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#ViernesDePodcast: Los niños y los complejos ¿A qué hay que estar atentos? Hablamos con Cris Moltó en Capital Emocional, de Capital Radio

Qué hacer si los niños tienen complejos. Colaboración con el diario El Mundo

Es importante observar la conducta del niño, si presta mucha atención a lo físico o si baja su rendimiento escolar

Complejos

  • BEATRIZ G. PORTALATÍN

A partir de los seis años, los niños pueden empezar a tener complejos. Empiezan a prestar más atención a las pequeñas limitaciones que puedan tener y a darse cuenta de ciertos defectos físicos, que puede que no les gusten. Muchos de estos complejos son causados por comentarios que puedan hacerle en el colegio otros niños de su clase; aunque afortunadamente no siempre, los motes en la edad escolar suele ser algo frecuente. Por ello, una de las preguntas estrella que se hacen los padres es: ¿Qué hacer si mi hijo empieza a tener complejos? Ya sea por una característica de su físico o de su personalidad.

Silvia Álava, psicóloga infantil del centro Álava Reyes de Madrid y autora del reciente libro publicado Queremos que crezcan felices. De la infancia a la adolescencia, lo tiene muy claro: “Hay niños que son más sensibles que otros a los insultos o las críticas, por ello es importante que los padres presten atención al comportamiento hijo”, asegura a EL MUNDO. Es decir, prestar atención a si su hijo está más callado, más serio, si no quiere ir al colegio, si prefiere quedarse en casa en vez de ir al cumpleaños de un amigo, si no duerme bien por las noches etc.

Debemos darle la importancia que se merece, pero no hacer que su vida gire en torno a ese problema“, sostiene la especialista.

Señales de alarma

Al igual que no existen dos clases iguales, tampoco hay dos niños iguales y cada cual se comporta y siente de una forma diferente. Hay niños más sensibles que otros, hay quienes resultan afectados con los comentarios negativos de los demás niños y otros que otros llegan a tener un desarrollo psicológico y funcionamiento social normal, o casi normales.

“Por ello, hay que hacer especial hincapié en la necesidad de crear entornos de crecimiento personal y confianza que los estimulen y aporten hechos relevantes a su autoestima haciéndoles cada vez más resistentes ante los sucesos negativos de su alrededor”, asegura Sonia Rojas Conca, psicóloga del centro centro AGSPsicólogos Madrid.

De este modo, es importante diferenciar entre los factores de riesgo que aumentan la probabilidad de que el niño sufra, o bien reciba un impacto mayor sobre su autoestima, y sobre los factores de protección ante esas situaciones.

Según enumera Rojas Conca, los factores de riesgo serían hacer mucho énfasis en los aspectos estéticos y en la estética en general, en el fracaso en las relaciones sociales, un bajo rendimiento académico, un miedo patológico al rechazo y una baja autoestima y autoconcepto. Por otra parte, los factores de protección son: seguridad en sí mismo, creer que uno puede influir en lo que sucede alrededor, creer que se puede aprender tanto de las experiencias positivas como negativas, soporte y apoyo socio familiar, una buena autopercepción y autoestima, sentido del humor y creatividad de soluciones ante una misma situación.

Es importante observar esas conductas e intentar atajar el problema cuanto antes porque, a veces, puede ocurrir que los complejos que se han iniciado en la infancia perduren durante la adolescencia y se consoliden cuando son adultos. “Cuando estos complejos causan un malestar que es significativo y su preocupación por un defecto percibido de su aspecto físico se sitúa fuera de lo normal y es exagerado puede dar lugar al trastorno dismórfico corporal, (DSM-IV TR)”, apunta Rojas Conca.

La actitud de los padres

Algo esencial es que los padres no fomenten el complejo. Hay veces que los padres son personas inseguras e inculcar sin querer esa inseguridad en sus hijos. “A veces, los complejos de los hijos están inducidos por los padres”, señala Silvia Álava. Por ejemplo, unos padres que peregrinan por consultas de nutricionistas para que si hijo adelgace o padres que prometen a sus pequeños, con muy corta edad, una operación de estética cuando sean mayores.

“Es importante que los padres actúen siempre como modelo de referencia, porque para los niños, los padres son siempre ejemplos para ellos y más a esas edades”, sostiene Álava.

Los padres si sospechan que su hijo puede tener algún complejo, lo primero que deben de hacer es escucharle, que le escuchen con atención para que el niño se sienta totalmente atendido y comprendido. “Es clave que el niño se sienta escuchado y arropado por su padres, para después poco ir poco ir desmontando su problema. Por ejemplo, haciéndole ver las cosas buenas que tiene”, señala Álava.

Por otro lado, es fundamental que los padres eduquen en la tolerancia y en el respeto a las diferencias. Hay cuentos interactivos para niños que resultan de gran utilidad. Algo muy positivo en estos casos, “es recordar a la persona que algunos de sus ídolos tienen esas mismas características (ej. Harry Potter tiene gafas), de manera que se sienten identificados y reconfortados”, indica Rojas Conca.

También es recomendable aprovechar esta situación para seguir trabajando con él las habilidades sociales y emocionales con el objetivo de que se aprendan nuevas formas de responder ante las criticas, por ejemplo jugando a diversos role-playing o poniéndole anécdotas personales que le hayan ocurrido a personas queridas.

Además de todas estas recomendaciones, lo esencial en la educación de los niños es que los padres les ayuden a trabajar su autoestima. Los progenitores deben educar a sus hijos en la seguridad, fomentando en ellos una buena autoestima y alabando sus virtudes. “Es muy importante que los niños que sean capaz de mirar el lado positivo de las cosas, de darse cuenta de que ellos también hacen y tienen cosas buenas”, concluye Álava.

 

FUENTE: diario El Mundo

Cómo lidiar con los complejos de nuestros hijos. Colaboración con el diario ABC

A veces ciertos comentarios hechos sin malicia pueden llegar a pasar factura

complejos niñosComparaciones con hermanos, o frases sin aparente intención como «¡Ay mi gordito!» o, por contra, «que delgadito mi espárrago», o nuestros propios comentarios cuando nos vemos frente al espejo en traje de baño pueden provocar consecuencias indeseadas en nuestros hijos. «Hay que tener en cuenta que los niños aprenden por modelado, y que tienen una capacidad de observación impresionante. Son conscientes de simples expresiones que creemos que no van a afectarles pero que a la larga pueden pasar factura», explica la psicóloga Silvia Álava. Porque la imagen que tienen de sí mismos, prosigue esta experta, «es en principio la que les proyectan sus padres. Por eso es tan importante lo que les decimos o cómo les vemos».

Por supuesto las principales figuras de apego son los padres pero tampoco hay que obviar, añade la psicóloga Ciara Molina, «que hay niños que son muy crueles con otros y cuyos comentarios pueden tener más relevancia incluso que lo oído o escuchado en casa. El impacto emocional también puede ser fuerte y el sentimiento de inseguridad del niño puede cobrar fuerza».

Esto puede ocurrir, determina esta terapeuta, hacia los seis años, aproximadamente. «Es en ese momento en el que los más pequeños empiezan a tener más desarrollado su sistema cognitivo y emocional que les permite tener una imagen bastante estable de ellos mismos y de los demás, imagen que favorece la emisión de juicios y comparaciones propias y ajenas. En estas edades además tienen la necesidad de sentirse respetados y queridos, y ciertos comentarios les pueden hacer sentirse más o menos valorados que el resto», apunta Molina.

 Cómo superarlos

A la hora de trabajar los complejos, ambas destacan la importancia del papel de los padres a la hora de proporcionar una respuesta adecuada. Álava propone empezar por escuchar a los niños. «si te cuenta que algo le ocurre, es importante que se sienta escuchado, y que sus padres están ahí para ayudarle. Esta escucha debe ser activa. Es decir, hay que ponerse a la altura de los ojos del niño y no realizar otras actividades como mirar al móvil, o ver la televisión. También puede ayudar mantener el contacto físico mientras lo cuenta, dándole la mano, por ejemplo».

Pero sobre todo, no deben magnificar la cuestión, sino todo lo contrario: ir desmontándola poco a poco. Para eso otra de las recomendaciones hechas por esta psicóloga es trabajar la autoestima del niño a base de minimizar lo supuestamente negativo y focalizar en las virtudes del pequeño: «decir cosas del estilo “qué ojos más bonitos tienes” o “que bien corres”… lo que sea con tal de que el niño aprenda a centrar en lo positivo de una forma autónoma. Que él mismo sea capaz de apreciar todo lo que tiene de bueno y la de momentos agradables que tiene el día».

Junto a esto lo más apropiado sería, continua la también psicóloga Lara Antiquino, trabajar las habilidades sociales de los chicos. «Que aprendan a hacer frente por ellos mismos a este tipo de situaciones incómodas, desde el respeto». Es clave, corrobora Álava, «que el niño sepa cómo tiene que contestar a los otros niños cuando se metan con él».

Pero tampoco debemos obsesionarnos a la hora de tratar los complejos, concluye Antiquino. «Debemos prestarle atención, sí, pero no encaminar toda nuestra atención en el complejo porque si no nosotros mismos le estaríamos dando más relevancia de la que en realidad tiene. Además, todo ayuda en el desarrollo y crecimiento personal».

FUENTE: Diario ABC