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Es tú oportunidad, así podrás crecer como familia este verano. Colaboración con el diario ABC

Claves reales para mejorar las relaciones con los hijos y de pareja

Por Laura Peraita @LauraPeraita

Durante al curso académico la mayoría de los padres se quejan de la falta de tiempo para estar con sus hijos y disfrutar del tiempo libre. El estrés, las prisas, las obligaciones diarias, las apretadas agendas… pueden poner al límite a cualquier familia y dejar en un segundo plano cuestiones tan importantes como conocerse más en profundidad, comunicarse en calma, resolver conflictos con reflexión, interesarse sobre cómo se sienten los demás… Ya no hay excusas: el verano es una oportunidad para crecer como familia. El tiempo libre es el mejor aliado.

Según Silvia Álava Sordo, doctora en Psicología y autora de «Queremos hijos Felices. Lo que nunca nos enseñaron», crecer como familia es mejorar. Para ello sugiere a los padres que se paren a pensar, que se planteen dónde están y dónde les gustaría llegar y, sobre todo, cómo conseguirlo. Cada familia es muy distinta y tiene metas diferentes, pero lo más habitual es que pretendan mejorar la comunicación, la paciencia, acabar con los gritos, fomentar el respeto, el afecto físico (dar más muestras de cariño con besos, abrazos), reconocer los aspectos positivos de los demás… «Por ello, –apunta–, hay que aprovechar las vacaciones para plantearse objetivos claros de mejora familiar y luchar por ellos. No hay que dejarse llevar por la pereza o por el día a día porque las relaciones no mejoran solas. El verano es el momento de actuar».

Estado emocional inicial

Pero antes de ponerse manos a la obra, Gema Garrido, presidenta de Praxxia, asociación especializada en coaching familiar y parentalidad positiva, aconseja que los padres, al echar el freno, aprovechen para analizar el estado emocional en el que se encuentran en ese momento como individuos; es decir, si están muy estresados, cansados, deprimidos, ilusionados… «porque la persona, como tal, no se enfrenta de la misma manera a una convivencia familiar las 24 horas».

También considera Garrido relevante tener expectativas reales. «Que llegue el verano no significa que vayan a ser las vacaciones de nuestra vida tal y como salen en los anuncios en los que todo es felicidad y diversión. En este periodo también hay tiempo para aburrirse o estar cansado. Es muy humano. No por ir a un hotel en la playa con la familia implica que todo el tiempo va a estar rebosante de felicidad», explica.

Con fecha y hora

En la misma línea se manifiesta Ana Asensio, psicóloga de Vidas en Positivo, quien reconoce que es muy habitual coger con unas ganas inmensas las vacaciones y a veces no suele ser todo como se idealizaba. «Nos da la sensación de que el tiempo en familia es un verdadero estrés, que no sabemos hacerlo bien o que nuestros hijos están “maleducados”, se enfadan todo el tiempo, protestan continuamente… mientras nosotros, como adultos, también tenemos la necesidad imperiosa de descansar. Somos humanos».El tiempo de calidad tiene que suponer que todos los miembros de la familia participen de una actividad, lejos de cualquier distracción de móviles, televisión…

Por este motivo, Silvia Álava Sordo propone, en primer lugar, fijar los objetivos y buscar momentos de calidad en familia, «pero poniendo fecha y hora, planificándolos, porque si no esos ratos quedan diluidos y al final se dejan pasar. El tiempo de calidad tiene que suponer que todos los miembros de la familia participen de una actividad, lejos de cualquier distracción de móviles, televisión… De esta forma, fluirá la conversación para conocerse mejor. También se puede aprovechar para rescatar álbumes de fotos familiares, contar cómo se conocieron papá y mamá, cómo vivían los abuelos… Hacer juegos para que dibujen a cada miembro de la familia y conocer cómo los perciben nuestros hijos de forma divertida…».

Matiza, no obstante, que conocer a los hijos «es aceptar como son y olvidarse de cómo quiero transformarles en lo que yo quiero que sean. Es un error muy común. Se debe asumir que cada persona es única y tiene que hacer su vida a su manera dentro de un orden».

En este sentido, Gema Garrido propone a los cabeza de familia que bajen el nivel de exigencia con sus hijos porque en estos días libres se pueden pasar por alto ciertas rigideces imprescindibles para el resto del año. «Para que esta labor sea más fácil es bueno empatizar con los pequeños, hacer una regresión personal a cuando nosotros teníamos su edad para intentar entender qué es lo que nos motivaba entonces para, de esta forma, poder planear momentos y actividades acordes a sus deseos y en los que todos puedan disfrutar lejos de discusiones».

Cuando los hijos son adolescentes puede resultar más complicado que quieran pasar ratos junto a sus padres o hermanos por la etapa vital que atraviesan, «pero no pueden mantenerse al margen de la familia», prosigue Silvia Álava Sordo. «Lo mejor es dejarles espacio para su soledad y para estar con sus amigos, pero negociar con ellos que hay momentos dentro de la dinámica familiar en los que tienen que estar presentes, como a la hora de la comida o la cena, por ejemplo. Lo ideal sería que estas dos ocasiones no fueran impuestas, sino que se les presente como momentos divertidos y atractivos para que quieran compartirlos con el resto de la unidad familiar».

Espacios propios

No obstante, Ana Asensio advierte que, al igual que en el resto del año, «en vacaciones es esencial generar espacios en el hogar para compartir, pero también para disfrutar de momentos propios, para nuestras aficiones, descanso o para aburrirnos y no hacer nada». Recuerda que «no hacer, también es hacer», y es muy necesario en este instante vital aprender y enseñar a nuestros hijos a no hacer nada de vez en cuando y a sentirse cómodos por ello. «No hacer, no es una pérdida de tiempo; al contrario», matiza.Querer hacerlo bien y darnos cuenta de que no podemos, o nos sabemos, también nos lleva a padecer malestar, culpa o a pensar que nuestros hijos son un horror…

Para evitar sentimientos de culpabilidad cuando no todo el tiempo en familia sale como se esperaba, Ana Asensio apunta que sentir ese estrés de convivencia familiar en vacaciones y que puedan entrar ganas de huir es natural y humano, también forma parte de la vida. «En ocasiones, las demandas nos resultan elevadas. La exigencia de la crianza y la educación unida a la coordinación con nuestra pareja puede hacernos sentir agobio. Y, además, al querer hacerlo bien y darnos cuenta de que no podemos, o nos sabemos, también nos lleva a padecer malestar, culpa o a pensar que nuestros hijos son un horror… Bueno –insiste–, pues esto también es humano. ¿El truco? La calma. Si se monta un alud y la bola de nieve se hace cada vez más grande; para, respira, salte de la escena, observa y, cuando todo haya bajado de intensidad, decides qué hacer. Probablemente te resulte más fácil tomar una decisión adecuada sin carga emocional añadida».

Esta psicóloga anima a los progenitores recordando que hay que comprender que la convivencia con los niños es toda una aventura, «y a veces el humor nos ayuda mucho y nos saca victoriosos de situaciones que inicialmente nos puedan generar incomodidad y hasta miedo», concluye.

FUENTE: Diario ABC

Así podemos motivar en clase a un niño con TDAH. Colaboración con el diario ABC

Minimizar las distracciones, adaptar las pruebas de evaluación y la comunicación constante entre padres y profesor son pautas que ayudan a mejorar su rendimiento escolar

¿Debe un niño con TDAH alimentarse igual que otro niño sin este trastorno?

Por Raquel Alcolea Díaz

¿Tiene la misma capacidad de aprender un alumno con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) que otro niño sin esa dificultad? ¿Cómo puede ayudarle y motivarle el profesor en el día a día? La directora del área infantil del Centro de Psicología Álava Reyes, Silvia Álava, afirma que el potencial intelectual de los alumnos con TDAH es igual al de otros niños. «Lo que sí es diferente es su capacidad de atención, que es en realidad lo que podría afectar a su capacidad de aprendizaje», aclara.

A la hora de garantizar que aprenda al mismo ritmo que el resto de sus compañeros, Silvia Álava explica que habría que tener en cuenta algunas pautas que le ayuden a minimizar las distracciones como situarlo en los puestos delanteros de la clase, siempre que se pueda; mantener el contacto visual con él durante las explicaciones, estimular su atención con preguntas sobre lo que han aprendido durante la lección o evitar que se sienten al lado de las ventanas o junto a niños que hablen a menudo en clase.

Otras fórmulas útiles en el día a día se centrarían en asegurarse en clase de que ha entendido las normas de trabajo pidiéndole «feedback», recordar la necesidad de repasar la tarea de manera frecuente (es mejor que no espere a finalizar la tarea para evitar que tenga que repetirla entera) y enseñarle a trabajar con autoinstrucciones, de modo que cuando se ponga a trabajar con un ejercicio tenga un diálogo interno similar a éste: «Miro, leo y digo todo lo que veo, me pregunto qué tengo que hacer, me pregunto cómo hacerlo y planifico, me digo que tengo que estar muy atento y por último me pongo a escribir».

El profesor tendrá que entender que les cuesta estarse quietos y tendrán que permitirle una cierta movilidad. Asimismo, tendrá que estar más pendiente de él y «rescatarlo» si percibe que se ha perdido en alguna explicación. «Aunque no siempre será necesaria una adaptación curricular significativa, podrían ser efectivos cambios en la forma de evaluarlo, con exámenes orales que permitan ir controlando la adquisición de la materia, o exámenes escritos más cortos o con pruebas cuyas preguntas sean presentadas de una en una para favorecer que se centren en la tarea», aclara Álava.

Cuando esté cansado y distraído, es conveniente no forzarle a que siga trabajando. Es mejor dejar que descanse y se reponga (se le puede pedir que vaya al baño, que se lave la cara con agua fría, que beba un poco de agua fría) y que después continúe con la tarea. «Empeñarse en que realice el mismo número de ejercicios que sus compañeros en las mismas condiciones, puede ser contraproducente», explica.

Coordinación entre familia y colegio

Los padres del niño, por su parte, deben proporcionar tanto al colegio como al tutor un informe de evaluación previo que permita conocer sus puntos fuertes, pues así podrán potenciarlos y establecer un plan de actuación lo más adecuado y personalizado posible. «Cuanta más información tenga el colegio, mucho mejor. La idea es que los profesores trabajen con el alumno el refuerzo positivo, pues en los casos de niños con TDAH se corre el riesgo de hacer hincapié en sus puntos débiles, en lugar de reforzar sus habilidades y sus aciertos», aclara Silvia Álava.

Así, la experta aconseja que se valore siempre el esfuerzo, no solo los resultados.

La comunicación constante entre padres y profesor, a través de la agenda escolar o de la fórmula prevista en el colegio, puede ser una gran aliada para garantizar el aprendizaje del niño. «En dicha comunicación debemos hacer referencia a los aspectos positivos del alumno, además de citar los problemas y lo negativo, pues la experiencia con niños con TDAH nos dice que los premios por un comportamiento correcto son mucho más efectivos que los castigos cuando no hacen algo bien», revela la psicóloga infantil.

En casa conviene que el estudio tenga una duración limitada pues, tal como explica la experta no es útil prolongarlo sistemáticamente. Tampoco ayuda sobrecargar al niño con actividades de refuerzo por encima del tiempo real disponible o con más deberes de los que pueda abarcar. Si lo hacemos, en lugar de favorecer el aprendizaje es probable que fomentemos un rechazo al estudio.

FUENTE: Diario ABC