Los segundos hijos podrían ser más propensos a tener mal comportamiento. Colaboración con BuenaVida de El País

¿Alguna vez le ha dado la sensación de que los hermanos pequeños son más trastos que los primogénitos? Un estudio lo corrobora. Reciben más castigos en la escuela y de adultos tienen más problemas con la ley.

Por Miguel Ángel Bargueño

La ciencia ha confirmado que los hermanos mayores sacan una puntuación mayor en las pruebas de inteligencia y que, en el lado opuesto, tienden a padecer más problemas de salud. También sabemos que hay hermanos menores que, pese a todo, han conseguido grandes logros en la ciencia o la cultura. El orden de nacimiento en el seno de una familia parece influir en una serie de factores, pero ¿y en la personalidad?

La arraigada sospecha de que los primogénitos son más obedientes y centrados y los segundos (y sucesivos), más rebeldes, podría tener fundamento. Un estudio publicado en verano de 2017 reveló que “en familias con dos o más hijos, los niños nacidos en segundo lugar son entre un 20% y un 40% más propensos a ser castigados en la escuela e ingresar el sistema de justicia penal en comparación con los primogénitos”. Por decirlo de un modo suave: son más trastos.

El estudio, llevado a cabo por el Massachusetts Institute of Technology (MIT), comparó documentos de dos sociedades aparentemente diferentes como son la de Florida (Estados Unidos), donde se examinaron los expedientes académicos de escuelas públicas de los nacidos allí entre 1994 y 2002, y Dinamarca, donde se tuvieron en cuenta información del Registro Criminal relativa a aquellos que habían nacido entre 1981 y 1990.

Los resultados fueron impactantes: en Dinamarca, los segundos hermanos presentan más problemas de conducta —como hiperactivdad— desde los 12 años y hasta los 21 años, los varones están un 40% más presentes entre los encarcelados que los primogénitos (un 36% más cuando se trata de delitos con violencia). En Florida, son castigados un 29% más en la escuela que los mayores.

Los primogénitos y los menores no reciben el mismo trato de sus padres

Aunque no se ha demostrado una causalidad, los científicos barajaron algunas posibles explicaciones. En primer lugar, los padres no tratan igual a los mayores que a los pequeños. Ejemplo clásico: cuando el chupete se le cae al mayor, los padres corren a lavarlo; con el pequeño, son menos estrictos. “Con el segundo hijo nos relajamos un poco más”, dice la psicóloga Silvia Álava. “Cuando somos primerizos, los padres sentimos más miedo a que le pase algo a nuestro hijo, queremos tenerlo todo más controlado, somos más inflexibles; con el segundo, cuando hemos visto que al mayor no le ha pasado nada, nos permitimos ser más flexibles. La experiencia facilita ese grado de flexibilidad”.

Y aunque, como señala Silvia Álava, “la atención de los padres se debe repartir equitativamente”, es cierto que el hermano mayor goza de la atención exclusiva de los progenitores hasta que nace el segundo, mientras que este nunca la tendrá y se acostumbra a compartirla desde que nace. El mayor, en muchos casos, es el favorito, el esperado. Por otro lado, es habitual que los padres traten a los menores como bebés durante más tiempo, sobre todo cuando han decidido que ya no tendrán más hijos. “Eso es un riesgo, porque la sobreprotección es un enemigo para el desarrollo de competencias emocionales”, advierte Silvia Álava.

Existe también una correlación negativa entre el número de hijos y el nivel económico de los padres; es decir, a medida que la unidad familiar se amplía, hay que repartir los recursos entre más, de modo que las posibles comodidades de que ha dispuesto el primero no las disfruta igual el segundo, que crece en un entorno, digamos, más hostil. El momento que atraviesa la pareja cada vez que trae un hijo al mundo siempre es distinto. Con el segundo, los padres son más mayores y reservas de energía han menguado. “No es lo mismo tener un hijo a una determinada edad que a otra”, dice Álava.

Los mayores suelen ser un referente de conducta

Otra justificación estaría relacionada con la influencia que los hijos tienen unos sobre otros. Los que nacen más tarde toman a los mayores como referentes, y estos se benefician de su papel de modelo de conducta, lo que podría reforzar su confianza y su predisposición al liderazgo. “Para el hijo mayor, los principales modelos son sus padres. Para los hermanos pequeños, los principales modelos son los hermanos mayores. Para estos, puede ser una fuente de seguridad y autoestima, porque ven que el menor los copia”, asegura Álava.

A veces los padres cargan sobre los mayores la responsabilidad de dar ejemplo, y aunque los psicólogos lo desaconsejan —se trata, al fin y a cabo, de niños—, puede acentuar su sentido de la responsabilidad. “Si te conviertes en ejemplo de algo, te haces responsable. Y en lo que hacemos responsable al mayor, el pequeño elude ciertas tareas”, dice la psicóloga y miembro de Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, Rocío Ramos-Paúl. El primogénito lo introduce en grupos, se preocupa de que no esté solo en el recreo…, lo que expone al pequeño a la compañía de niños mayores. “A veces se comenta por la calle: ¡hay que ver este niño que espabilado está, que dice tacos! Es que es el pequeño…”, comenta Ramos-Paúl. Estar siempre con gente alrededor podría ayudar a desarrollar habilidades sociales, sugiere esta psicóloga.

Hasta ahora los estudios sobre la influencia del orden de nacimiento en la personalidad han arrojado resultados contradictorios. En 1996, el profesor Frank J. Sulloway, de la Universidad de California, sostuvo en su libro Born to rebel que los hijos mayores se identifican con los padres y la autoridad y apoyan el status quo, mientras que los pequeños se rebelan contra él.

¿Y los medianos?

En 2003, dos psicólogos de la Universidad Católica de Louvain (Bélgica) recopilaron información de 122 adultos que habían crecido en familias con tres hijos; hallaron que los hermanos de en medio son menos concienzudos, menos religiosos, tienen un rendimiento escolar más bajo y son más impulsivos y están más abiertos a la fantasía (lo cual concordaría con los rasgos que Sulloway atribuía a los hermanos pequeños); en cambio, en el estudio belga los pequeños son descritos como más agradables y cálidos. Sin embargo, en 2014, Eau Claire, de la Universidad de Winsonsin, concluyó en la revista Personality and Individual Differences, tras cotejar rasgos de 69 parejas de hermanos, que “el orden de nacimiento no tiene efectos perdurables sobre la personalidad”..

Lo que parece claro, recuerda Rocío Ramos-Paúl, es que “nuestras propias experiencias nos van forjando”. Pero todos los condicionantes del entorno hay que conjugarlos con la genética. “La personalidad se moldea por unos factores genéticos y otros ambientales”, explica Silvia Álava. “El ambiente, lo que vivimos, está filtrado siempre por la genética: cómo lo vivimos. No puede decirse que haya unos rasgos generales en los hermanos segundos”. Por tanto, si tiene hijos pequeños y nota que le desaparece calderilla del monedero…, piénselo dos veces antes de acusar al pequeño.

FUENTE: BuenaVida