al margen. Olvidarnos de la presión social de llegar a todo y llegar bien, priorizar lo realmente importante para cada familia y entender que es mucho más importante educar en valores que llenar la agenda de actividades deportivas, de eventos sociales y de visitas culturales. Hay que despertar el espíritu crítico, intentar vivir en pequeño, sin que nos arrastre lo que nos imponen desde fuera”.

Cómo prevenir el ‘burnout’ parental

Lo primero, y aunque parezca una obviedad, es tratar de que ese agotamiento parental no llegue nunca a producirse: “No quieres llegar a ese punto en el que sientes que te derrumbas, porque muchos de los síntomas acaban relacionados con la distancia emocional con tu hijo, y el sentirse culpable por ello”, recuerda Dick. Es necesario recordar que el agotamiento parental no solo sucede por falta de tiempo; sino también por no tener los conocimientos, las estrategias o los recursos suficientes, “no solo sobre cómo educar, sino educar en positivo; sobre cómo establecer límites desde el sentido común (pocos, ajustados a la edad y con consecuencias lógicas y coherentes)”, afirma la psicóloga Silvia Álava. Por eso, apoyarse en las experiencias previas de otros padres y madres siempre puede ser útil.

Educación emocional

“La mejor forma de prevenirlo es con educación emocional, empezando por nosotros mismos. Vamos a pararnos y observar lo que está ocurriendo, no solo a mi hijo o hija, sino a mí. Porque lo que estamos viendo ahora es que prácticamente todos estamos bastante fuera de lo que es nuestra ventana de tolerancia, ese margen donde nos sentimos en control de las cosas”, argumenta Álava. “Con todo lo que hemos vivido en pandemia, en el confinamiento y las restricciones, la incertidumbre de no saber lo que va a pasar… Todo eso hace que nos cueste mucho regular nuestras emociones y, por tanto, las de nuestros hijos”. Se trata, añade, de ver si estamos en condiciones de educar, o si estamos tan desregulados que lo primero que hay que hacer es parar y regularse para, desde ahí, educar de forma diferente, desde la calma y la serenidad, explicándole a mi hija lo que ocurre y sin recurrir al grito, que nos termina por agotar.

Actividades extraescolares

Entre las estrategias más prácticas, Dick recomienda la posibilidad de organizar citas de juegos con las familias de los amigos del colegio, “de manera que puedas llevarle a la casa de su amigo o amiga y que su padre o madre les cuide por dos o tres horas, y te vas turnando con dos o tres familias haciendo eso mismo, y no te cuesta nada”. Las actividades extraescolares son otra de las herramientas disponibles, si el presupuesto familiar lo permite, “aunque también es necesario tener en cuenta que tampoco quieres que el niño se queme, si además de la escuela cada día tiene una actividad diferente: eso hará que estén agotados y se porten mal, lo que te complicará la vida”.

Las pantallas

Las pantallas, por supuesto, son recursos que también están disponibles, siempre que se haga con mesura. Un 30 % de los padres que respondieron a la encuesta de Lingokids afirmaron querer disponer de una fuente de entretenimiento autónomo para sus hijos, mientras ellos se ocupaban de otras tareas: “A la hora de enlazarlo con nuestra app, trabajamos duro para conseguir que los niños no sean zombis enfrente de la pantalla, sino que interactúen con contenidos educativos”, señala Dick. Otros factores reductores del estrés citados por los progenitores fueron buscar más actividades que realizar fuera de casa los fines de semana y contar con ayuda externa para las tareas del hogar o el cuidado de los niños, así como tener tiempo individual para salir a correr o caminar, leer o escuchar música, ver la televisión o ir al gimnasio.

FUENTE: el país.com Puedes seguir De mamas & de papas en FacebookTwitter o apuntarte aquí para recibir nuestra newsletter quincenal.

Estos son los motivos por los que la mejor manera de aprender es… jugando

Las actividades lúdicas son un elemento imprescindible para el buen desarrollo cognitivo de los niños

Por Rocío Navarro Macías.


Cuenta el biólogo y activista animal Mark Bekoff que el juego es un entrenamiento para lo inesperado. Pero la adaptación al cambio, no es la única aptitud que los momentos de ocio basados en la diversión fomentan. Enfocar la enseñanza desde el paradigma del juego conlleva numerosos beneficios como que los conocimientos se graban mejor en la memoria. Este tipo de experiencias nutren su imaginación y les dota de aptitudes y herramientas esenciales para la vida.

“A través del juego estamos trabajando procesos cognitivos como la atención, la planificación, la memoria. También la función ejecutiva, que es la capacidad de organizar la conducta y dirigirnos a una meta. Significa que planificamos, organizamos, mantenemos la atención y vamos controlando si obtenemos los objetivos. Algo fundamental en el colegio, pero también en la vida adulta”, comenta Silvia Álava, psicóloga infantil y autora de El Arte de Educar Jugando (J de J Editores, 2021). Repasamos los motivos por los que se aprende mejor jugando.

El Arte de Educar Jugando

Un elemento vital. Pero, ¿qué es el juego?

Puede que el concepto se asocie mentalmente a determinados recursos o dinámicas establecidas, pero no se circunscribe a estos parámetros. Se trata de una actividad lúdica en la que se disfruta. En la emoción que despiertan está la clave de su definición. “El juego es el proceso en el que el niño se está divirtiendo. No tiene por qué estar relacionado con materiales o una actividad concreta. El desencadenante de un juego para un niño puede ser una pelusa o sus propias manos”, comparte Álava.

Son momentos de vital importancia para los menores, a través de los que expanden su imaginación, interactúan con otras personas y desarrollan su espíritu de aventura. “Es un elemento básico en la vida de los niños e imprescindible para su desarrollo. Asimismo, es un valioso instrumento para educar, ya que permite aprender de forma espontánea mientras los niños se divierten, sin sentirse evaluados ni presionados”, comparte Aroa Caminero, neuropsicóloga y especialista en psicología infantil.

La recomendación de las expertas es que cuanto más pequeños sean los niños, más jueguen. “Hasta los 6 años se aconseja que dediquen la mayor parte de su tiempo a actividades lúdicas”, añade. A partir de este momento, es deseable que realicen actividades lúdicas al menos una hora y media diaria.

Todos tienen beneficios. ¿Juego libre o dirigido?

Los padres no deben empeñarse en pautar este tipo de actividades. De hecho, uno de los recursos más valiosos desde este paradigma es el juego libre. “Es imprescindible que permitamos a los niños tiempos mayoritarios de juego libre, en el que de forma espontánea deciden a qué jugar, en qué momento, con qué y con quién. A través del mismo, potencian su personalidad y favorecen procesos cognitivos como la creatividad”, afirma la neuropsicóloga.

No obstante, la modalidad dirigida también tiene su razón de ser. “Favorece la consecución de objetivos concretos como la estimulación de ciertos procesos cognitivos que el menor necesite mejorar. El adulto puede proponer estrategias para mejorar y contribuir a la regulación emocional durante su aprendizaje”, añade. En la práctica, si a un niño le cuesta controlar su conducta, el juego con cartas dirigido por el adulto le ayudará a entrenar el seguimiento de instrucciones, paciencia, atención y planificación en las jugadas. 

También puede aprender a tolerar la frustración y perseverar en la propuesta. “La vida tiene todos los colores y todas las emociones, si lo que hacemos es evitar que sientan las desagradables estamos enseñando un modelo de vida irreal. Esto hace que les sea muy duro afrontar los momentos en los que se sienten mal”, matiza Álava.

Modula el estrés. Emociones positivas para aprender mejor

La ciencia ha demostrado que a través del juego se reducen los niveles de estrés, algo que mejora la adquisición de capacidades. “Las emociones agradables favorecen el aprendizaje y hace que las cosas se memoricen mejor. Con emociones desagradables los niños sufren ansiedad y se bloquean”, indica Álava. En la neurociencia está la explicación a este beneficio. “El juego desarrolla la curiosidad y todo lo que se aprende a través de ella activa las bases cerebrales del placer y libera endorfinas. 

Este proceso permite consolidar mejor los aprendizajes”, expone Caminero. Algo que se ve también favorecido por la motivación inherente al juego, que implica estados de máxima atención y memoria. “Se mejoran desde aptitudes sensoriales y motoras, hasta procesos más complejos como la capacidad de planificación”, continúa la neuropsicóloga

Según su nivel de desarrollo. Un juego para cada etapa

Uno de los aspectos más importantes para maximizar las ventajas de aprender jugando es adaptar las propuestas lúdicas a cada rango de edad. “Un niño pequeño que juegue a algo de mayores se va a frustrar porque no lo va a entender. Y uno mayor se aburrirá con otro indicado para edades inferiores. Aunque sí podría jugar con uno pequeño porque entiende que están jugando juntos”, aconseja Álava. Asimismo, los adultos deben ajustar sus expectativas a la etapa evolutiva en la que se encuentra el niño. “Por ejemplo, los niños de 2 y 3 años atienden uno o dos minutos, no se puede pretender que lo hagan durante más tiempo”, añade la psicóloga.

De 0 a 2 años

Observar el tipo de juego que aparece de forma espontánea en los niños puede dar muchas pistas sobre las capacidades que necesitan desarrollar en cada etapa. “Por ejemplo, desde el nacimiento hasta los dos años, predomina lo que se conoce como juego funcional o de ejercicio. Es algo que consiste en una acción repetitiva por el placer de obtener un resultado inmediato. Puede ser morder, chupar, golpear objetos, arrastrarse, caminar, esconderse, sonreír o tocar a personas. Este tipo de juego beneficia el desarrollo sensorial, la coordinación óculo manual, el desarrollo del equilibrio, …”, sugiere Caminero. De hecho, de estas experiencias motoras y sensoriales depende el desarrollo cerebral de los primeros años de vida y son la base para otros procesos más complejos.

Hasta los seis

A partir de los 3 años, aparece el juego simbólico:“ Es aquel que permite al niño imitar, representar, ensayar, proyectar o fantasear a través de juguetes o conductas. Por ejemplo, jugar a papás y mamás”, comparte Caminero. Son dinámicas mediante las que comprenden el entorno y comienzan el aprendizaje sobre los diferentes roles, lo que favorece el desarrollo del lenguaje y de la memoria. “A partir de los 4 años se inicia la teoría de la mente o la capacidad de entender las opiniones, ideas e intenciones de los demás”, añade.

Un poco más adelante, entre los cinco y los seis adquieren la capacidad de planificación y el control de la conducta. “Aparece en los niños el juego de reglas, que favorece el aprendizaje de la espera de turnos y de seguimiento de normas entre otras cosas”.

Buscar el ‘momentum’. Aprovechar la vida cotidiana

En su libro, Álava y sus colaboradores animan también a integrar el juego en las rutinas de la vida cotidiana y mejorar, a partir de ellas, los procesos cognitivos. “Por ejemplo, utilizar el momento de hacer la compra para fomentar la organización, haciendo la lista. Los más pequeños pueden trabajar la paciencia contribuyendo a buscar los alimentos”, indica Álava. 

Otro beneficio colateral de integrar el juego es mejorar la comunicación entre padres e hijos. “El momento de irse a la cama es muy bueno, ya que se adquiere un estado de relajación en el que los niños están más abiertos a compartir sus vivencias. Por ejemplo, se puede adelantar 15 minutos el momento de ir a dormir para obtener información que en otras circunstancias no se conseguiría”, analiza Álava. Los adultos pueden iniciar este intercambio contándoles alguna experiencia que les haya ocurrido a lo largo del día y, a continuación, dejar que los niños cuenten aquello que les apetezca.

Confiar en la sabiduría popular

Quienes hayan vivido en su propia piel el juego de las sillas habrán experimentado emoción, descarga de estrés y diversión. Pero esta dinámica está también acompañada de beneficios cognitivos. “Entre ellos el proceso de inhibición, que es fundamental para el autocontrol. Le estás diciendo a tu cerebro que la orden que tenías marcada de caminar en círculos hay que desactivarla e iniciar otra que es buscar una silla. En la sabiduría popular hay mucha ciencia”, comenta Álava. Asimismo, las cosquillas también desencadenan procesos deseables en los pequeños. “Regulan las emociones, desestresan y, como implican contacto físico, refuerzan vínculos”, concluye Álava.

FUENTE: LaVanguardia.com

Libro escrito por: Lucía Boto, Aroa Caminero, Carolina Cárcamo, Tatiana Fernández, Manuel Gámez, Bárbara Martín, Estíbaliz Mateos, Margarita Montes, Raquel Prieto, Isabel Quesada, María Rosa del Rincón, Sara Ríos, Nicolás Sánchez, Gema Valenzuela y Silvia Álava.

Nerviosismo, tristeza, frustración… Cómo afrontar la crianza cuando tú no estás bien. Colaboración con el diario La Vanguardia

Expresar los estados anímicos negativos ante los hijos puede ayudar en su educación emocional siempre que no se crucen ciertos límites.

ROCÍO NAVARRO MACÍAS

Educar a los hijos nunca es tarea fácil. Y poner el foco en la crianza cuando el bienestar emocional está mermado plantea un gran reto. Nerviosismo, desesperanza, tristeza, frustración son algunos de los sentimientos que circulan actualmente de forma recurrente y que pueden despertar respuestas exageradas ante actuaciones de los hijos. “A todos nos afecta la situación actual de una forma u otra. Debido a ello, pueden producirse reacciones desproporcionadas ante comportamientos normales de los niños”, explica la psicóloga Silvia Álava.

Las emociones desagradables aparecen de forma natural, sobre todo cuando ocurren cambios drásticos en el entorno o situaciones que afectan directamente a la seguridad o al bienestar personal. Pero parece que los progenitores deban mantener estoicamente una calma aparente pese a que su panorama interno se revele desolador. 

Pueden darse reacciones desproporcionadas ante comportamientos normales de los niños». Silvia Álava. Psicóloga

No obstante, puede que expresar abiertamente estados anímicos poco agradables delante de los niños no sea tan mala idea, ya que puede ayudar a educar emocionalmente a los hijos.

Las líneas rojas

Los padres son los responsables

Pero para que esta propuesta sea provechosa los padres deben tener en cuenta algunos aspectos. “Por un lado, han de transmitir que ciertas reacciones son perfectamente normales en determinadas situaciones y que eso no significa que mamá o papá estén completamente descompuestos y sean incapaces de ocuparse de ellos”, comparte Rafael San Román, psicólogo de iFeel.

Sentirse abrumado por la crisis sanitaria, nervioso ante la potencial pérdida de un trabajo o preocupado por una enfermedad son reacciones naturales. El problema se desencadena cuando estos sentimientos se tornan cotidianos. “Si el adulto se ha instalado en esas emociones y se convierten en su estado emocional habitual pueden interponerse en la crianza. Además, transmitirán a sus hijos, sobre todo si son muy pequeños, una sensación de inseguridad o fragilidad superiores a lo que ellos pueden asumir como fragilidad normal”, explica San Román.

Más allá de este escenario, que debe ser tratado por un profesional, que a un adulto le sobrevengan las lágrimas o muestre su tristeza no debe ser motivo de preocupación. “No pasa nada porque los padres lloren delante de los hijos. Lo podemos hacer dentro de la naturalidad del contexto. Pero una cosa es expresar la emoción, decir cómo me siento, y otra muy distinta, compartir las preocupaciones”, comparte Álava.

Los hijos no son confidentes

Esta misma línea es la que mantiene San Román, que invita a los progenitores a tomar ciertas precauciones ante la exposición de emociones delante de los menores: “Debe haber una combinación de apertura y de límites. Los padres pueden admitir con sus hijos que están de mal humor, que hay algo que les preocupa o entristece; los niños pueden tolerar esto. Pero no deben hacerlo buscando la ayuda y el consuelo de los hijos, sobre todo si son muy pequeños”. 

Los padres son los responsables del bienestar de los hijos, y no al revés»

Rafael San Román. Psicólogo

El experto aconseja evitar mostrar reacciones emocionales muy intensas, porque los pequeños no sabrían contextualizarlas. Asimismo, es importante tener en cuenta que la relación paterno-filial es asimétrica, los padres son los responsables del bienestar físico y emocional de los hijos, y no al revés. “No es una relación de ‘hoy por ti, mañana por mí’ como, por ejemplo, ocurre en una amistad”, añade San Román.

Mejorar la inteligencia emocional

Manifestar abiertamente en la familia las emociones es clave para que los hijos desarrollen inteligencia emocional. “Los padres pueden educar emocionalmente hablando de sus propias emociones, y expresándolas dentro de unos límites, pero siempre demostrando que son adultos, cuidadores responsables y que un mal día no implica que papá o mamá dejen de proteger y estar disponibles para los niños”, señala San Román. Lee también

De hecho, el psicólogo incide en que los niños necesitan ver que existen emociones asociadas a unas sensaciones poco placenteras, como el miedo, la rabia, la culpa, la tristeza, la vergüenza. Además, requieren contar con modelos que les indiquen qué se hace en esos casos.

Asimismo, puede ser una herramienta para que los adultos también tomen conciencia de lo que les ocurre. “Muchas veces vamos acelerados y este estado recae sobre nuestros hijos”, indica Álava. Es común que los padres utilicen frases como “vístete que tenemos prisa” o les empujen a comer a un ritmo que no se corresponde con el propio de la edad. Estas reacciones pueden indicar que algo pasa a nivel interno.Lee también

“El problema no es la situación, sino cómo reaccionamos ante ella”, comparte la psicóloga. Se trata de un aspecto especialmente importante ya que los hijos absorben toda la información verbal y no verbal de sus cuidadores. “Los padres deben ser conscientes de que son modelos para sus hijos, y que estos aprenden a regular sus emociones, expresarlas y darles un significado en función de, entre otras cosas, lo que ven en casa”, expone San Román.

Se puede hacer partícipes a los hijos de la gestión emocional. Álava propone pedirles, por ejemplo, un abrazo para sentirnos mejor, o bailar y cantar una canción con ellos, hacer un descanso y luego seguir.

Estrategias de regulación activa

Cuando los padres se sienten desbordados emocionalmente el primer paso es que observen lo que está sucediendo. “Es necesario identificar con honestidad las causas del malestar emocional, para detectar si tienen que ver con la familia, el trabajo u otra faceta. Es la manera de empezar a buscar una solución y también de contener el problema dentro de su esfera, para que no se expanda a otras áreas”, recomienda San Román. Una vez reconocido el estado e identificada la causa, pueden llevar a cabo diferentes acciones para gestionar el estado anímico.

Pedir ayuda. “Muchas personas se sienten frustradas al pedir ayuda. Sin embargo, debe verse como un gesto de valentía. Se trata de reconocer que nuestros conocimientos tienen un límite y hay personas especialistas que nos pueden proporcionar herramientas para gestionar la situación”, explica Álava.

No pretender ser perfectos. La perfección no existe e intentar alcanzarla supone un alto peaje. “Nadie llega a todo durante mucho tiempo sin desgastarse por el camino y sin desatender cada una de las facetas que pretende abarcar. Hay que exigirse y ser autocríticos, porque la crianza de los hijos se tiene que hacer lo mejor posible, pero también saber distinguir un error que cometería cualquiera, de manera puntual, de una negligencia”, recomienda San Román.

Usar estrategias activas para regularnos. Son procesos de recuperación que ayudan a bajar el nivel de ansiedad. Es una herramienta a la que todos acudimos, pero la pandemia ha limitado muchas de las que se tenían integradas.

“Puede que me funcionase quedar con mis amigos, pero debido a la situación actual no podemos hacerlo. Es necesario encontrar técnicas reguladoras que funcionen a nivel personal. Sabemos que las estrategias activas tienen mejor resultado que las pasivas. Por ejemplo, ver una serie sería pasiva, y cocinar o hacer manualidades, activas”, comparte Álava. La psicóloga añade que este tipo de técnicas ayudan a educar mejor y ser un modelo más deseable para los hijos.

Ver una serie sería una técnica pasiva, y cocinar o hacer manualidades, activas»

Silvia Álava. Psicóloga

Cuidar la comunicación entre los progenitores (cuando son dos). “La crianza es cosa de dos y tiene que haber una buena comunicación para que los distintos estilos de crianza que pueden coexistir en una misma familia no generen incoherencias o desorden”, dice San Román. Por otra parte, es fundamental pedir ayuda a la otra parte y sentirse acompañados en la crianza.

Llevar una vida ordenada. Esto no va a evitar los problemas ni hacer que desaparezcan las preocupaciones, pero sí favorece el buen clima. “Evita que los nervios se crispen demasiado rápido. Además, las cosas no se ven igual si se ha dormido bien y la casa está recogida, que si cada pequeña cosa está manga por hombro, en cuyo caso voy a tener siempre una sensación de saturación”, concluye San Román.

FUENTE: diario La Vanguardia