Dislexia: letras, sílabas y palabras sin significado. Colaboración con el diario El Mundo

Alejandra -aunque podría ser Lucía, Daniel, Marcos, David…- tiene nueve años, está en cuarto de Primaria y tiene dificultades para leer y comprender lo que lee. Sigue deteniéndose en cada sílaba. No-pue-de-le-er-co-mo-cual-quier-ni-ño-de-su-cla-se. Empezó teniendo dificultades para hablar, se le resistía la pronunciación de la letra “r”. Luego, esos problemas se materializaron al empezar a leer, no seguía el ritmo de sus compañeros de clase, presentaba dificultades en la lecturoescritura. A este retraso se le añadía que era tímida de carácter, con lo que sus carencias pasaban aún más desapercibidas.

Pero al llegar a cuarto y seguir leyendo como si estuviera en primero o segundo hizo saltar las alarmas de sus padres y profesores que decidieron ver qué pasaba. Tras una valoración rigurosa llegó el diagnóstico: Alejandra era disléxica. A pesar de su problema, acabó la educación secundaria con un apoyo constante del colegio y de la familia, con un refuerzo en la lectoescritura para adquirir la conciencia fonológica adecuada para conseguir leer.

Aunque puede leer, le cuesta acceder a un texto, entenderlo y comprenderlo. También ha tenido dificultades para expresarse por escrito, tanto en la riqueza y fluidez de los contenidos, como en la organización del escrito y en la ortografía. Por eso, para valorar el nivel de conocimiento adquirido, la mayor parte de los exámenes que realizaba Alejandra eran orales, porque los entendía más rápidamente y podía expresar mejor sus conocimientos. Además, podía defenderse mejor y evitar las temidas faltas de ortografía.

Silvia Álava Diario El Mundo

Diagnóstico

“Para poder diagnosticar la dislexia, el niño debe de tener un retraso de la lectura de al menos dos años o situarse en 1,5 desviaciones típicas por debajo de la media en laspruebas de lectoescritura. Su cociente intelectual tiene que encontrarse dentro del rango de la normalidad, nunca por debajo de 80, y descartar que no haya otros problemas, como, por ejemplo, un déficit de atención”, apunta la psicóloga Silvia Álava, quien añade que hay unos signos de alarma que pueden poner en sobre aviso de que algo pasa.

Así, si un niño invierte los números y las letras, comete rotaciones y confunde las letras b-d y p-q, tiene muchos problemas en la asociación del fonema con el grafema, es decir no llega asociar cada letra con su sonido, le cuesta realizar ejercicios de conciencia fonológica, no es capaz de separar las sílabas: a-be-ja, se salta de forma habitual renglones cuando lee en voz alta, inventa un número elevado de palabras y tiene verdadera aversión a leer y a escribir hay que pedir ayuda porque puede tener dislexia.

Dificultad, no impedimento

Juan Narbona, neuropedriatra de la Clínica Universidad de Navarra, se muestra partidario de desterrar el término dislexia y sustituirlo por el nombre oficial: trastorno del aprendizaje de la lectura y de la escritura. “Aunque realmente a mí me gusta más llamarlo dificultad para adquirir la lectura y escritura”.

Es una variación en la capacidad innata para adquirir este sistema (lectura y escritura) que no es connatural al humano, como es el lenguaje hablado. Una persona puede tener más o menos capacidad para descubrir y automatizar la lectura y la escritura, como se puede tener más o menos capacidad para tocar la guitarra o para la danza, pero esto no quiere decir que no pueda llegar a leer o a escribir. “Por lo general -continúa el neuropediatra-, se trata de una dificultad, no de un impedimento. Lo tienen más difícil que otros niños que leen ya en Infantil, pero acaban aprendiendo a leer”.

El especialista se queja de que cada vez se quiere que los niños lean antes y explica que en Dinamarca no se inician en la lectura hasta los siete años. “El descubrimiento de la lectura es algo que se hace de forma súbita y natural. Por eso, no hay que empeñarse en que lean con cuatro años. En esa etapa de la vida, deben hacer cosas más importantes en cuanto a psicomotricidad, convivencia, lenguaje oral, habilidades plásticas y manuales”.

Para empezar a leer se tienen que dar tres requisitos: dominar bien la lengua oral (que no está madura hasta los seis años), trabajar la metacognición del lenguaje oral y saber que las palabras se descomponen en sílabas, las sílabas en sonidos y conocer su relación con la grafía. Cuando el niño domina su lenguaje oral le resulta más fácil leer y escribir.

Lo que les pasa a los niños con dificultades para adquirir la lectura y la escritura es que cuando leen no lo hacen automáticamente ni de forma placentera. Aprenden a leer, pero con más trabajo y lentitud. Adquieren un nivel de lectura útil para desenvolverse en la vida, pero no se aficionan al placer de la lectura”.

Una cosa que deja tranquilos a los especialistas es que en los niños que tienen dificultad para adquirir la lectoescritura no existe ninguna lesión cerebral. “No se ha determinado ninguna anomalía cerebral que se corresponda a los problemas del aprendizaje de la lectura. Si ocurriera esto, la esperanza para poder solventar estos problemas sería nula y sabemos que con la dirección adecuada, el niño acaba leyendo. Si hubiera un impedimento anatómico sería mucho más complicado. Hay que entrenar y no hay que desistir”, apunta con optimismo Juan Narbona.

Ejercicios

Una vez que ya se ha detectado el problema se deben establecer pautas para mejorar la lectoescritura. Según explica Silvia Álava, acompañar a los niños que tienen problemas para leer con ejercicios específicos les ayuda a mejorar su lectura. Así, “es bueno grabarle de vez en cuando para que se escuche cuando lee y, de esta forma, aumentar su motivación hacia la lectura. Si omite alguna palabra o vemos que con alguna tiene más dificultades o se la salta, le pediremos que lea en voz baja, que detecte esa palabra y posteriormente que la escriba en su cuaderno y la lea varias veces para que adquiera habilidad articulatoria y le pierda miedo”.

De hecho, hay muchos métodos de apoyo visual y auditivo para que el niño aprenda y pueda ir poco a poco incorporando la lectura a sus capacidades. Hay que animar a que los niños lean y para esto no hay mejor ejemplo que el que le puedan dar sus padres. En este sentido, el neuropediatra afirma que “a un niño no se le puede decir que lea, tiene que ver a sus padres leer”. Y para hacerle atractiva la lectura, en un primer momento hay que leerle y una vez que está interesante la historia hay que dejarle que siga por sí mismo.

Otro aspecto que hay que tener en cuenta para que el niño se habitúe a leer es la hora que se elige para hacerlo. Si se le propone que coja un libro a última hora del día, el niño ya está cansado y por muy divertida y atractiva que sea la historia, no prestará atención porque no puede hacerlo.

Su día a día

Los niños con dislexia suelen ser muy conscientes de sus dificultades. Normalmente, tienen una autoestima baja y necesitan mucha motivación y refuerzo positivo. Por eso, Rosalía Hita, logopeda de un colegio público, dice que los adultos del entorno del niño son los responsables de llevar a la práctica en el aula, las pautas a tener en cuenta. También es responsabilidad del adulto crear un buen ambiente y una actitud positiva ante el compañero que presenta dificultades lectoescritoras. “Solemos explicar al grupo de la clase que igual que unos tienen dificultades con las matemáticas o con el dibujo, otros compañeros se les da peor la lectura o la escritura”.

Para que sigan mejor las clases, se recomienda que los alumnos con problemas para la lectura y la escritura se sitúen en las primeras filas, cerca del profesor y de la pizarra. Así, se les puede prestar más atención. “Tenemos que asegurarnos de que el niño ha comprendido bien el material escrito con el que tiene que trabajar”.

Desde hace unos años, en las aulas se siguen unas pautas para la evaluación de los alumnos con dislexia, que se aplican en los exámenes y en otras herramientas para la evaluación de los conocimientos adquiridos.

Entre estas medidas se contempla la adaptación de los tiempos para realizar los exámenes, incrementándolos hasta un máximo de un 35% sobre el tiempo previsto para el resto de los alumnos. También se puede adaptar el modelo de examen, el tipo y el tamaño de la fuente en el texto del examen.

A estos alumnos también se les permite utilizar hojas en blanco y hacer los exámenes de manera oral, situación que les ayuda en gran medida y les da tranquilidad. Otra medida para facilitarle los exámenes es realizar una lectura en voz alta de los enunciados de las preguntas al comienzo de la prueba y que ésta se haga en un aula separada para evitar distracciones.

Rosalía ahora está trabajando con un niño que cursa cuarto de Primaria, después de haber repetido su segundo. Según cuenta, tiene dificultades en la ruta fonológica de acceso al léxico, “es decir, que para leer una palabra utiliza la ruta global, ve la palabra globalmente y le cuesta convertir los grafemas a su correspondiente fonema”.

Con este alumno tiene que trabajar un programa específico de dislexia para favorecer la ruta fonológica, puesto que presenta muchos errores a la hora de leer: omite sílabas, sustituye unas sílabas por otras, se inventa palabras… En la escritura la situación no es mejor; presenta los mismos errores. Ante esta situación, deben mejorar la conciencia fonológica para que sea consciente de que cada letra tiene un sonido, que ese sonido unido a otro forma una sílaba y que varias sílabas forman una palabra con significado. Así podrá leer y comprender lo que lee.

 

FUENTE: Diario El Mundo. CLARA SIMÓN VÁZQUEZ

Jueves 31 de marzo: Queremos que Crezcan Felices en el Foro La Región en Orense

Portada Queremos que Crezcan_felices

 

Será el jueves 31 a las 20,15 horas en el Centro Cultural Marcos Valcárce

Presentaré mi último libro “Queremos que crezcan felices” y hablaremos sobre cómo conseguirlo: pautas, consejos, comportamientos… tanto para padres como para niños desde los 6 años a la preadolescencia.

 

Más información en el diario La Región y en www.laregion.es

Que no se quede solo en el Día de la felicidad: potencia sus virtudes y verás… Colaboración con Mujer Hoy

¿Cuál es la respuesta más común entre los padres cuando se les pregunta qué quieren para sus hijos? ¡Que sean felices!

 Ellos… los más indefensos, los más tiernos, los más lindos, los más ‘puros’… Ellos, los niños, merecen ser educados para que aprendan a ser felices. Nos hacemos eco de algunos de los consejos que la psicóloga Silvia Álava lanzó recientemente durante unas jornadas divulgativas para padres el colegio Liceo Europeo.

FelicidadPrepara a tu hijo para el camino, no el camino para tu hijo”

La experta, que dirige el área infantil en el Centro de Psicología Álava Reyes y es autora “Queremos hijos felices” y“Queremos que crezcan felices”, analizó a través del humor y las situaciones cotidianas cuáles son los retos a los que se enfrentan los padres hoy en día. En su opinión, en ellos prevalece un excesivo sentimiento de culpa, sobreprotección y un afán de perfección que en palabras de la psicóloga “no existe, porque no existen las personas perfectas”. Por ello, Silvia Álava anima a los padres a perder el miedo al fracaso para no extender esa frustración a los hijos y “preparar a tu hijo para el camino, no el camino para tus hijos”. Y es que la psicóloga está convencida de que los que preparan el camino son padres “apisonadora”, que impiden que sus hijos desarrollen competencias emocionales, lo que, según asegura, “les generará más inseguridad e infelicidad en el futuro”. Así, propone esta guía para dar a los hijos los recursos suficientes para que sentir la felicidad.

Decálogo para educar en la felicidad

  1. El mayor regalo para un niño es la atención. Esta atención debe ser de calidad, mediante una escucha activa. Nos sentimos escuchados por los ojos. Necesitamos que nos miren.
  2. No les presiones. Ofrece al niño pequeños retos, que siempre son más efectivos que el castigo.
  3. Mide bien lo que le pides al niño. No le exijas lo que no pueden hacer. La búsqueda de la perfección en los hijos hace que en muchas ocasiones se les exijan cosas para las que no están preparados.
  4. Refuerza cada paso que dé, aunque sea pequeño. Todos necesitamos el reconocimiento de los que nos rodean. El niño irá ganando en confianza y autonomía.
  5. Busca cosas que se le den bien, donde pueda destacar aunque sean fuera del ámbito escolar. La práctica deportiva es muy útil, en este sentido, porque además muestra que las cosas que dan más felicidad se ganan con esfuerzo continuado.
  6. Mitiga defectos y potencia virtudes. Es necesario reforzar en positivo, sin comparaciones. El niño también agradece que el padre se muestre orgulloso de él y se lo haga saber a él y a sus seres queridos.
  7. Si lo necesitas, pide ayuda. El afán de perfeccionismo de los padres hace que muchas veces no pidan ayuda y esto, sumado a la falta de tiempo y el cansancio, genera frustración.
  8. Enséñale a pensar y dótale de recursos. Evitar el “ya lo hago yo” o “espera a que llegue a casa y lo hacemos”. Son mensajes que hacen sentir al niño que él no es capaz. Por el contrario, hay que optar por el “¿Tú qué piensas? ¿Cómo lo harías?”.
  9. Busca con él los momentos felices. Las pequeñas cosas del día aportan felicidad. Hay que buscar que esos momentos sean de calidad, prestando atención al niño.
  10. La vida es más que un boletín de notas. Este punto está directamente relacionado con el 5 y con el 8. Ninguno de nosotros recuerda como momentos felices hacer los deberes con nuestros padres.

Consejos basados en el libro Queremos Hijos Felices

Queremos Hijos Felices - Silvia Álava

La “hiperpaternidad”: Cuando la #paternidad se torna en exceso. Colaboración con ICON del diario El País

Eres un mal padre, lo sabes y no pones remedio

Los expertos alertan sobre la última tendencia del “padre helicóptero”, que solo consigue hijos inseguros y faltos de carácter

Día del padre

¿Te consideras un buen padre? Quizá eres de los que ayudan a sus hijos a hacer los deberes, actúan como vigilantes de la playa en el parque para que no se hagan daño y exprimen el grupo de whatsapp del colegio hasta que el móvil eche humo. Bien: entonces no eres un buen padre. Eres lo que se denomina un “hiperpadre” o un “padre helicóptero”, que sobrevuela constantemente alrededor de sus vástagos; un perfil cada vez más habitual y, según muchos expertos, cargado de implicaciones negativas para los hijos.

Lo cual no deja de ser curioso: hasta hace muy poco tiempo se acusaba a los padres de no estar lo suficientemente encima de sus retoños. De casa al trabajo y del trabajo al gimnasio, muchos papás pasaban olímpicamente de los niños, que, resignados, pasaban las horas encerrados en su cuarto dándole fuerte a los videojuegos. Al parecer, nos hemos dado cuenta de que eso no hacía ningún bien a los pequeños y nos hemos ido al otro extremo. Igual de perjudicial.

Debemos tener una casa perfecta, un coche perfecto y unos dientes perfectos, y unos hijos perfectos entran en ese cuadro

¡Por mi hijo, mato!

Varias son las causas que han propiciado el alumbramiento del superpapá. “Una es que los árboles genealógicos se han invertido”, explica la autora Eva Millet, que acaba de publicar un libro dedicado precisamente a este tema, Hiperpaternidad (Plataforma Editorial, 2016). “Hoy las familias son nucleares, hay 1,3 niños de media en este país, y los hijos son el centro, el sol: reciben toda la atención”. En la actualidad, además, los tratamientos de fertilidad están a la orden del día. A esos niños, pequeños milagros para sus padres, ¿cómo negarles algo? Esta experta destaca también una fuerte presión social, sobre todo en clases pudientes. “Debemos tener una casa perfecta, un coche perfecto y unos dientes perfectos, y unos hijos perfectos entran en ese cuadro”.

Silvia Álava, psicóloga, autora de libros como Queremos hijos felices (JdeJ Ediciones, 2014) y Queremos que crezcan felices (JdeJ Ediciones, 2015), describe así el concepto de hiperprogenitor: “Son padres que se caracterizan por estar excesivamente encima de sus hijos, anticipándose de tal forma a sus necesidades que se lo dan todo”. Y señala que también les mueve un sentimiento de culpabilidad. “Los padres se sienten culpables porque no están con los hijos todo el tiempo que les gustaría, porque tienen una jornada laboral muy larga y no llegan a recogerlos del cole… Entonces les culpa mucho más decirles que no”, aduce.

Al servicio de los hijos

Pero, ¿de qué clase de atenciones excesivas estamos hablando? Por ejemplo, vestirlos por la mañana o darles el desayuno cuando tienen edad para hacerlo solos. Nos brindamos a ello por comodidad. “Dejar que los niños hagan las cosas solos requiere mucho más esfuerzo, hay que enseñarles. Se pierde mucho más tiempo si tenemos que dejar que el niño se levante, desayune y se vista solo; tardamos menos haciéndoselo nosotros. Pero así no estamos fomentando su seguridad y su autonomía. Es importante ir pidiéndole al niño en cada momento lo que es capaz de hacer”, dice Silvia Álava.

Se pierde mucho más tiempo si tenemos que dejar que el niño se levante, desayune y se vista solo; tardamos menos haciéndoselo nosotros. Pero así no estamos fomentando su seguridad y su autonomía

Algo parecido ocurre con los deberes del colegio. “Los padres no pueden acumular responsabilidad de los niños. Es el niño el que tiene que ser responsable de hacer esos deberes”, añade esta especialista. “Cuando son pequeños, se les puede ayudar a resolver dudas, pero el padre no tiene que estar a su lado haciendo los deberes”.

Un estudio publicado este mismo año por la Universidad de Queensland (Australia) respalda este punto de vista. Sostiene que los progenitores demasiado implicados en los deberes entorpecen el desarrollo de sus hijos: “Una mayor participación de los padres para garantizar la conclusión de los deberes puede evitar la exposición del niño a las consecuencias negativas de no haber asumido la tarea ellos mismos. Irónicamente, los esfuerzos extremos por los padres para promover los logros académicos podrían socavar el desarrollo de la independencia y la adaptación de sus hijos”, determinan los investigadores.

Padres guardaespaldas y padres-mánager

Otra modalidad de padre proceloso es el que merodea alrededor de su hijo en el parque con la misión de prevenir accidentes. Es cierto que nuestra experiencia augura una caída antes de que se produzca, y exponer al niño a ella es duro. Pero es lo que recomiendan los expertos. “El padre tiene que estar a su lado y avisar: ‘Ten cuidado, que a lo mejor te caes’. Pero hay que dejar que el niño se caiga. Y si se cae, el padre no puede gritarle enfadado, sino ayudarle a levantarse, limpiarle las manos… Evitando que el niño se caiga no estamos ayudando a que aprenda a esforzarse; al mismo tiempo, tenemos que enseñarle a levantarse tras cada una de las situaciones que no han salido bien”, aconseja la psicóloga Silvia Álava.

“Los accidentes pueden pasar en cualquier lugar”, dice Eva Millet. “Mi hija se hizo una contusión en la cabeza haciendo ballet en casa. Nos tenemos que relajar, porque los ponemos nerviosos. Si un niño está frustrado y mal, se hará daño en cualquier lado. Si un niño confía en sí mismo, se ve capaz, lo hará bien y hay que dejarlo más suelto”.

Aunque todo esto lo hacemos con la mejor intención, conseguimos el efecto opuesto: un niño hipercustodiado es un niño que crece con problemas

También está ampliamente documentado el caso de los “padres-mánager”, una modalidad que rara vez se da en las madres. “Son aquellos papás que quieren que su hijo sea el nuevo Messi, Ronaldo o Nadal”, define Eva Millet. “Se convierten en sus mánagers y dedican sus energías, dinero y tiempo en crear un futuro astro del deporte. Y ya sabemos que eso no siempre surge. Conozco un caso de un niño que juega superbién al tenis, y desde que era pequeño el padre está detrás, con horas y horas de práctica. Y este crío hace poco ha tenido una crisis de ansiedad, con 13 años, que tuvieron que llamar a la ambulancia. Porque ya no puede más: del tenis, de su papá y de toda la presión que le han puesto”.

Consecuencias negativas

Aunque todo esto lo hacemos con la mejor intención, conseguimos el efecto opuesto: un niño hipercustodiado es un niño que crece con problemas. “Al final no desarrolla sus propias habilidades y competencias”, advierte Silvia Álava. “Si en lugar de que se vista él lo estoy vistiendo yo, cuando vea que sus amiguitos lo hacen y él no, se puede sentir mal. Es peligroso incluso a nivel emocional. Los niños cuyos padres tienen un estilo de educación sobreprotector desarrollan muchas menos competencias emocionales que los que tienen otro estilo de educación. A la larga, los niños van a ser más inseguros, infelices y más probables víctimas de acoso”. Suena fuerte , pero es así: un estudio de la Universidad de Warwick (Reino Unido) relaciona sobreprotección en casa ybullying en la escuela.

Hay que dejar que el niño se caiga. Y si se cae, el padre no puede gritarle enfadado, sino ayudarle a levantarse, limpiarle las manos… Evitando que el niño se caiga no estamos ayudando a que aprenda a esforzarse

“Crea hijos muy agobiados y con pocas ganas de aprender”, añade Eva Millet. “Están quemados: al habérseles inculcado tantas cosas desde pequeños, se les mata un poco la curiosidad. En los más mayores se fomenta una obsesión mercenaria por las notas: un notable les parece poco. Estos niños a los que siempre se les ha dicho que son lo más, tienen una inflada noción de sí mismos, pero, por otro lado, una tolerancia muy baja a la frustración y poca autonomía. El problema de criar a un hijo como a un pequeño príncipe es que puede acabar como Kim Jong-un. Otro tema que me fascina es la cantidad de miedos que tienen los niños hoy. Si tu hija no usa la cisterna porque le da miedo el ruido y tú te pasas diez años haciéndolo por ella, nunca superará ese temor”, remacha Millet.

En su justa medida

De acuerdo: no por ser más esforzados con los hijos vamos a ser mejores padres. Pero dado que nuestro objetivo es ser los mejores papás del mundo, ¿cómo saber cuál es la medida exacta? No es muy complicado. “Los niños nos van dando pistas”, dice Silvia Álava. “Desde pequeñitos ya ves que cogen la cuchara y quieren comer solos. Luego nos vamos a dar cuenta de que cuando se lo pedimos a los niños, son capaces de hacerlo”.

Estos niños a los que siempre se les ha dicho que son lo más, tienen una inflada noción de sí mismos, pero, por otro lado, una tolerancia muy baja a la frustración y poca autonomía

Conviene, pues, levantar el pie del acelerador y aplicar lo que Eva Millet denomina underparenting: aminorar las atenciones (hasta el nivel adecuado). Esta escritora especializada en temas de educación nos aporta cinco trucos para bajar poco a poco la guardia con nuestros hijos:

  1. No les lleves la mochila. “Lo primero que hacen los niños cuando salen del colegio es tender la mochila a los padres, y estos se la cogen. Si pesa mucho, les quitas dos o tres libros, pero la tienen que llevar: aprenden que es responsabilidad suya y que ellos pueden. Es un gesto muy simbólico, pero podría aplicarse a muchas cosas del día a día”, asegura.
  2. Practica una vigilancia distante. “Es lo que yo llamo una sana desatención: observar a los hijos pero sin intervenir a la mínima de cambio”. O lo que es lo mismo, actúa como un árbitro de tenis y no como uno de baloncesto.
  3. Mantente alejado de los deberes. “No hay que hacer las tareas del colegio con ellos ni por ellos. Ayudarles a organizarse su trabajo, eso sí”. Por otra parte: ¿quién necesita ponerse al día en logaritmos y derivadas?
  4. Aligera la agenda. “Confía en ellos y no lo tengas todo programado, que no haya siempre cosas por hacer”. Con el colegio, las extraescolares, la academia de inglés y el partido del sábado ya van bien servidos: no les metamos más presión.
  5. Ignora las odiosas comparaciones. “Hay que evitar ponerse nervioso si el hijo del vecino ha ido a tal sitio o ya está aprendiendo un idioma. Hay tiempo, la vida es muy larga”, sostiene Eva Millet.

En resumidas cuentas, hay que estar al lado de los hijos cuando estos lo necesitan, no 24 horas al día. De lo contrario, el resultado es una tensa estampa familiar de niños y padres estresados. “Los niños necesitan padres relajados”, razona Eva Millet, parafraseando a uno de los científicos que entrevista en su libro. Y añade en tono tranquilizador: “Con buena voluntad y sentido común podemos tener unos hijos fantásticos”.

FUENTE: ICON. El País MIGUEL ÁNGEL BARGUEÑO

Mudarse con niños a otro país, pautas para que sea más fácil. Colaboración con Papasehijos.com

Duda de una lectora a Silvia Álava, psicóloga Directora del Área Infantil del Centro de Psicología Álava Reyes. Además de la autora del libro: “Queremos Hijos Felices. Lo que nunca nos enseñaron”.

Hola Silvia,

Tengo tres hijos, una niña de 11, una de 8 y un niño de 6 años y sé que durante el verano tendremos que mudarnos a otro país, por el trabajo de mi marido y no sé cómo debo gestionar el cambio para que mis hijos lo lleven de la mejor forma posible. ¿Cómo debo darle la noticia?

Agradezco cualquier pauta que me puedas dar para mudarse con niños a otro país y que sea más fácil para todos.

Gracias de antemano,

Nuria

Niños - mudarse a otro país

Estimada Nuria, hoy en día cambiar de país por el trabajo de uno de los padres es algo habitual, no obstante, no es lo mismo emigrar siendo uno solo que cuando lo tiene que hacer la familia al completo. Intentaremos ser lo más cuidadosos para que los niños lo lleven lo mejor posible. Te recomiendo seguir las siguientes pautas de actuación para mudarse con niños a otro país, que están recogidas en el libro “Queremos Hijos Felices. Lo que nunca nos enseñaron”, donde podrás consultarlo con más detalle.

  1. Los niños tienen que saber la verdad, no se les puede mentir. Hay que decirles que nos vamos a cambiar o de país, porque es donde papá tiene que trabajar. Si nos preguntan porque no nos quedamos en nuestra casita, habrá que decirles que aunque nos gustaría mucho, no puede ser porque el trabajo de papá está en otro sitio. Pero esto no implica darles más información de la necesaria. Los niños son niños y debemos de proteger su infancia.
  2. No hay que trasmitirles nuestra incertidumbre. Se les dará la información cuando esté todo confirmado; es decir cuando sepamos exactamente dónde vamos y en que condiciones vamos.
  3. Es bueno que uno de los dos progenitores se adelante a agilizar los trámites, buscar la vivienda… para que cuando lleguen los niños, ya tengan claro dónde van a vivir, a qué colegio van a ir… eso les dará confianza.
  4. Intentar restablecer las rutinas habituales lo antes posible en la nueva ciudad. (Qué horarios se va a tener, actividades a realizar…).
  5. En la medida de lo posible, hay que intentar mantener la unidad familiar junta.
  6. En términos generales los niños se suelen adaptar bien a los cambios, pero eso no quiere decir que no lo acusen. Hay que dejarles tiempo para adaptarse y observar muy bien qué es lo que dicen, lo que hacen, por si surgen dificultades atajarlas lo antes posible.
  7. Favorezcamos un clima de confianza y de diálogo donde puedan expresar su emociones. Si nos dicen que echan de menos el cole, los amiguitos… hay que escucharles y animarles, a la par de explicarles que es normal, que incluso no pasa nada si lloran porque están un poco tristes, pero hay que darles un mensaje positivo y esperanzador: “aquí vamos a estar muy bien, vamos a hacer nuevos amigos…”
  8. Otra cosa que podemos hacer, es reservar un ratito al día, en el que vamos a buscar las cosas buenas que encontremos en la nueva ciudad, la nueva casa, el nuevo cole… de esta forma, tanto el niño como el adulto se verán obligados, por lo menos en ese momento a focalizar en los positivo, y puede ser una inyección de ánimo para superar la nueva situación*.

Queremos Hijos Felices - Silvia Álava

 

*extraído del libro “Queremos hijos felices. Lo que nunca nos enseñaron”. Editorial JdeJ editores.

Un saludo,

Silvia Álava

 

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FUENTE: www.papasehijos.com

Claves para entender la transición de la niñez a la adolescencia. En Europapress.es

AdolescentesCon el paso de la niñez a la adolescencia, muchos padres se ven saturados por la evolución en el comportamiento de sus hijos, y la dificultad creciente para controlarles. La psicóloga infantil Silvia Álava da las claves para superar esta situación en su libro “Queremos que crezcan felices. De la infancia a la adolescencia (de 6 a 12 años)“.

A diferencia de la etapa infantil en la que los padres son el modelo a seguir de los niños, en la adolescencia se empiezan a cuestionar este modelo paterno. En este periodo, los amigos influyen de manera muy importante en los jóvenes, por lo que su modelo de autoridad se encontrará entre sus iguales.

En esta etapa, los adolescentes intentan ser auténticos y únicos alejándose de las etiquetas impuestas por sus padres, pero la influencia del grupo de amigos está muy marcada. Tanto que, a pesar de que son capaces de hacer un ejercicio de introspección y obtener sus propias ideas y opiniones, no las muestran al grupo por miedo a ser rechazado.

Por esta razón, Silvia Álava nos ofrece una serie de pautas para evitar que el adolescente se deje arrastrar por el grupo y aumentar su individualidad:

  1. Los padres tienen que intentar ganarse su confianza sin forzarles, deben favorecer la comunicación entre ellos.
  2. Se debe asumir la importancia del grupo de amigos para el joven permaneciendo en un segundo plano, de manera que se pueda intervenir cuando la influencia del círculo sea negativa.
  3. Los chicos deben sentir que los padres son receptivos a sus consultas y demandas.
  4. Los padres deben saber adelantarse a las crisis, verbalizando con habilidad, poniéndose en su lugar y explicitando sus dudas
  5. Es importante realizar estas pautas con la mayor cercanía posible y nunca con agresividad

Debemos favorecer desde pequeños que realicen preguntas sin miedo, den su opinión y mantengan un diálogo fluido con los padres. Este tipo de conductas no aparecen solas si no las hemos fomentado durante su desarrollo.

LA INFLUENCIA DE LOS CAMBIOS CEREBRALES

Durante la adolescencia, la parte de nuestro cerebro encargada de las emociones, impulsos, motivaciones y recompensas se encuentra influido por la producción de las hormonas. Esto provoca en los jóvenes comportamientos más impulsivos, mayor emotividad y la búsqueda de sensaciones y gratificaciones de manera inmediata.

A estas edades, el autocontrol y la planificación a largo plazo se desarrollan más lentamente. Por lo que los adolescentes, en ocasiones, pueden verse como personas más impulsivas, con cierta predisposición al riesgo y a meterse en problemas. Hasta que el adolescente no complete su maduración, será complicado manejar estos impulsos y deseos. A pesar de esto, durante la adolescencia tiene lugar una eliminación de lo superfluo en el cerebro, lo que hace que éste se vuelva más eficiente.

LA IMPORTANCIA DE LAS GRATIFICACIONES

En muchas ocasiones, los padres recurren al castigo para conseguir la obediencia de sus hijos, como quitarles el móvil o los juegos. Sin embargo, Silvia Álava argumenta que es mucho más efectivo explicarles la necesidad de su esfuerzo en su conducta para conseguir lo que quieren, ya que así cuando saben que pueden conseguir lo que les interesa, son capaces de activar las funciones de autocontrol, planificación, autocorrección, etc.

Leer mas: http://www.europapress.es/chance/tendencias/noticia-clave-entender-transicion-ninez-adolescencia-20160116075934.html

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¿Cómo afecta a la salud de los hijos el divorcio de sus padres? Colaboración con el diario El Mundo

Divorcio 2En salud, los cambios sociales no se pasan por alto y uno de los más relevantes en la actualidad es el aumento de divorcios. Cada año, en nuestro país se rompen más de 100.000 parejas. En 2014 (según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística), se produjeron 105.893 rupturas, que engloban divorcios, separaciones y nulidades. A estos datos, hay que sumar el fin de las parejas que viven juntas pero que no están registradas. Esta situación no pasa desapercibida para casi nadie, ni siquiera para los pediatras de Atención Primaria que cada vez atienden más casos de niños que acuden con síntomas físicos derivados del divorcio de sus padres, y no por ninguna enfermedad.

Para los niños un divorcio es una situación estresante, y es frecuente que somaticen estos hechos porque no tienen aún los recursos suficientes para expresar sus emociones. Es decir, que lo manifiesten con síntomas físicos como dolores de barriga, fiebre, irritabilidad, cambios de comportamiento, etc. Incluso también afecta a los más ‘peques’ de la casa: “Los niños pequeños también sufren el divorcio. Aunque no lo entiendan, son como esponjas que absorben las tensiones. Los más pequeños lo suelen manifestar con retrocesos en sus logros, como volver a utilizar el pañal o comer y dormir peor. Por su parte, los mayores casi siempre tienen alteraciones de conducta y peor rendimiento escolar”, explica a EL MUNDO Carmen Martínez González, pediatra de Atención Primaria y profesora asociada de Pediatría en la Universidad Complutense de Madrid.

No cabe duda de que en muchas ocasiones la mejor solución para la pareja es romper, terminar la relación. Para los niños la separación de sus padres siempre será dolorosa pero las consecuencias serán muy diferentes en función de cómo se realice. Según expone Jesús García Pérez, presidente de la Sociedad Española de Pediatría Social(SEPS) y miembro de la junta directiva de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP), si un divorcio se lleva a cabo deforma adecuada la adaptación para los niños será mucho más rápida y los síntomas serán leves y transitorios. Si por el contrario la separación es traumática, los síntomas serán más graves y perdurarán en el tiempo. Por ello, es fundamental que los padres actúen de forma correcta con sus hijos durante el proceso de divorcio sin olvidar que pareja e hijos son dos cosas diferentes. “No hay muchos divorcios difíciles, pero sí hay muchos padres que no se ponen de acuerdo entre ellos y esto repercute en algunas decisiones sanitarias, como por ejemplo, vacunar o no al niño”, señala Martínez.

El tema de los divorcios y su abordaje en las consultas de pediatría fue una de las ponencias más destacadas en el 13º Curso de actualización de Pediatría de Atención Primaria, celebrado recientemente en Madrid. En su charla, Martínez manifestó la importancia de atender desde las consultas no sólo los problemas físicos sino también su contexto social: «Somos pediatras de familia (…) los niños no viven solos, no vienen solos a la consulta, dependen absolutamente de su núcleo familiar, aunque tengan padres separados. Y esta realidad obliga al pediatra más biologicista a unir lo biológico con lo biográfico, pues no es posible aislar artificialmente órganos y funciones de muchas de las circunstancias sociales que influyen en la salud». Por tanto, «un hecho biográfico relevante, a tener en cuenta ante cualquier niño con síntomas psicológicos, es la separación reciente de sus padres, sobre todo si es conflictiva», señala.

Síntomas físicos

Desde su larga experiencia, García Pérez defiende que «el pediatra tiene que añadir a la historia clínica del niño una historia social porque siempre que hay una alteración de conducta, hay que preguntar el contexto familiar». En ocasiones, lo padres cuentan en consulta lo que está pasando, pero otras veces no es así, señala este especialista, y es el médico quien tiene que preguntar. A veces basta simplemente con escuchar.

«Los pediatras sabemos que, por ejemplo, el destete, un cambio de domicilio o el comienzo de la escuela infantil pueden ser circunstancias más importantes para un niño que una viriasis. No obstante, las historias clínicas, plagadas de episodios banales, toses y estornudos, raramente recogen estos datos, ni otros tan relevantes como la muerte o la enfermedad grave de un progenitor, el divorcio reciente o conflictivo de sus padres, etc. Hechos trascendentes que conocemos sin necesidad de hacer un tercer grado a la familia si tenemos una actitud de escucha activa en la consulta», añade Martínez.

Sin embargo, a veces, llegar a todo no es fácil, sobre todo por la falta de profesionales que tiene el Sistema Nacional de Salud en la actualidad. Los datos reflejan que el 30% de la población infantil está siendo atendida por médicos no especialistas en Pediatría. Así, y según señala una nota de prensa de la AEPap, «para garantizar la calidad en la atención, son precisas ratios máximas de 1.000 tarjetas sanitaria por pediatra».

«En general, los pediatras podemos manejar los síntomas normales en la consulta, y sólo en algunos casos derivar a un psicólogo», afirma Martínez. Está claro que los problemas psicosociales aumentan las consultas y es preciso atenderlos, «pero evidentemente no somos psicólogos, jueces, ni trabajadores sociales con fonendoscopio. Además, es importante desmedicalizar los problemas de la vida y, en este sentido, la mayoría de las separaciones no requiere atención por expertos de ningún tipo. Solo acompañamiento y comprensión», sostiene esta profesional.

Por su parte, Marta Carulla, psiquiatra infantil del Hospital Sant Joan de Déu en Barcelona afirma que «se recomienda derivar a un especialista de salud mental cuando existe afectación psicopatológica del niño». De este modo, añade «no deberíamos psiquiatrizar situaciones vitales frecuentes». En estos casos, el entorno del niño (padres, pediatras, escuela) debería observar cómo se va adaptando el pequeño progresivamente a la nueva situación y detectar si hay signos de alarma. Un divorcio, como hemos dicho anteriormente, es una situación estresante de la vida, «un estresor importante que implica cambios en los referentes principales del niño y requiere un proceso de adaptación; la reacción de los niños a este cambio dependerá del manejo adecuado que hagan los padres y de la vulnerabilidad individual», asegura Carulla.

DivorcioPautas

Lo importante de todo es tener la información necesaria para saber gestionar la situación y que los niños sufran lo menos posible. «Hay padres que vienen a consulta justo cuando han tomado la decisión de separarse para saber qué es lo que tienen que hacer ante sus hijos. Para que les demos unas pautas de cómo actuar y saber gestionar el divorcio. También es verdad que estos casos de prevención son menos frecuentes que aquellos que vienen tras las consecuencias de un mal divorcio», afirma Silvia Álava, psicóloga infantil del centro Álava Reyes de Madrid y autora de los librosQueremos hijos felices y Queremos que crezcan felices.

En este caso, Álava habla desde el ámbito privado, donde sí es muy frecuente que los niños y/o los padres acudan a consulta por estos temas, bien por recomendación o por consejo de sus médicos o de sus profesores pero, sobre todo, por la voluntad de los propios padres, para ayudarles en el proceso», explica.

Las consecuencias para los niños son mucho peores cuando hay una mala gestión del divorcio: cuando ambos padres descalifican al otro miembro de la pareja delante del niño; cuando éste está en mitad de las discusiones de los mayores y lo utilizan como árbitro; cuanto le piden que tome posición por alguno de los dos progenitores; o cuando no hay un buen entendimiento entre la ex pareja. Por ello, los adultos deben ser conscientes de que no se debe mezclar nunca a los hijos en los problemas de la pareja, porque ahí es cuando los pequeños sufren.

«Los niños necesitarán ayuda de un profesional, sobre todo, cuando los síntomas sean intensos, por ejemplo, si tienen una ansiedad muy elevada. Desde las consultas se trabaja siempre a la vez, con el niño y con los padres», apunta Álava. Sin embargo, «si un divorcio se hace de forma sana, la adaptación del niño a la nueva situación no tendría por qué conllevar problemas emocionales. Por tanto, la clave de todo está en que los padres sepan gestionar bien el divorcio», concluye.

¿Qué deben hacer los padres?

Las consecuencias en los niños pueden ser más o menos graves dependiendo de varios factores. Influye el grado de conflicto previo entre los padres, si se ha criado o no conjuntamente a los hijos y la capacidad económica de ambos progenitores así como su estilo de vida. Del mismo modo, añade Jesús García Pérez, presidente de la Sociedad Española de Pediatría Social , las reacciones de los niños dependerán de la edad, de las explicaciones recibidas, si se mantiene o no relación con ambos padres, si hay acuerdos entre los progenitores, si hay entre ellos un cierto grado de hostilidad, etc. Este especialista ofrece 14 pautas para orientar a los padres en cómo ayudar a los niños en su divorcio:

  1. Exprésele su cariño constantemente y hable con ellos todas las veces que sea necesario de forma clara y honesta, escuchándoles bien y comprobando que no les queda ninguna duda.
  2. Dedique al menos unos minutos para estar con sus hijos, preferentemente haciendo algo que les guste.
  3. Recuérdeles que no tienen la culpa de la separación, y que tampoco pueden hacer nada para unirles de nuevo.
  4. Observe los cambios de conducta que puedan tener.
  5. Mantenga la misma estructura, límites y disciplina de siempre, pues esto les dará tranquilidad y seguridad.
  6. Apoye las relaciones de sus hijos con la familia de su ex pareja, a menos que sean perjudiciales para ellos.
  7. Busque ayuda en familiares y amigos para manejar las emociones.
  8. Cuanto mejor esté con su ex pareja, mejor se encontrarán los niños.
  9. No deje que su hijo esté en mitad del conflicto, ni mucho menos que sea un árbitro.
  10. No hable mal de su ex pareja delante de ellos.
  11. No use a sus hijos para averiguar cosas de su ex pareja.
  12. No compita con su expareja por el amor de sus hijos.
  13. No se refugie en los niños para sentirse mejor (si necesita hablar, busque un amigo, no use a los niños como confidentes).
  14. No les mienta ni les engañe, en este momento, deben saber que pueden confiar en usted.

 

FUENTE: Beatriz G. Portalatín. Diario El Mundo

Espiar el móvil de mi hijo adolescente… ¿Sí o no? Colaboración con el diario QUÉ!

AdolescenteNo podemos entender un adolescente sin su teléfono móvil. Nos guste o no, el aparato es su anclaje al mundo. Y las redes sociales sus apéndices. Ahora bien: ¿Puede un menor inmaduro explorar en solitario la realidad a través de internet? Los profesionales de la psicología y la educación aseguran que no. ¿Significa eso que debo espiarle? Es mejor no llamarlo así, dicen los expertos. Cambiar el término por ‘acompañar’ o ‘tutelar’. Resulta revelador que el Tribunal Supremo, con una sentencia, haya avalado que los padres ‘fisguen’ el Facebook de los hijos

Padres y madres ‘coraje’ agobiados por sus hijos, por lo qué harán y lo que no en internet durante un montón de horas. Y un dilema que no resulta disparatado: ¿Puedo y debo espiar a mi hijo? La palabra mágica es ‘sentido común ‘. Básicamente, la mejor de las guías para afrontar el reto de educar a chicos cuyas cabezas chisporrotean de estímulos y de impactos negativos y positivos.

Todos los expertos consultados coinciden en un cuestión: Control, tutela y acompañamiento no es, en ningún caso, espiar a nuestro hijos. “Es más, saber lo que hacen los menores es una obligación moral y legal como padres. Y eso no es espiar en el caso de las redes sociales y sus perfiles públicos. Otra cosa sería entrar en un diario que el menor guarda con un candado”, asegura la psicóloga Silvia Álava, del gabinete Álava-Reyes. “La clave es precisamente eso, el respeto a la intimidad. Pero, ojo si tenemos fundadas sospechas de que ocurre algo malo con nuestro hijo, como por ejemplo el ‘ciberbuying’ o acoso sexual,  debemos intervenir, conocer y en su caso denunciar. Hay límites parta la intimidad de un menor”, zanja Valentín Martínez-Otero, psicólogo y pedagogo, y autor del libro ‘El discurso educativo’.

Si uno se pregunta si la Ley española avala su forma de ‘espionaje’ a los hijos, la respuesta es que sí. Aunque efectivamente el término no sea el mejor, y pese a que ocurra en circunstancias especiales, con claros indicios de peligro. ¿Qué queremos decir? El Tribunal Supremo avala en una reciente sentencia que el deber de tutela prevalece sobre el derecho a la intimidad en casos como el acoso sexual. Y eso incluye que los padres controlen elFacebook de los hijos. O sea, que nuestro deber de guarda y amparo justifica ciertos controles.

adolescentes y redes

Y la resolución tiene especial relevancia por que sienta jurisprudencia ante los dilemas que se plantean a los magistrados en los órganos judiciales. Considera que los padres de la menor no podían inhibirse ante la sospecha fundada de que su hija estaba siendo objeto de dicho acoso.

Lo que ocurrió en este caso fue que un mayor de edad sospechoso de haber acosado sexualmente a una menor de 13 años mantuvo contactos ilegales con ella e intercambió material de contenido sexual. Fue condenando a tres años de prisión por un delito de abuso sexual a una menor y una multa de 8.000 euros por cinco delitos de exhibicionismo cometidos con otras tantas menores por medio de Facebook. Pero el acusado aseguró que las pruebas en su contra se había conseguido de manera ilícita. ¿Ilícita? Sí. Y es que un día cualquiera, la hermana de la menor acosada entró en su habitación y descubrió a su hermana viendo fotos de un hombre desnudo. Pudo ser esta hermana la que le proporcionó a la madre la clave de acceso que utilizaba la chica en Facebook. La mujer entró en el perfil de su hija y comprobó que un acosador le estaba proponiendo relaciones sexuales.

“Todos los padres consideramos que la calle, al menos ciertas calles, pueden resultar peligrosas para nuestros hijos. De tal modo que no les dejamos ir solos o a ciertas horas. Pues bien, internet y las redes sociales pueden ser tan peligrosos o más. Por eso los padres tienen que conocer, han de saber de la actividad de sus hijos en la red y ejercer cierto acompañamiento”, asegura la psicóloga Silvia Álava.
¿Y el derecho a la intimidad? “¿Qué intimidad? Tenemos que decir a nuestros hijos que los contenidos que ellos suben en una red social abierta no es suyo. Legalmente, es de la empresa, del dueño de la plataforma que utilizan. En mi opinión, el deber de tutela obliga los padres a ese seguimiento. Mucho más si sospechan algo, como en el caso de la sentencia. Ahí hay que actuar”, zanja esta terapeuta.

¿Significa eso que tengo todo el derecho del mundo a bucear en la vida de mi hijo? “Evidentemente no. Al menos, dicho así. La sentencia hay que contextualizarla y es entendible en situaciones extraordinarias. El comportamiento de la madre en ese caso es vital. Necesario. En casos mucho más normales y sin evidentes sospechas, los padres han de controlar, conocer y acompañar a sus hijos. Sin llegar, directamente a la intromisión. Eso puede crear un ambiente irrespirable y contraproducente en casa”.

Adolescentes, Padres y MóvilesLa Sala Penal subraya que, como regla general, los menores tienen derecho a que se respete su intimidad, y una menor de 15 años en pleno uso de sus facultades “tiene que otorgar el consentimiento a los padres o tutores” para que éstos puedan desvelar sus mensajes. Ahora bien, también resalta que“esos espacios de privacidad e intimidad” pueden “ceder en presencia de otros intereses constitucionalmente protegibles”. ¿Qué ocurrió en el caso grave que nos ocupa? Muy sencillo. Al ser la madre de la víctima quien accedió a los mensajes sin que su hija le dijera que no expresamente, su acción fue absolutamente legal por ser “titular de la patria potestad de la menor” con obligación de actuar para la guarda y amparo de la menor.

“Tenemos que pensar, además, que los últimos responsable de lo positivo o negativo que haga un menor en internet y en otros ámbitos de la vida son sus padres o tutores. Sería injusto que no pudieran velar pro actos de terceros, aunque sean los hijos, si después ellos pueden ser considerados responsables. Por eso, siempre un consejo: hablar, hablar y hablar con nuestros hijos”, asegura la psicóloga Silvia Álava.
Lo más curioso llega al final de la sentencia que nos ocupa. La Ley no puede “hacer descansar en los padres unas obligaciones de velar por sus hijos menores y al mismo tiempo desposeerles de toda capacidad de controlar en casos como el presente”. O sea, que la madre actuó como debía.

En otros casos, mesura, templanza, interés y dedicación. Y, lo dicho, una amplísima dosis de sentido común.

FUENTE: Diario Qué!

 

Mi hija, mi clon. Colaboración con MujerHoy

Mi hija mi clon“Tienes mis piernas, mi piel y mi pelo… ¡quiero que me los devuelvas!”, eran las palabras de Cindy Crawford cuando su hija, Kaia Gerber, protagonizaba una campaña de Versace con solo 10 años. Un impreciso cóctel de ternura, orgullo, celos y nostalgia condensado en una frase con la que una de las modelos más célebres se resignaba a pasar a un segundo plano para llevar las riendas de la carrera de su hija. Hoy, a los 14 años, Kaia ha protagonizado varios trabajos más, ha posado para algunos de los mejores fotógrafos y es el fichaje estrella de la agencia IMG Models, fabricante de iconos como Gisele Bündchen.

Tal vez el de Kaia Gerber sea el ejemplo más asombroso del parecido casi clónico entre una madre y una hija. Pero no es la única. Un repaso a Instagram deja patente, por ejemplo, que Ava Phillipe es la copia exacta de su madre, la actriz Reese Witherspoon; que Lila Grace, la hija de 12 años de Kate Moss, ha heredado su aspecto rockero, desaliñado y cool; que Lily Rose, la primogénita de Johnny Depp y Vanessa Paradis tiene ese je ne sais quoi francés que distinguieron a su madre y, de paso, se ha quedado también con el puesto que aquella ocupó en Chanel, como musa de Karl Lagerfeld.

Parecido físico, preferencias estéticas, vocación… ¿Hasta dónde es saludable que unas y otras se parezcan? “La cuestión de fondo tiene que ver con la dialéctica: identificación-diferenciación”, explica Gemma Cánovas Sau, psicóloga clínica, psicoterapeuta y autora de El oficio de ser madre. La construcción de la maternidad (Paidós Ibérica). Es decir, es normal que cuando la niña es pequeña le guste imitar a mamá. Pero según va creciendo ha de producirse una diferenciación. “No es prolongación de la madre, tiene biografía propia. Lo importante es: ¿la hija solo imita o decide por sí misma?”, plantea la psicóloga.

Mi sueño es tu sueño

No es raro que los padres tiendan a proyectar en sus vástagos sus propios sueños. Sin embargo, “no es sano que las hijas renuncien a sus intereses por complacer a sus madres”, señala Silvia Álava, directora del Área Infantil Centro de Psicología Álava Reyes, que insiste en la importancia de que las chicas desarrollen su propia identidad. ¿Cómo? Álava nos da los ingredientes: dejando que elijan; favoreciendo su autonomía; fomentando su seguridad y enseñándoles a decir lo quieren y expresar lo que piensan, sin imponerlo y respetando la opinión de los demás.

 

“No es sano que las hijas renuncien a sus intereses por complacer a sus madres”.

 

Mi hija mi clonParece que en lo que a esto respecta, la actriz Gwyneth Paltrow, lo tiene claro. Su hija Apple es, a sus 11 años, una fotocopia en 3D de su madre, y la prensa británica ya la tiene en el punto de mira como futura it girl. Pero si seguirá o no los pasos de su madre está por ver. “Leguémosles [a nuestros hijos] la sensatez que hayamos sido capaces de acumular y dejemos que emerjan como las personas que estén destinadas a ser”, pedía Paltrow en una especie de alegato lanzado a las madres del mundo a través de Instagram.

 

Parece que la pequeña ha dejado de tener a su madre como único ejemplo y ha girado su radar de inspiración hacia otra trayectoria. “Le encanta Taylor Swift y para mí eso es una estupenda señal, porque Taylor tiene un talento increíble, no se exhibe desnuda y es una mujer de negocios astuta”, aceptaba la actriz.

Espejito, espejito…

Crecer es distanciarse. Sin embargo, en una dinámica social perversa, la diferencia de edad entre generaciones parece querer reducirse, con madres dispuestas a mantenerse siempre jóvenes y niñas que tienen prisa por abandonar la infancia alentadas por una industria del ocio que fabrica en un bucle sin fin nuevos ídolos adolescentes que fomentan la madurez precoz. Madres e hijas, en lugar de acompañarse en sus respectivas metamorfosis, compiten. “Mujeres como Helen Mirren y Jane Fonda están fantásticas de manera apropiada. No intentan parecer que tienen 30 años. No quiero competir con mi hija porque perdería”, admitía Cindy Crawford recién cumplidos los 50. Sin embargo, su legado como top model está ahí, un elevado listón con el que medirá sus logros su hija. Y si no lo hace ella, otros se encargarán. “Las comparaciones son inevitables. En estos casos a las madres les corresponde tratar de transmitir a su descendencia el mensaje de que cada persona es única y que el valor de alguien no ha de anular el de los demás”, asegura la psicóloga Gemma Cánovas Sau.

Esas son algunas de las lecciones que ha tenido que aprender Mamie Gummer. Tiene 32 años y es actriz. Solía poner cara de pocos amigos y responder de mala gana cuando en las entrevistas le preguntaban por su madre. Poco a poco, en una muestra de madurez, ha aprendido a responder con una sonrisa: “Mi madre no me intimida”. ¿Se imaginan lo que intentar labrarte una carrera con nombre propio cuando eres la hija de Meryl Streep, la mejor actriz viva del planeta?

 

FUENTE: Revista MujerHoy 05/03/2016

¿Es positivo dar una paga semanal a nuestros hijos? Colaboración con el diario ABC

Es bueno dar paga a los niños?Muchos padres se encuentran en el dilema de decidir cuándo empezar a dar la paga a sus hijos y cuánta cantidad asignarles. Por ello, la psicóloga infantil Silvia Álava nos da algunos consejos para establecer correctamente una paga a los hijos en su libro «Queremos que crezcan felices. De la infancia a la adolescencia (de 6 a 12 años)».

¿Debemos permiarles con dinero?

Algunos padres se preguntan si es bueno dar dinero a los niños por haber hecho ciertas tareas de la casa o haber realizado los deberes, pero Silvia Álava apunta que no debemos pagarles por cada acción, ya que los niños tienen que aprender a que son cosas que se encuentran dentro de su obligación. Deben asumir que por dichas tareas lo que recibirán es nuestra aprobación y atención.

La autora nos da algunas claves sobre las tareas diarias:

—Es importante conocer que el refuerzo social es más efectivo que el económico.

—Debemos transmitir a nuestros hijos que la casa es de toda la familia y, por ello, debemos colaborar en todas las tareas como un buen equipo. Por esa razón no tenemos que pagar a los niños.

—La clave es inculcar el espíritu de equipo entre los miembros de la familia por el cuidado del hogar.

¿Cuál es la mejor recompensa?

A pesar de que el dinero les pueda motivar para realizar las tareas, es algo pasajero, y, además, es inútil con aquellos niños rebeldes, pues ellos no realizarán las tareas domésticas por dinero.

Existen refuerzos más positivos, duraderos e influyentes como la alabanza ante el esfuerzo, hacer actividades con ellos, jugar, ir al cine, hacer deportes, etc.

¿Y qué pasa con la paga?

Ante los esfuerzos extras no debemos darles más dinero. Hay que fijarse en las necesidades del niño según la edad que tenga e intentar otorgarle la cantidad en función de ello, dando siempre lo justo para el plan que quiera realizar. Un niño con demasiado dinero es más propenso a meterse en problemas.

Silvia Álava nos aconseja que debemos establecer una cuantía fija cuando ya son algo mayores, para salir con los amigos o comprar chuches, de esta manera les enseñaremos a administrar el dinero. Esta paga semanal se dará siempre y cuando el niño haya cumplido sus obligaciones diarias.

Si les damos la paga según el dinero que demanden, no aprenderán a distribuir los gastos, y este aprendizaje es fundamental para su día a día, no es positivo enseñarles a vivir por encima de sus posibilidades.